ALFONSO LÓPEZ ALFONSO
En el mundo rural, lírico y discretamente pesimista de Thomas Hardy (1840-1928) la fugacidad del tiempo incide sobre la vida de los hombres ahondando cada vez más en las heridas que, muy victorianos ellos, aparentan no sufrir. El propio narrador lo admite en Conciudadanos, exquisita «nouvelle» que nos brinda la editorial Belvedere: «Veintiún años y seis meses no transcurren sin dejar huella ni en la dura piedra ni en el resistente metal; en la humanidad este espacio de tiempo significa nada menos que una transformación».
Tiene Thomas Hardy una prosa evocadora, unida al paisaje, una prosa que practica la galantería decimonónica y las medias tintas victorianas, precisa en el decir y con una exquisitez lírica muy capaz de retratar la vida de la burguesía inglesa de provincias. Una mezcla de la exaltación del Goethe de Las afinidades electivas y la inmensa tristeza de La edad de la inocencia, de Edith Wharton, hay en esta novela que se acompasa al ritmo ruso tan propio de Hardy, con esa quietud, ese sosiego que se va cargando de acción -y tanto recuerda al meridiano Chéjov- donde el trino del gorrión en el alféizar de la ventana y el graznido del grajo en la campiña ponen la plástica bucólica sobre la que se levantan los conflictos humanos para hablarnos de las oportunidades perdidas, de lo que supone el paso del tiempo, de la imposibilidad de dar marcha atrás cuando tomamos una decisión desacertada y de las consecuencias que ello puede tener a lo largo de toda una vida.
Exactamente eso es lo que le sucede a Barnet, protagonista de esta historia. Hombre acaudalado de una pequeña ciudad, no concretará su relación con la hija de un modesto militar de la que está enamorado y se casará con una aristócrata londinense venida a menos. Poco tiempo después comprueba que el matrimonio no funciona y siente una enorme y sana envidia de su amigo Downe, modesto abogado felizmente casado y padre de una encantadora prole. Sin embargo, un inesperado accidente modifica la situación de todos los personajes que, como en la vida, harán sus elecciones y al hacerlas, también como en la vida, será el azar el mecanismo desregulador encargado de que los deseos de los unos no se acompasen a las necesidades de los otros.