POR LUIS M. ALONSO
La media de inteligencia de los miembros del Drones Club o Club de los Zánganos, aquel grupo de inútiles chalados de la alta sociedad londinense posvictoriana, era, según P. G. Wodehouse, el hombre que los ideó, notablemente inferior a la de una almeja vuelta del revés. Quienes hayan leído al estupendo humorista británico serán conscientes del limitado intelecto de Bertie Wooster, habrán tenido tiempo de compadecerse de Gussie Finknottle, coleccionista de salamandras, y sabrán también que Pongo Twistleton, otro de los socios, tenía suficiente inteligencia para abrir la boca cuando quería comer, pero nada más.
Wodehouse dominó como nadie la escala literaria del tonto feliz de la misma manera que las lenguas han sabido ocuparse mucho mejor de encontrar las palabras adecuadas para calificar la estupidez que las que habitualmente se usan para definir la inteligencia, como recuerda el poeta y ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger en un entretenido y perspicaz pequeño ensayo editado ahora por Anagrama.
El Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades llega, con la ironía que le caracteriza, a la conclusión de que no somos lo suficientemente inteligentes para saber qué es la inteligencia por mucho que se hayan empeñado hasta el momento en lo contrario los llamados tests de coeficiente intelectual (CI). Todo ello reconociendo que nuestro interés por medir la inteligencia lo que verdaderamente esconde es un terrible miedo a ser estúpidos o parecerlo. En cualquier caso no está claro que haya una forma eficaz de medir lo que se oculta en los pliegues del tronco encefálico. Más bien lo contrario.
En En el laberinto de la inteligencia (Guía para idiotas), Enzensberger resume los diversos intentos que se han propuesto para medir el coeficiente intelectual, desde Alfred Binet, el primer director de la orquesta de medición, hasta Hans Jürgen Eysenck, cuyo test de 1962 se aplica todavía hoy sin demasiado éxito a millones de personas en todo el mundo. Todo ello sin dejar de referirse al peculiar erudito inglés Francis Galton, precursor de la psicometría y de los tests, que en 1869 publicó un estudio en el que aseguraba que la inteligencia elevada del ser humano no era un don adquirido sino heredado genéticamente.
Galton no sólo estaba empeñado en hurgar en los árboles genealógicos, la suya era una auténtica obsesión por medirlo todo desde los cráneos hasta el grado de aburrimiento de las personas. En 1883, como recuerda Enzensberger, expuso por primera vez su teoría eugenésica que consistía en reglamentar los matrimonios y los embarazos de manera que sólo pudieran procrear personas con un patrimonio genético fuera de toda duda. El objetivo: engendrar una raza superior que supuestamente permitiera mejorar la humanidad. Lo que ha acarreado este tipo de obsesiones no hace falta que lo recuerde: por lo que nos ha deparado la reciente historia y los lectores estarán ya pensando los resultados no han sido lo que se dice inocuos.
Pero la mejor forma de ponerse serio es, en muchas ocasiones, tomárselo a broma. Enzensberger, en su crítica a los excesos de la psicometría y la eugenesia plantea con preguntas varios hechos realmente inauditos: «¿Sabía usted que en la Primera Guerra Mundial el ejército estadounidense utilizó los tests de inteligencia para destinar a sus reclutas?, ¿qué Henry Herbert Goddard creyó demostrar con ellos la inferioridad intelectual de los inmigrantes rusos, judíos e italianos que llegaban a Estados Unidos? ¿qué en Internet puede encontrar un test de inteligencia para su gato?. Increíble, pero cierto.
Enzensberger, al tiempo que desmonta el mecanismo de los viejos tests de coeficiente intelectual por la falta de resultados, ironiza sobre los profetas de la inteligencia artificial (IA). Cita las llamadas «verjas ópticas inteligentes» que el gobierno alemán llegó a planificar para proteger a los ciudadanos de «toda maldad imaginable».
En un plano contrapuesto a los seguidores de las teorías genéticas, estos apóstoles de la inteligencia artificial renuncian a ocuparse de nuestra historia desde el pleistoceno e incluso desde el presente para consagrarse sin más al futuro. «Su esperanza más profunda es que un día los aparatos que inventamos reemplacen completamente a nuestros cerebros». Enzensberger añade que esto trae como ventaja que ya no tendríamos que rompernos la cabeza reflexionando sobre nuestra propia inteligencia. En un mundo donde los coches, los teléfonos y las casas resultan inteligentes, no se puede decir, sin embargo, que los pioneros de la IA, arrogantes investigadores incubados por el Massachusetts Institute of Technology hayan prosperado lo suficiente en su proyecto de superación o muerte. Sus fantasías sobreviven, según el agudo ensayista alemán, en «oscuras sectas y en algunas películas de Hollywood».
Consciente de lo imposible y hasta peligroso que resulta definir o juzgar la inteligencia, el autor de este opúsculo, el más divertido de los que he leído en los últimos tiempos, reivindica finalmente el oficio de poeta para dedicar unos versos a la estupidez, mas simple y detectable. Sólo por los versos, merece la pena leer el libro.