COSME MARINA
Leyendo las noticias y las reacciones suscitadas tras la primera edición de la Noche Blanca, tiene uno la impresión de que el sólido respaldo popular cosechado -unas 20.000 personas entre Oviedo Gijón y Avilés- ha sorprendido a propios y extraños, y, muy especialmente, a los políticos organizadores del evento. La propuesta es la primera que se realiza en condiciones en torno a la capitalidad cultural a la que optan las tres ciudades de manera conjunta. Es increíble que hayamos tenido que esperar tanto tiempo para que se retome un espíritu de colaboración que se enterró hace casi una década cuando se envió a mejor vida el ejemplar Festival de Música y Danza que organizaba la Universidad de Oviedo en colaboración con los tres ayuntamientos asturianos.
El localismo en todas las direcciones hace un daño terrible a la cultura asturiana. Hasta el punto de empujar a que se repitan y solapen programaciones en un estéril afán de cada núcleo de población de ser los primeros de la clase aunque sea a codazos. Nadie ha sido capaz de sentar a los teatros a hablar y establecer prioridades para cada ciudad, independientemente de que luego se deban atender propuestas variadas en cada ámbito, como es lógico. El difícil contexto actual está adelgazando presupuestos y puede que obligue a una cierta coordinación, aunque sólo sea por la falta de recursos. ¿Será una utopía que desde la Consejería de Cultura del Principado se lidere una actividad cultural conjunta para las tres ciudades? Un festival de verano o cualquier otra apuesta de entidad. ¿Podremos ver colaboraciones entre instituciones que beneficien a los ciudadanos de las tres ciudades? El teatro de la Laboral -de titularidad regional- colabora asiduamente con el Jovellanos, ¿no sería un síntoma de normalidad que también lo hiciese con el Campoamor, el auditorio Príncipe Felipe o el Palacio Valdés? A fin de cuentas, se financia con impuestos de todos, de los habitantes de Gijón y también de los de Avilés y Oviedo.
Quizá ya sería mucho pedir que se potenciasen los elementos distintivos singulares de cada ciudad, por ejemplo, con un apoyo muy fuerte a iniciativas como el Festival de Cine de Gijón o a la temporada de ópera de Oviedo, ambos, ejemplos de industria cultural de primer rango. En un espacio geográfico como el asturiano, con un altísimo porcentaje de la población agrupada en la zona central, no tiene sentido detraer recursos económicos de los proyectos que pueden ser bandera de la capitalidad cultural. Si queremos optar de verdad a este reconocimiento, ¿no debieran todas las actividades incorporar ya un logotipo de la candidatura como sí tienen la mayoría de las ciudades candidatas?
La cultura, reitero una y mil veces, no es un artículo de lujo. Es, entre otras cosas, un sector económico que implica centenares de empleos que, de manera directa o indirecta, viven del mismo. ¿Alguna de nuestras lumbreras políticas se ha parado a pensar que si retraen las subvenciones perderán de recaudar una cantidad mayor de dinero que el que están ahora retirando, al tener que irse al paro decenas de empleados y, además, ingresar menos impuestos? La Noche Blanca puede y debe ser el acicate para profundizar de verdad en la rica realidad cultural asturiana. Para que nuestra clase política tome conciencia del valor de una cultura conjunta respaldada por los ciudadanos que acuden a la oferta de las tres ciudades de manera indistinta. Un espectáculo en el Campoamor, en el Jovellanos, en el Palacio Valdés o en el Auditorio se programa para el conjunto de la región, no sólo para el público de la ciudad que lo acoge. Ese movimiento debe reordenarse con coherencia. La candidatura para la capitalidad cultural es una oportunidad para crear un foro de trabajo continuado al respecto. El éxito de la Noche Blanca ha sido determinante. Ojalá sea la confirmación de una esperanza de colaboración que se convierta en realidad.