LUIS MUÑIZ
En el tramo final de su vida, William Carlos Williams (1883-1963) publicó dos libros en los que renuncia parcialmente a su ideario objetivista («no hay ideas sino en las cosas») y abre espacio en el poema para lo autobiográfico, cargándolo de enunciación. El último período creativo del norteamericano se inicia con «El descenso», del volumen Desert music (1954), y alcanza su plenitud en Viaje al amor (1957), sobre todo en el largo y vibrante «Asfódelo», quizá su mejor trabajo de esos años.
En «El descenso», Williams apela a la memoria como fuente de renovación «cuyos movimientos / se orientan hacia nuevos objetivos / (incluso cuando antes fueron desechados)». Como su amigo y paisano Wallace Stevens, el poeta y médico de Rutherford encontró en las imposiciones de la vejez y la enfermedad un paradójico trampolín. En ese poema y en todos los de «Viaje al amor», el autor se propone bucear en sus recuerdos («descender») y, para que su intención quede clara, fragmenta el verso en tres unidades que dispone en forma de escalera; pero lo hace con ayuda del controvertido «pie variable», una confusa (y hasta risible) «innovación» prosódica con la que quiso dotar de un soporte teórico al estilo vernáculo (estadounidense) que persiguió durante toda su carrera.
Sin embargo, teorías poéticas aparte (que Williams no necesitaba y que, en última instancia, sólo reflejan su dependencia de la tradición crítica de la antigua metrópoli), los poemas de «Viaje el amor» constituyen el ejemplo más acabado de una escritura fresca y briosa, impropia de un hombre de 75 años, que explica por sí sola por qué los miembros de la «generación beat» y los objetivistas le tomaron como guía. Entre «Una negra», una clásica viñeta imaginista, y «Asfódelo», un canto al amor visto desde la orilla de la muerte, el poeta construye un discurso pegado al habla cotidiana y a la inmediatez de la vida que el traductor, Juan Antonio Montiel, vierte con limpieza y soltura, y que puede codearse con cualquier otra cima de su producción (si es que no la supera) al añadir a los dones de la mirada el calado de la memoria y la experiencia. De paso, además, la lectura de «Viaje al amor» (y la del casi póstumo Cuadros de Brueghel, premio «Pulitzer» en 1962) sirve para evidenciar, por contraste, el fracaso de la gran empresa poética del autor: el ciclo épico de Paterson, cuyos disímiles y vivaces episodios no consiguen levantar el vuelo por falta de un engrudo ideológico u emocional que los empaste.