POR LUIS M. ALONSO
A las piezas de Jorge Ibargüengoitia no les suele sobrar ni faltar nada. No tienen una palabra de más, ni de menos. Su prosa es tan hilarante como la de los mejores humoristas de todos los tiempos, incluso como la de Wodehouse, pero más corrosiva y exenta del corsé británico. Ha escrito sátiras gigantescas como Maten al león o parodias desternillantes sobre la ritualizada literatura de la Revolución mexicana en Los relámpagos de agosto (premio Casa de las Américas, 1964). Su retrato de las Poquianchis en Las muertas, una novela que contiene risa, muerte y otras hierbas, merece ser recordado siempre. Ahora bien, ¿quién se acuerda de Jorge Ibargüengoitia, un escritor inimitable?
Nació en Guanajuato (México) en 1928 y murió en un accidente de aviación el 26 de noviembre de 1983, en Mejorada del Campo, cuando volaba de París a Bogotá para asistir a un congreso de escritores, al que se había resistido hasta última hora a ir. El avión, de la compañía Avianca, al intentar una aproximación a Madrid para hacer escala, se estrelló contra una colina. Como era inimitable nadie pudo escribir de él una nota necrológica comparable a la que él escribió de su madre. Su madre murió aliviada por la muerte de Albertine, después de haber leído En busca del tiempo perdido y, cuando ya desahuciada, le preguntaban cómo estaba, ella respondía:
-Mucho mejor.
La nota luctuosa materna, que el diario «Excelsior» publicó el 29 de agosto de 1973 y que figura en Instrucciones para vivir en México, uno de los libros que incluyen sus estupendos artículos, no figura en la selección que su compatriota Juan Villoro hizo el pasado año y que en España editó Reino de Redonda, pero la pueden encontrar, quienes lo deseen, rastreando por internet.
La obra de Ibargüengoitia no ha tenido el eco merecido en este país. No obstante, la editorial Seix Barral emprendió no hace mucho la tarea de dedicarle al autor una biblioteca personal con, al menos, cuatro de sus principales títulos: Estas ruinas que ves, Dos crímenes, Los relámpagos de agosto y Las muertas, que también ha recuperado RBA. Las dos últimas habían sido publicadas hace años por Argos-Vergara y Mondadori, aprovechando la conmemoración del Quinto Centenario. Ibargüengoitia le habría sacado punta a lo del aniversario del Descubrimiento, de la misma manera que se lo sacaba a todo. De hecho, en uno de sus artículos memorables, Si no fuéramos quienes somos, se preguntaba qué sería de México si en vez de por los españoles hubiera sido conquistada por los ingleses. Lean: «Aquí en México hay quien dice que los españoles vinieron con los brazos abiertos, se mezclaron con el pueblo, rieron y cantaron con él, produjeron gran mestizaje, le dieron al pueblo conquistado un idioma, una religión, y leyes justas (?) Por otra parte, hay quien dice que los españoles destruyeron nuestra cultura, nos explotaron durante trescientos años y se fueron cuando no les quedó más remedio. Ahora bien, los proponentes de estas dos teorías contradictorias están, por lo general, de acuerdo en que si ser colonia española fue malo, haberlo sido inglesa hubiera sido peor, porque los ingleses tenían por sistema acabar con los indios y después, importar negros para hacer los trabajos pesados».
Revolución en el jardín es una antología de crónicas que el lector no debería perderse. La que da título al libro es el resultado de un viaje a Cuba, de conclusiones descacharrantes y desmitificadoras como no podía ser de otro modo tratándose de Ibargüengoitia.
El escultor y pintor mexicano Manuel Felguérez, amigo de la infancia, llevaba mucho tiempo sin verle cuando ambos se reencontraron en París, donde el escritor vivía con Joy Laville, una pintora inglesa aficionada al whisky y al ajedrez. Quedaron en repetir el encuentro días más tarde en Colombia sin saber que se estaban despidiendo. Felguérez se hallaba en Medellín cuando se enteró por un «ángel de la muerte» de que el avión donde viajaba Jorge Ibargüengoitia se había estrellado en las cercanías de Madrid. Aturdido, le vino una imagen a la mente que más tarde contó. Jorge y él bajaban del Iztacihuatl con grandes mochilas sobre los hombros, se acercaban a su meta por uno de esos caminos que de tanto pisarlos se han hundido en la tierra. De repente, a unos cuantos metros de distancia, los suficientes para no tener nada más en cuenta, surgió un toro que, después de mugir, rascar la tierra y bajar los pitones procedió a embestirlos. El escultor imaginó como él se había arrojado al suelo saliendo ileso mientras que el escritor evitaba por milímetros el roce de los cuernos en su cuerpo. Finalmente, cuando parecía que ya se había salvado, en el último momento, el toro le propinaba con la pezuña un fuerte golpe en la espinilla.
No sé si a esto se le puede llamar mala suerte.