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Un océano de pura pintura

Luis Vigil despliega en la sala Guillermina Caicoya «Mare crudele», un sorprendente retablo «in progress» de tema marino

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Un océano  de pura pintura
Un océano de pura pintura  
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J. C. GEA
Si alguna navegación pudiese alcanzar su horizonte, el de Luis Vigil (Oviedo, 1963) terminaría en una pintura «de grises limpios y puros, en la que las cosas tendrían volumen, tridimensionalidad y peso». Pero de momento -y gozosamente para quien encara su obra- ese punto de fuga aún queda inconcebiblemente lejos del «Mare crudele» que el pintor ovetense lleva semanas desplegando sobre las tablas que hoy inaugura en la galería Guillermina Caicoya: un océano denso y carnal, superpoblado de seres marinos (no importa si bajo la apariencia de seres humanos); un retablo «in progress» apabullante y obsceno, en el que la carne que se exhibe con inusitada franqueza es la de la propia pintura; un reto de proporciones infrecuentes en la pintura española actual que Vigil mantendrá, al menos bajo este pretexto marino, trabajando en la propia sala ovetense mientras la muestra permanezca abierta al público.

El «mar cruel» al que alude su título viene de una letra de Renato Carosone. Una vieja canción con aires populares napolitanos, tremenda y granguiñolesca, de la que, en realidad, Vigil no toma más que el clima marino. Y no por razones argumentales sino totalmente pictóricas, salvo que se acepte -como no parece descabellado- que el argumento de la pintura de Luis Vigil son los avatares de la pintura misma. «Empecé a trabajar en noviembre del año pasado, en una época muy mala para mí, en un estudio que tenía en Barcelona. En aquel momento, utilizaba tonos muy cálidos, y para alejarme de ellos quise retarme a mí mismo pintando de otro modo. Pintando cosas que yo no sabía hacer: tonos azules, peces, transparencias?».

Esa es la basa del «Mare crudele», que aún se deja ver en algunas de las tablas menos trabajadas del conjunto, pero que en su mayor parte (aunque no totalmente) ha ido quedando sepultada bajo las mareas de una pintura que, en efecto, ha virado hacia los tonos fríos y oscuros respecto a la reconocible paleta del Vigil de otros tiempos. Permanecen invariables su maestría como dibujante, un virtuosismo casi insultante en el manejo de la materia pictórica y las referencias a viejos maestros y a maestros más recientes en pos de una poesía al tiempo melancólica y brusca; pero, como el mar «toujours recommencée» de los versos de Valéry -quizá el mayor de los defensores de la obra de arte como proceso inacabado e inacabable-, la pintura del ovetense sigue fluyendo sobre el retablo marino. Sirenas carnales, bañistas con aires de «pin-up», marinos que sostienen peces, escenas navales, marineros en formación, arquitecturas de inequívoco parentesco con la pintura de vanguardia italiana, siguen evolucionando, recibiendo baños de veladura, cambiando de rostro o de tonalidad incluso después de colgados en la sala.

Todo ello está mucho más cerca de la poesía o de la música que de cualquier anécdota narrativa. Luis Vigil ha trabajado una suerte de tema central en los paneles de mayor tamaño, que ocupan la parte principal de la galería; pero hay junto a ellos todo un cortejo de tablas de menor tamaño que complementan y enriquecen las extrañas armonías de un todo que el pintor parece haber compuesto con la misma fluida gratuidad de la canción de Carosone. Algo que Vigil, que se define a sí mismo con ironía como «un pintor lento, un auténtico antisorolla», encuentra «extraño», y síntoma de que se ha «encontrado cómodo» en un proyecto que a su autor le encantaría «ver distribuido por el interior de una casa, adaptado a cada rincón, forrándola entera».

Aunque resulte casi irresistible buscar una narración, claves simbólicas o algún tipo de alegorismo descifrable entre los encrespamientos de la pintura, Luis Vigil insiste enigmáticamente en que «las figuras no tienen más significado que el que cobran al relacionarse entre ellas, aunque todo tenga siempre un significado para mí». «No hay que complicarse, esto es simple como un cuplé», recomienda ante un universo que ha ido transfigurando en materia plástica a partir de viejas revistas de varietés o de la Marina italiana, fotografías de modelos amigos o de personas a las que no conoce personalmente, como el norteamericano de origen japonés que pone rostro a la exposición, al que Vigil conoció en otro tipo de océano: el de internet.

Claro que todo lo antedicho resulta ridículamente insuficiente ante una pintura tan oceánica y tan elusiva. Y tan absurdo como pensar que por el hecho de darle un nombre, aunque sea «Mare crudele», uno puede resumir todo que contiene el mar. O se navega en orgullosa soledad, como hace Vigil o, como sólo le resta al espectador, la única posibilidad es sumergirse, nadar o incluso dejarse arrastrar por las mareas al fondo de esta pintura.

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