Un destino literario

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Un destino literario
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Para Lowry, las zambullidas en el mar y el alcohol, los manuscritos perdidos, las heridas del amor y de la amistad, quedarían plenamente justificadas al cumplir con su destino literario y dejar como legado una de las grandes novelas del siglo XX, Bajo el volcán (1947), que hubo de ser reescrita varias veces como consecuencia de la zozobra antes citada.

Las dos grandes biografías que estos días se citan con motivo de la conmemoración del centenario del nacimiento del escritor mantienen diferentes matices sobre la influencia familiar en la obra de Lowry: la del padre autoritario y la de la madre dulce pero alejada por motivos de salud. La de Day (Malcolm Lowry, una biografía, 1973) concluye que hay pocos signos en la infancia del autor de Bajo el volcán que sugieran el futuro alcohólico y autodestructivo. Si bien subraya a continuación que hemos aprendido ya a sospechar de las infancias felices de nuestros héroes literarios, recordando los casos de Dylan Thomas y Hemingway, dos ejemplos de dipsómanos suicidas. El filólogo y sociólogo Gordon Bowker, en Perseguido por los demonios (1993), recientemente traducida al español, asegura en el punto de partida de su relato que Malcolm Lowry decidió inconscientemente desde niño que iba a convertirse en un alcohólico por rechazo al puritanismo paterno. El propio Lowry, en uno de sus cuentos, deja constancia del desprecio de su padre hacia un abogado que todas las mañanas le saluda alzando el bastón cuando se dirige a coger el ferry que cruza el Mersey rumbo a su oficina en Liverpool. Ante la pregunta del niño de por qué no le devuelve el saludo, el padre responde que se trata de un borracho. Y el niño deja escrito: «Él ignoraba que secretamente yo había decidido convertirme también en borracho cuando fuera mayor».

La literatura, para Lowry, era un espejo que le devolvía el reflejo de su propia existencia. Ultramarina, su primera novela, fue el resultado de una temprana llamada del mar, acuciado por las lecturas de Conrad, O'Neill, London o Nordahl Grieg y la proximidad del hogar familiar al puerto de Liverpool. Obedeciendo a un mismo motivo, Bajo el volcán es el resultado de su larga experiencia como borracho: 1 de noviembre de 1938, día de los muertos en Cuernavaca, dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas, veinticuatro horas y poco más de cuatrocientas páginas. La obra maestra de Lowry trata de los últimos momentos del ex cónsul inglés Geoffrey Firmin, en lucha contra los fantasmas que pueblan su cerebro, mientras la belleza de su ex mujer, Ivonne, se refleja en un vaso de tequila. Fuera está la violencia. La culpabilidad le lleva a autodestruirse bebiendo, para alcanzar finalmente la muerte, totalmente borracho y en un burdel, a manos de un grupo de matones fascistas. Como música de fondo, la imposible reconciliación del cónsul con su ex mujer y Europa, un mundo que se desmorona ante la guerra que se ve venir, simbolizado en un pequeño parque, imagen reiterada de la narración: «¿Le gusta este jardín, que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!», repite Lowry.

Bajo el volcán, la novela del mezcal, el cónsul y Cuernavaca, la escribió muy lejos de México, en una cabaña de Dollarton, en Canadá, frente al mar, al lado de Vancouver, con la compañía de una mujer, Margerie Bonner, y de una botella. La génesis la había escrito años antes, en 1936, cuando vivía en la villa mexicana en compañía de otra mujer, Jan Gabriel. Las dos fueron sus esposas, la última de ellas, realmente la primera, fatal y autodestructiva como él, mientras que Bonner encarnó el papel de la compañera fiel y resignada. También hubo dos hombres importantes en la vida de Lowry: el escritor norteamericano Conrad Aiken, su padrino literario, la persona que más influencia ejerció sobre él, y Albert Erskine, el editor que creyó en su talento como nadie hizo.

Todo podía haberse quedado en una gran novela -George Steiner escribió «los volcanes que echan fuego en lo alto dejan poca vida a su alrededor»-, pero hay algo más. Si Bajo el volcán es el infierno, el purgatorio resulta ser Piedra infernal, traducción de Lunar Caustic (1963), el relato de un alcohólico desesperado que busca la salvación refugiándose en un hospital psiquiátrico. Ni más menos que la experiencia hospitalaria de Lowry en Nueva York, en el Bellevue, de donde finalmente lo echaron para que siguiese surcando, después del mar, el manicomio de la vida y se refugiase, como Bill Plantagenet, su protagonista, en el rincón más oscuro del bar.

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