RUBÉN SUÁREZ
Recuerdo bien la exposición de Juan Fernández (Piedras Blancas, 1978), en el 2007 en la entonces todavía galería Nogal de Oviedo, con aquellas pinturas en pequeño formato que documentaban secuencialmente un viaje, así se titulaba la muestra, por carreteras asturianas atravesando un paisaje montañoso, hermosamente transcendido por la pintura que recreaba una atmósfera fantasmal, húmeda y neblinosa, de indudable raigambre romántica.
Si en aquellos paisajes no existía el menor rastro de presencia humana, ahora es la figura la que protagoniza las nuevas obras de Juan Fernández que vuelve a utilizar imágenes fotográficas lo que es una bastante frecuentada manera en el arte contemporáneo no para copiarlas sino para refigurarlas plásticamente interviniendo sobre rostros y actitudes del modelo con objeto dotarle de otra vida, crear nuevas miradas y sensaciones expresivas. Como también sucedía en el caso de los paisajes, el resultado del proceso es que la transfiguración artística hace posible que las imágenes recreadas nos convoquen desde otra dimensión espacio-temporal con respecto a las fotográficas por lo que a menudo, como es el caso, nos inquietan y fascinan.
Para la presente exposición el pintor ha tomado fotografías de distintas personas a la salida de conciertos de música joven en varios lugares de España -«final de concierto» es el título de la exposición- para luego realizar una selección a partir de la cual elige modelos para crear sus pinturas de figuras aisladas, en primeros planos o en grupo aunque sin comunicación entre los personajes, sensación que se intensifica por el hecho de que el artista los sitúa sobre fondos neutros negros renunciando a cualquier escenificación. Sin embargo, es tanto el poder de convicción que genera el tratamiento pictórico de esos modelos, los carga de tal energía que con solo su presencia física propician un ambiente sensible de proximidad y relación con el espectador, una dimensión existencia que invita a reflexionar sobre la ambigüedad entre imagen e identidad. Somos conscientes del anonimato de estos personajes, pero algo hace que nos resistamos a admitirlo y, en la contemplación atenta, hay momentos en los que parece que nos resultan conocidos y que están a punto de comentarnos algo sobre recuerdos compartidos, un desdoblamiento parecido al que se puede experimentar cuando interrogamos a nuestra propia imagen en el espejo. Si titulé el comentario a la anterior muestra de Juan Fernández «paisajes de proximidad», ésta podría titularse «personajes de proximidad». Una intimidad emocional que como afortunadamente algunos sabemos es muy capaz de crear la buena pintura.