RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
En 1991 Don DeLillo publica Mao II, una de sus más enigmáticas y apasionantes novelas. En ella, a través de la historia de Bill Gray, un escritor embarcado en la redacción de un libro constantemente aplazado, el maestro neoyorquino lanza una tesis impactante y, en cierta medida, premonitoria: el terrorista ha suplantado al escritor como agitador social. Ensoberbecidos por el éxito y esclavizados por el dinero, los escritores, definidos por DeLillo como inteligencias que se oponen al poder ampliando el «alcance de la conciencia y de las posibilidades humanas», se han transformado en bustos parlantes, arrumbando su capacidad para generar un discurso alternativo al ejercido por el Estado y el capital.
Semejante conclusión no desalienta, sin embargo, a DeLillo en su confianza en los méritos de la novela. Al contrario, el escritor plantea su irreductible fe en la novela y, al tiempo, la evidencia de su crisis en un mundo donde la información es más importante que el conocimiento: «La novela solía nutrir nuestra búsqueda de significado. [...] Se trataba de la gran trascendencia secular. La misa latina del lenguaje, el carácter, las nuevas verdades ocasionales. Pero nuestra desesperación nos ha conducido hacia algo mayor y más tenebroso. [...] Tan sólo necesitamos las crónicas, las advertencias y las predicciones. [...] La novela es como un grito democrático [...] Algo tan angelical que te dejaría con la boca abierta. El manantial del talento, la fuente de las ideas. [...] Y cuando el novelista pierde el talento, muere de un modo democrático: ahí está [...] desnudo frente al mundo, con un montón de mierda, de prosa inservible».
Seis años después, DeLillo publica Submundo, saludada por Harold Bloom como la última gran narración americana del siglo veinte junto a Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy. Publicada en España en octubre del 2000 por Circe y reeditada ahora por Seix Barral en traducción del malogrado Gian Castelli, Submundo satisface plenamente la cosmovisión planteada por DeLillo en Mao II y se yergue como un monumento imperecedero a propósito de las miserias y grandezas del arte de novelar.
Concebida como un inmenso tapiz en el que la coincidencia en el tiempo, el 3 de octubre de 1951, de un mítico partido de béisbol y de la primera prueba atómica llevada a cabo por la Unión Soviética es utilizada como anécdota para reflexionar acerca de la relación entre las historias y la Historia, DeLillo ejecuta en Submundo una asombrosa inmersión en los poderes del lenguaje y en el antiguo sueño que alimentó la novela decimonónica: el de contener el mundo en un libro.
Cuando hace nueve años leí Submundo por vez primera, sentí que me había enfrentado a una de las aventuras intelectuales más fascinantes de mi vida. Casi una década más tarde, su relectura me reafirma en la convicción de que el novelista de genio es el único artista capaz, hoy día, de construir un simulacro que dote de sentido al sinsentido del mundo. Ciertamente, hay miles de libros, pero Submundo son palabras mayores.