Europa siguió siendo cristiana, pero el laicismo pasó a ser una fuerza

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Europa siguió siendo cristiana, pero el laicismo pasó a ser una fuerza
Europa siguió siendo cristiana, pero el laicismo pasó a ser una fuerza 
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La muerte de Descartes en Suecia, en 1650, es el punto de arranque de un largo viaje en el que los restos del filósofo, primero con su traslado a Francia y luego con sus sucesivas moradas, sirven de excusa para situarnos ante los acontecimientos sobre los que se asienta buena parte de lo que hoy somos. El material original y la pretensión de saber qué ocurrió con los restos de Descartes propiciarían a priori un tratamiento más novelesco. En lugar de eso, Shorto aborda una investigación rigurosa en cuyo transcurso traza todo una panorama de la modernidad y nos regala un texto ameno y solvente que cumple los requisitos de la mejor historia de la ciencia. Con todo ello, el autor advierte, sin embargo, que su obra «no es un estudio exhaustivo de la modernidad, sino un cuaderno de viaje basado en la convicción de que la idiosincrasia es algo sumamente serio».

El desenvolvimiento de la razón y los sucesivos episodios de los restos de Descartes tienen un desarrollo paralelo en el libro. Desde los procesos de autentificación de los huesos hasta los debates sobre los reconocimientos a los méritos del filósofo, nos ilustra sobre la ciencia y la sociedad del momento, los avances del saber y los cambios en la sensibilidad social. «Casi todas las personas que a lo largo de los siglos manipularon los huesos de Descartes encarnaron alguno de los aspectos de la modernidad de cuya creación se atribuye el mérito al filósofo», apunta Shorto. Y como mejor muestra de ello la propia Asamblea de las Ciencias de Francia se convierte en paradigma de las cualidades del entendimiento cartesiano. En la discusión para determinar si los supuesto restos de Descartes que han de recibir los mayores honores patrios son auténticos o no, en lugar de establecer un hecho inapelable , llega «a una conclusión que no se basaba en el ideal de la certeza, sino en la noción moderna de probabilidad». Los propios huesos del filósofo quedan así sujetos a una duda razonable. Circunstancia que contrasta con la paradoja de que esos restos se vieran sometidos a un proceso muy similar al «tráfico de reliquias de comienzos del cristianismo, cuando proliferaban los huesos de santos».

El «Discurso del método» marca, en palabras de un filósofo contemporáneo, «la línea divisoria del pensamiento: todo lo anterior es antiguo y todo lo que ha venido después es nuevo». En ese momento crucial del entendimiento humano, Descartes se convierte en un «arquitecto de la mente moderna» y, a partir de la duda, del afán de «cuestionarlo todo hasta llegar a una base sólida de hechos objetivos», su filosofía sirve de sustento no sólo de un nuevo método científico, «sino del autogobierno, del concepto moderno de derechos humanos y de la desconfianza igualmente moderna en la autoridad», tal como expone Shorto. El propósito cartesiano de «reorientar la forma de pensar de cada ser humano», tras asumir los «fallos más evidentes del edificio del saber como una crisis personal», deriva en un elemento constitutivo de la modernidad: la crisis entre razón y fe. Esa ruptura que nos abre a un nuevo mundo del entendimiento es «definitoria de la Edad Moderna», afirma Shorto, y Descartes contribuyó de forma decisiva a inocular lo que el autor llama «la fiebre crónica de la modernidad». «La profunda y compleja confusión respecto a ámbitos de la fe y de la razón» adopta «una y otra vez diferentes formas a lo largo de los siglos siguientes (a la publicación de la obra cartesiana), desde la Revolución Francesa y la teoría de la evolución de Darwin, hasta los debates actuales sobre qué hacer con las teocracias beligerantes y el terrorismo de inspiración religiosa».

«Antes de Descartes, la religión era el lenguaje que servía para expresar la mayoría de las ideas básicas sobre la vida y el mundo. Los debates filosóficos eran debates religiosos». Descartes rompe con ese monolitismo religioso y abre una época, la de los siglos XVIII y XIX, en la que «los filósofos eran verdaderamente influyentes». Como consecuencia de ello, «Europa siguió siendo cristiana, pero el laicismo pasó a ser una fuerza importante en la sociedad». El «debate a tres bandas entre los secularistas radicales, los moderados y los teólogos» propicia un notable cambio social y «el verdadero ateísmo fue, sin duda, uno de los principales resultados del giro moderno que tomó Europa», aunque Shorto matiza que sería «erróneo afirmar que la Ilustración fue antirreligiosa». Una advertencia muy retirada por el autor porque, a su juicio, «las batallas entre la fe y la razón nunca han sido nítidas. El propio Descartes no fue el frío racionalista que pinta la Historia. Descartes se mantuvo sinceramente fiel a su fe y, aunque incuestionablemente fue un filósofo moderno, también tenía un pie en la Edad Media».

En otras palabras, la razón no avanza de forma rectilínea y su progresar se vuelve en ocasiones tortuoso. Opera de formas muy distintas y las mismas ideas propician cambios drásticos con resultados dispares. Así, la Revolución Francesa abandera el laicismo mientras que la revolución americana, sobre el mismo sustrato ideológico, impregna de religiosidad el nuevo estatuto ciudadano. En cada lugar fructifica de forma diferente. «Para los británicos, el nuevo pensamiento era más bien como una caja de herramientas», lo que deriva en que «si los franceses crearon una nueva filosofía, los ingleses inventaron la ciencia aplicada», constata Russell Shorto. En cualquier caso, queda establecido que, en contra de toda apariencia, «la razón no conduce necesariamente a la paz y al orden». Y como reconocimiento hemos de aceptar que «guiarse por la razón no es lo mismo que estar en lo cierto».

El conflicto entre fe y razón y su manera de mostrarse en sociedad resulta inagotable, como demuestran continuas publicaciones de las que aquí se ofrece una muestra mínima. Al estilo del diálogo entre el todavía cardenal Josep Ratzinger, antes de convertirse en Benedicto XVI, y el filósofo Paolo Flores d'Arcais recogido en ¿Dios existe?, el propio D'Arcais, Gianni Vattimo, padre del «pensamiento débil», y Michel Onfray, autor del Tratado de ateología, debaten sobre el conflicto central de la modernidad en ¿Ateos o creyentes? Conversaciones sobre filosofía, política, ética y ciencia. Dos diferentes perspectivas de no creyentes y una singular manera de creer ausentes de la radicalidad y el afán apostólico de ese ateísmo que se despliega en los costados de los autobuses.

En Carta al Papa. Consideraciones sobre la fe, Jürgen Habermas, premio «Príncipe de Asturias», vuelve sobre su concepto de sociedad «post-secular» en la que propone un reconocimiento de lo religioso en la vida pública que salve lo que denomina «deberes asimétricos» que el Estado laico impone a sus ciudadanos y que ha propiciado un enconado debate con Paolo Flores d'Arcais. Habermas reconoce que «el divorcio entre el saber secular y el saber revelado es irremediable» y reprocha al Papa propósitos que nos retrotraen a tiempos anteriores a la Ilustración.

El desaparecido Richard Rorty dialoga con Gianni Vattimo -con quien ya compartía páginas en El futuro de la religión (Paidós 2006)- en Una ética para laicos, en la que defiende la necesidad de unos fundamentos éticos depurados de creencias religiosas.

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