FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
En una entrevista concedida a Catalina Serra, el reciente Premio Nacional de Periodismo Cultural, el raro y curioso Jacinto Antón, define tan bien lo que es esto de dedicarse a escribir sobre cultura que no queda más remedio que citarlo en largo: «Parece que se hace sin esfuerzo porque los temas son agradables, pero los que estamos en ello sabemos que detrás hay muchas horas de un trabajo constante que nunca se acaba. Porque cuando vas al cine o al teatro, o coges un libro, o miras una exposición, sigues trabajando. Hay una fusión total entre vida y profesión como en ninguna otra rama del periodismo, y esto es un arma de doble filo porque te aporta mucho como persona, pero a la vez siempre estás inmerso en el trabajo». Dan ganas de besarlo apasionadamente por lo bien que resume y redime a esta «cenicienta del periodismo» cuya función no es otra que la de separar el trigo de la paja, la de mirar entre la cosecha de novedades culturales de cada semana para decirle al lector que eso merece la pena, aquello puede ser prescindible y esotro es filfa pura. O sea, no desconectar nunca, leer, escuchar y mirar para luego contarlo. Jacinto Antón es lo contrario de un reseñista solapero: se moja, mete su primera persona muy singular en lo que escribe, confiesa sus fobias y nos atrae a sus filias, siempre sorprendentes, siempre con otro punto de vista al cansino habitual. Ya que a quienes escribimos aquí nunca nos darán ese premio (me confidenció un señorón mandamás de los que lo conceden que prefieren premiar «el ámbito nacional» al «ámbito regional»: qué risa, qué cara), felicitemos al premiado leyendo su Pilotos, caimanes y otras aventuras extraordinarias, que publica RBA y que ya contiene en su título la rareza y curiosidad del gran Antón.
De celebración está también la editorial Anagrama, 40 años con otro primer espada, Jorge Herralde, al frente. En Asturias le dieron los libreros el «Clarín» (insisto «ámbito nacional» sí; «ámbito regional» nunca) y me llamaron para hacerle la loa correspondiente en el Paraninfo de la Universidad. Lo hice con el gusto y admiración que merece alguien como Jorge, sin cuya perspicacia, constancia, riesgo y ciencia para editar, mi vida (lectora, desde luego; pero también la otra) habría sido bien diferente. Acaba de sacar, acaso para celebrarlo, El mejor humor inglés, una antología propia. Como se trata de mojarse, ahí va mi opinión personalísima sobre los antologados. A P. G. Wodehouse lo encuentro bien sólo en pequeñas dosis, me cansa si leo dos libros suyos seguidos; de Saki puedo prescindir; no así de Evelyn Waugh ni de Tom Sharpe, cada día más descacharrante por enloquecido; Roald Dahl es leerlo y quitarse el sombrero; Alan Bennett me gusta durante la lectura, me deja frío a los pocos días; leí a Julian Barnes con pasión: ahora, me estoy quitando; al dúo Ian McEwan y Martin Amis los trato con respeto, pero con mucho cuidado y cierta lejanía, quizá por la babosa unanimidad que siempre reciben; paso bastante de Douglas Adams; y con Nick Hornby tengo cuentas pendientes, porque lo están convirtiendo en el pope del fútbol escrito y mucho me temo que no es el forofo que aparenta ser, por muy del juego del Arsenal que yo mismo sea. Ahí va mi boutade: lo encuentro falto de la pasión arrasadora que debe anidar en un hincha total o no me la acaba de trasmitir. Quizá porque siempre haya yo querido escribir un libro sobre fútbol y aún no haya encontrado el momento: o sea, por envidia. Todo es tan personal?