FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
Y yo que aspiraba a continuar con el espíritu oriental policiaco que me venía invadiendo desde la primavera y va la literatura y me lo echa por tierra. Primero fue esa cosa, mitad turismo en familia, mitad turcos contra griegos y griegos contra turcos, mitad un cadáver por aquí y otro por allá, que es Muerte en Estambul, de Petros Márkaris. A ver: no es que uno espere la repanocha de las historias del comisario Jaritos; una intriguilla, mucho costumbrismo y algo de gracejo heleno. Pero ni engancha la novela, porque el pretendido choque de civilizaciones se resuelve en algo parecido a disputas de chigre, ni se ve bien Estambul, que ya es no ver. Así que me voy, en busca del espíritu que se me va como humo oscuro, a la última de Jason Goodwin, La estrategia Bellini: nunca lo hubiera hecho. Mira que es difícil que una novela donde salgan Venecia y, de nuevo, Estambul no tenga para mí algo donde agarrarse: pues hela aquí. Ese barniz cultureta, esa pretenciosidad en las descripciones postaleras, esas historias de amor pastosón, esa intriga que no lo es (ay, qué malo cuando todo se ve venir) van cansándome página a página; línea a línea, luego; palabra a palabra, al fin. Pero, lo advierto, el equivocado soy yo, por mi condición de quisquilloso tiquismiquis, porque estas dos novelas se venden mucho y el mercado no sólo manda sino que no hay más verdad que la suya y Vargas Llosa es su profeta.
Desorientalizado, pues, y desorientado, voy al valor seguro occidental: John Connolly y una novela, Los hombres de la guadaña, en que su habitual héroe Charlie «Bird» Parker sale como muy al bies, dejando paso a otros personajes menores de su obra anterior. Quede dicho que lo «gore» no me gusta un pelo (y hay más gore en estas páginas que en el escaparate de una carnicería que salde sus productos por liquidación del negocio); quede dicho que si los malos son muy malos y los buenos, muy buenos, tuerzo el gesto (y hay que ver lo maniquea que es la pieza). Pero cómo salva a una novela el chispazo, la gracia en las réplicas, la velocidad sin prisas, el nuevo chispazo, la suspensión del capítulo en mitad de la intriga de modo que el lector vaya al siguiente, a comérselo. Por salud mental, no obstante, dejo tanto muerto y me agarro a El lamento del perezoso. de Sam Savage. Mira que en Seix Barral pusieron carne en el asador con «Firmin», la anterior del autor; mira que me esforcé en que me gustase: nada, no estaba hecha para mí o no era el momento. Sin embargo, esta colección descacharrante de cartas que un perdedor literario escribe a todo quisque para mentirles con proyectos, para urdir componendas, para sobrevivir en medio de su derrumbe físico y ambiental, me parece, y aquí lo dejo dicho, que es «La conjura de los necios» del siglo XXI. O sea, humor rayano en el absurdo y de la mejor calidad. Y su protagonista, el nuevo Ignatius J. Reilly, aquel tipo que en la novela del suicida Kennedy Toole llenó de carcajadas, a veces amargas, los años ochenta del pasado siglo. Qué buena novela, qué buena.