FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
El lector que alcance la última página de Sables y utopías pondrá sin dudar la mano en el fuego por sostener que Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) ha sido siempre un liberal, es un liberal y morirá siendo un liberal. Tal parece que -al reunir esta colección de ensayos breves, artículos, discursos y cartas abiertas- Vargas Llosa haya querido hacer cuentas con su pasado para demostrarnos que durante las pretéritas épocas en que militó como hombre de izquierdas ya le asomaba un pliegue de sospecha hacia aquello en que podían convertirse los regímenes adorados por otros escritores de América Latina, como el caso de Cuba, el más claro ejemplo. Es decir, que ya apuntaba maneras de liberal cuando su adscripción política no era la liberal.
Liberal de la cuna a la sepultura. Y, con lo bien que escribe, con el vigor y claridad con los que expone sus ideas, con la altura de dicción que alcanza en los discursos y el tono furibundo de sus escritos a los dictadores, hace falta mucho valor para que uno no corra a apuntarse al Partido Liberal que más cerca le quede.
Pinochet, por ejemplo, es directamente «asesino y ladrón». El autoritarismo es una «peste». Los obstáculos al desarrollo de los países son «nacionalismo, populismo, indigenismo y corrupción». Truena contra Videla en 1976. Con «De sol a sol con Fidel Castro», de 1967, ya se confirma que no se dejó llevar a la cama ideológica, pues todo quedó en caricias, por el dictador cubano. Y, claro, cuatro años más tarde, ya la ruptura es total (léase la «Carta a Fidel Castro», en protesta por aquella autocrítica pública inducida y bochornosa del poeta Heberto Padilla). Relampaguea contra Fujimori y Vladimiro Montesinos (que son lo mismo) o contra los hermanos Humala, pues Perú es el Perú del que quiso ser presidente. Fulmina a Chávez, a la dictadura nicaragüense, al horror hambriento de Haití, a la doble moral, en este caso española, hacia Cuba («Las "putas tristes" de Fidel»), otra de sus constantes: ¿por qué tantos políticos o intelectuales europeos quieren para Cuba un régimen y para los países en que ellos viven otro bien diferente, democrático y con plenas libertades? Y se muestra elegante al dirimir diferencias con Benedetti (a quien admira como escritor, pero la política… ay, la política) o expectante ante el Torrijos que recuperó para Panamá el Canal.
En realidad, basta con escoger un párrafo del libro para que valga más que mil palabras explicativas de lo que contiene esta proclama de fe liberal que es Sables y utopías: «El liberal que yo trato de ser cree que la libertad es el valor supremo, ya que gracias a la libertad la humanidad ha podido progresar desde la caverna primitiva hasta el viaje a las estrellas y la revolución informática, desde las formas de asociación colectivista y despótica hasta la democracia representativa. Los fundamentos de la libertad son la propiedad privada y el Estado de Derecho, el sistema que garantiza las menores formas de injusticia, que produce mayor progreso material y cultural, que más ataja la violencia y el que respeta más los derechos humanos. Para esa concepción del liberalismo, la libertad es una sola y la libertad política y la libertad económica son inseparables, como el anverso y el reverso de una medalla».
Ha quedado claro, pero lo remata unas líneas después: «Democracia política y mercados libres son dos fundamentos capitales de una postura liberal. Pero, formuladas así, estas dos expresiones tienen algo de abstracto y algebraico, que las deshumaniza y aleja de la experiencia de las gentes comunes y corrientes. El liberalismo es más, mucho más que eso. Básicamente es tolerancia y respeto a los demás, y, principalmente, a quien piensa distinto de nosotros, practica otras costumbres y adora otro dios o es un incrédulo. Aceptar esa coexistencia con el que es distinto ha sido el paso más extraordinario dado por los seres humanos en el camino de la civilización, una actitud o disposición que precedió a la democracia y la hizo posible, y contribuyó más que ningún descubrimiento científico o sistema filosófico a atenuar la violencia y el instinto de dominio y de muerte en las relaciones humanas. Y lo que despertó esa desconfianza natural hacia el poder, hacia todos los poderes, que es en los liberales algo así como nuestra segunda naturaleza». Escrito y dicho, naturalmente, en Washington D. C., en marzo de 2005.
El capítulo final del libro es el más goloso para los aficionados a las letras y a las artes. También en el mismo parece deslizar Vargas Llosa ese «yo lo vi primero» que inunda todo el libro. Ya habla mucho y bien de Lezama Lima en 1966, o de García Márquez en 1967. O de Cortázar, frente al que manifiesta la misma dualidad afectiva que hacia Benedetti: lo liberal no quita lo valiente, o al revés. Y sí que escribe bien, requetebién. He aquí cómo cuenta la última visita que hizo al ya casi agonizante José Donoso: «Había enflaquecido muchísimo y apenas podía hablar. La primera vez, en la clínica donde acababan de operarlo, me habló de Marruecos y comprendí que me había confundido con Juan Goytisolo, de quien había leído no hacía mucho un libro que le daba vueltas en la memoria. Cuando me despedí de él, la segunda vez, estaba tendido en su cama y casi sin aliento. "Henry James es una mierda, Pepe". Él me apretó la mano para obligarme a bajar la cabeza hasta ponerla a la altura de su oído: "Flaubert, más"». ¿O es que acaso los liberales todo el día están serios y cerrando negocios globales?