Biografía

Kafka sin lo kafkiano

Louis Begley nos previene contra los excesos de los exégetas en un ensayo esclarecedor sobre el novelista

 
Kafka sin lo kafkiano
Kafka sin lo kafkiano  
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LUIS MUÑIZ Kafka sin lo kafkiano. El escritor en zapatillas, alejado de sus supuestas alegorías. Ésta es la oferta que nos hace el norteamericano de origen polaco Louis Begley (1933) en El mundo formidable de Franz Kafka, el más reciente ensayo biográfico sobre el narrador praguense. Begley recurre al diario y a la copiosa correspondencia del autor, más que a sus fabulaciones, animado por el propósito de desmontar algunos tópicos (a los que va consagrando los sucesivos capítulos: la familia, el judaísmo, el amor) y dejar claro, sobre todo, que al obseso Kafka lo único que le obsesionaba de verdad era su obra. Así, en la tercera parte, que dedica a sus relaciones con las mujeres, y tras hacer un prolijo relato de sus fallidos compromisos con Felice Bauer y Milena Jesenská (en verdad tedioso de leer), no puede sino concluir que el novelista nunca permitió que su vida (ni su vida con los demás tampoco) orbitara en torno a otra cosa que la escritura. Kafka sellaba primero los compromisos matrimoniales (a ello le empujaban la soledad y el temor a fracasar como escritor) y luego hacía que el temor a fracasar como escritor (por las imposiciones de lo conyugal) acabara frustrando los compromisos. Como se ve, un círculo vicioso muy kafkiano por lo que tiene de absurdo y angustioso, pero sin traza de alegórico; un conflicto, en resumen, que terminan padeciendo todos los que deben conciliar la vida doméstica con los rigores de la actividad literaria. Quien escribió La metamorfosis nunca se comprometió más que con lo segundo.


El autor, eso es cierto, tenía auténtico pavor al sexo, pero no era un individuo asexuado, como lo demuestran sus contactos con prostitutas y sus relaciones «plenas» fuera de las relaciones «oficiales». Sin embargo, en el estrecho marco de estas últimas, precisamente las que más podían condicionar su trabajo, su juicio fue siempre implacable, y cuando veía, siquiera de lejos, la amenaza del obstáculo, emprendía la huida a lomos de una de sus largas cartas; con sentimiento de culpa, sí, pero también con alivio. Por eso el ensayo de Begley languidece un tanto cuando no acierta a explicar cómo el Kafka temeroso y deseoso del cuerpo femenino, el Kafka al que el acto sexual repugnaba tanto como atraía, decide irse a vivir a Berlín con Dora Diamant. Quizá fuera porque estaba a punto de morir de tuberculosis (falleció el 3 de junio de 1924, un mes antes de cumplir los 41 años); pero parece más probable que el escritor hallara en esta joven polaca, criada en el seno de una familia jasídica, a la compañera ideal, es decir, una que no tuviera celos de la literatura. O quizá fue la única que aceptó el celibato al que ni Felice ni Milena accedieron nunca.


Kafka lo supeditó todo a su obra, y es en esta voluntad de escribir contra cualquier designio que no sea el propio en la que hay que buscar las causas de su aislamiento, que es, junto con la omnipresente figura paterna, la figura del poder y la opresión, el que explica el enrarecido clima de sus narraciones: un formidable mundo interior, plagado de condenas y castigos, que él intentó preservar incluso a sabiendas de que se enterraba en vida. Ésta es la tesis que defiende Begley, que dedica el último capítulo de su ensayo a repasar los hitos de la narrativa kafkiana y a rebatir varios lugares comunes de lo que Milan Kundera ha llamado la «kafkología». Begley, autor, entre otras, de la novela en la que se basa la película A propósito de Schmidt, carga en especial contra los afanosos buscadores de alegorías, que se han cebado en El proceso queriendo ver en esta obra bien una reelaboración del «otro proceso» de Kafka, el «juicio» al que fue sometido por Felice en un hotel berlinés en julio de 1914 y que supuso la ruptura de su primer compromiso con ella, bien un seductor pero imposible ejercicio de precognición de los totalitarismos nazi y soviético. Lo que tienen en común todas estas exégesis es su desprecio por los valores estéticos de la novela, que son, en última instancia, los que importan, dado que estamos hablando de literatura. Y no de una cualquiera, sino de aquella que, por su minuciosidad y su detallismo obsesivo (Samuel Beckett, el Cormac McCarthy de La carretera), pretende resultar creíble por sí misma e imponer su mundo sin recurrir a correlatos exteriores.

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