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Crítica

Luis Vigil, pintando en lo profundo

 
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Luis Vigil, pintando  en lo profundo
Luis Vigil, pintando en lo profundo  
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RUBÉN SUÁREZ Pocas veces ha protagonizado en los últimos tiempos la escena artística asturiana Luis Vigil (Oviedo, 1963), aun cuando ya en 1981 tuviera su primera exposición en la Caja de Ahorros y luego, entre otras comparecencias, su individual en la galería Antonio Machón de Madrid en 1988 y su participación en Arco en el mismo año. Luego, participó en la VI Bienal de arte «Ciudad de Oviedo», aquélla de 1992 que su comisario Javier Barón planteó como un «estado de la cuestión del arte contemporáneo asturiano». A partir de ahí, fueron contadas sus exposiciones y en Madrid: Machón, Masha Prieto y galería Depósito 4.

La escasa e irregular fe de vida artística de este singularísimo pintor, por obra y por personalidad, tiene ahora cierta compensación con la presente exposición, que, además de otras de pequeño formato, tiene su «pieza de resistencia» en el gran mural políptico «Mare crudele», iniciado, según se ha publicado, en Barcelona, y el artista ha seguido interviniendo aquí y aún sigue con la exposición en marcha, porque sucede que Rodríguez-Vigil es uno de esos pintores para quienes la obra difícilmente llega a ser definitiva, que parte de sí misma, quiero decir de la pintura «ya pintada», y que es preciso reexaminar constantemente debido a una tensión nunca resuelta entre lo que se pinta y lo que se piensa, hurgando en las texturas o modificando la gestualidad o las proporciones en las figuras.

Veo la personal estética del pintor ovetense como un abanico de sugerencias plásticas en el que se puede convivir con el realismo, el expresionismo, el simbolismo, lo barroco manierista y los buscados anacronismo y el kitsch, pero cuyo resultado es un realista que crea su propio realismo, una especie de utopía artístico-existencial que rechaza la clasificación de las tendencias. Por ejemplo, la ausencia de cualquier distorsión cruel expresionista le aleja de esa tendencia y la ausencia de cualquier tremendismo o sordidez, de cartelón de feria o exvoto le aparta de Solana, aunque tenga algo de la fatalidad y el hieratismo de sus figuras; por otra parte, el sentimiento romántico, la sutileza de los acordes cromáticos y la creación de espacios ilusorios y oníricos para la fantasmal aparición de sus personajes le acercan al simbolismo, pero lejos, en su sofisticado naturalismo bárbaro y en su factura, de la materia pura de, por ejemplo, Odilon Redon.

Luis Vigil nos sugiere una inmersión en su mural, que me recuerda la historia del capitán Nemo de Julio Verne y también una especie de «vanitas» marinera en un fresco pictórico, un relato plástico sugerido según parece por el título de una canción de Renato Carosone, «La barca torna sola», que capturó su imaginación y luego fabuló como poético naufragio, entrelazando ensoñaciones y vivencias personales, vitales, literarias o plásticas para componer este juego de representación que sobre todo, no nos engañemos, está al servicio de los placeres de la pintura y, por supuesto, sus angustias. Los mitos personales del pintor se enraízan en esa superficie sembrada con agitación de pinceladas de empaste denso y arrastrado, tan sensorialmente enriquecida por ellas y también por el color lleno de registros a menudo ensordecido por la turbiedad del pigmento mezclado. En las pinturas alucinatorias de este cementerio de los fondos marinos los peces se deslizan en el agua y los tentáculos del terror cefalópodo permanecen recogidos, una víctima del «Titanic» toca el arpa y un capitán ofrece una bandeja con ostras afrodisiacas entre dos sirenas imposibles, aunque el pescador ha sido arrojado de estos reinos del mar y aparece muerto entre las rocas, junto a los peces muertos. Y como una prolongación de esta temática, o independientes de motivo y de factura, otras pinturas, en este caso de pequeño formato, y en todo caso muy sugestivas, completan la exposición de este muy interesante pintor ovetense cuya obra venía siendo difícil ver.

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