TINO PERTIERRA
A Luis García Jambrina se le notaba contento. Más que contento: satisfecho y orgulloso. No era para menos: a última hora de la tarde del viernes, con una tormenta soltando fogonazos sobre el Archivo de Indianos, los Encuentros literarios de Verines que él coordina cerraban su 25.ª edición con la misma intensidad y profundidad en los debates con que empezaron la mañana del jueves en la casona que la Universidad de Salamanca tiene en Pendueles. Nunca antes había «trabajado» tan poco como moderador: los veintiséis periodistas (muchos de ellos también escritores) se habían comportado no como depredadores tertulianos de radio o televisión sino como colegas que respetaban el turno de intervención y guardaban una exquisita cortesía en las formas a la hora de confrontar pareceres.
Jambrina, que puede presumir de ser el novelista que más ha vendido en «su» Salamanca con su estupenda novela El manuscrito de piedra, por encima incluso del arrollador Larsson, resumía a «Cultura» lo que había sucedido: «Mi valoración es tremendamente positiva. Y me consta que también la de todos y cada uno de los que allí estuvieron. Y la de Rogelio Blanco, como director general del Libro. Lo más interesante, para mí, fue el aliento positivo con que se encararon los debates. Nada de quejas ni lamentos. Un análisis realista y ganas de coger el toro por los cuernos. En este sentido, los debates tuvieron interés y altura. Tal vez lo más importante en líneas generales sea que de este encuentro van a salir cosas de relieve. Lo primero: la Asociación de Periodistas Culturales. Y las propuestas de búsquedas de nuevas ideas y formatos para renovar el periodismo cultural. Creo que todos os mostrasteis muy conscientes de que es necesaria una transformación. Sin duda, ha sido uno de los mejores Encuentros».
Sin duda. Quizá porque el periodismo cultural vive, tras años de bonanza que compensaban su casi total ausencia en los medios antes de los ochenta, un momento crítico. Todos los participantes (unos, procedentes de la prensa diaria nacional o de provincias, otros de la radio o la televisión) pusieron sobre el tapete los males al acecho: una crisis económica que reduce las paginaciones y con ello la presencia de la cultura en ellas (baste como muestra la desaparición del mítico suplemento de «The Washington Post») y el avance imparable de internet como escaparate y altavoz que pone en entredicho el papel de la crítica de ídem. Pérdida de autoridad. Confusión entre cultura y tendencias. Riesgo de muerte para una palabra clave: el criterio. Auge de los fenómenos extraliterarios (se habla más de las ventas del último Larsson o del próximo Brown que de literatura propiamente escrita). La cultura como hermanita pobre de los periódicos. Eres. Fin de una era. Hubo crítica y autocrítica. También emotividad sin lloriqueos, como la que salió de boca de uno de los decanos de Verines, Nicolás Miñambres, que ve cómo un mundo se desvanece para dar paso a otro. ¿Mejor, peor? Nadie lo sabe. Se trabajó duro, hubo quejas en su justa medida y, sobre todo, ante la complacida mirada de un descorbatado Rogelio Blanco que prometió apoyo, se plantearon soluciones y se decidió dar un paso al frente con la creación de una asociación de periodistas culturales (la papeleta cayó en manos del entusiasta Manuel Pedraz) y la convicción de que es necesario agrupar fuerzas e ideas. Con el recuerdo siempre presente a la irrepetible Társila Peñarrubia (la secretaria de los encuentros ya desde los tiempos en los que iban comandados por Víctor García de la Concha, y que perdió recientemente a su marido, Diego Jesús Jiménez, poeta habitual de Verines), este aniversario sirvió para saborear una de las mejores fabadas del mundo, charlar hasta las tantas frente a la playa de La Franca (algunos con baño incluido) y compartir secretos y chanzas sobre una profesión que, como sugería un participante, no admite medias tintas: «o te enamora, o mejor la dejas por otra».