JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
Una novela autobiográfica no resulta ninguna novedad. Y recientemente se ha convertido en una moda la denominada autoficción: el escritor, con su propio nombre, se convierte en personaje, a veces protagonista, de un relato que entremezcla lo real con lo imaginario. ¿Por qué entonces nos sorprenden y nos desasosiegan tanto las novelas de Hilario J. Rodríguez? En Construyendo Babel hablaba de sí mismo con crudeza y con más crudeza aún de sus familiares cercanos, daba por hecho un divorcio -el suyo- que aún no se había producido. En El otro mundo cuenta la estancia familiar de un año en Nueva York. Se refiere a las dificultades de adaptación, a sus problemas conyugales, a los amigos que conoció allí.
Dos de esos amigos -que también son amigos míos- aparecen, con sus propios nombres, levemente caricaturizados, llegando incluso a anticiparse -en un párrafo conmovedor- la muerte de uno de ellos. Y de la insólita madurez del hijo del protagonista, que entonces tenía seis años, de su capacidad de adaptación puedo dar fe: había dibujado un plano del metro de Nueva York y al enseñármelo me preguntó cerca de qué estación vivía yo.
Lo novedoso de las dos novelas de Hilario J. Rodríguez está en que las libertades que se toma con su propia biografía se las toma con las biografías de los demás, sin preocuparse siquiera de cambiar los nombres. «Escribo una novela», afirma, «y por eso no tengo que responder de la verdad de lo que cuento». Cierto, y por la misma razón debería evitar introducir en la realidad elaborada de la literatura ciertos indigestos trozos de carne cruda.
Pero quizá un lector que se ha encontrado con el protagonista en Nueva York por las fechas a las que se refiere su libro no sea el mejor lector, al conocer demasiado la trastienda de la novela, al no poder dejar de notar los pespuntes imaginarios, la ficción a ratos inverosímil (como esa larga carta que constituye uno de los capítulos) que se introduce en la crónica.
Hilario J. Rodríguez ha conseguido en esta su última novela vencer el más grave de sus defectos literarios: la tendencia a la divagación, el no decir en dos páginas lo que podía contar en siete. Se trataba de una herencia de sus profusas colaboraciones periodísticas, casi todas centradas en la crítica de cine. Aprendió entonces una hábil retórica que le permitía ocupar todo el espacio disponible en el menor tiempo posible. El periodista llena el hueco que le conceden; el escritor no escribe ni una palabra de más, aunque carezca de limitaciones de espacio.
El otro mundo pretende ser una novela, no un libro sobre Nueva York. Y sin embargo pocos libros se le habrán dedicado tan verdaderos y tan conmovedores como este. No es ciertamente la ciudad de los turistas, sino la de los diminutos y remotos apartamentos, la burocracia, los grandes viajes en metro, la sordidez cotidiana. Un lugar, a pesar de todo, excitante e inagotablemente hermoso. No faltan las estampas memorables, como la descripción de la estación de autobuses, y luego -en el capítulo siguiente-, la llegada a un lugar innominado y desolado, con su onírica persecución.
Para contar la crónica de su estancia en el otro mundo, Hilario J. Rodríguez ha buscado dos apoyaturas que le ayudan a darle unidad al relato. Una de ellas tiene origen autobiográfico. Aparece ya en el primer párrafo: «Gueloz Nsingui (recuerdo la música de su nombre pero no estoy muy seguro de que se escriba como yo lo acabo de hacer) era un africano que trabajó conmigo en una pizzería londinense hace ya muchos años, hacia 1985 más o menos». La otra apoyatura la encuentra en W. G. Sebald y en su libro dedicado a la destrucción de las ciudades alemanas tras la II Guerra Mundial. Las referencias a Gueloz Nsingui son las que más rechinan: qué poco verosímil resulta la desaparición en la jungla, en la que se había internado para cumplir un presunto rito de madurez, de su hermano mayor. Tan inverosímil como algunas de las historias que cuenta del padre de Eva, su mujer.
Soy consciente de que la mayor parte de mis reparos de lector implicado y puntilloso carecen de importancia. Hable de lo que hable, hable de quien hable, Hilario J. Rodríguez está hablando de sí mismo, trazando un impiadoso autorretrato. Y es bien sabido que las fantasías de un hombre le definen tan bien, o mejor, que los hechos realmente ocurridos.
Crónica, autobiografía y novela, El otro mundo es un libro escueto, que procura atenerse siempre -o casi siempre- a la verdad de la literatura, que es la única que cuenta. Y que puede hacer daño, pero sólo a la gente más cercana al autor. El lector sale de sus páginas fortalecido y enriquecido, aunque también con la sensación de haber masticado a veces carne demasiado cruda y demasiado humana.