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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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POR LUIS M. ALONSO La vida puede resultar esquiva incluso después de la muerte. Vean el caso de Robert Walser (1878-1956), un escritor que pidió olvido y pasó a la posteridad, mientras que otros que se esforzaron por perdurar acabaron relegados. Eso sí, convendría decir antes de nada que el deseo de no alcanzar la fama póstuma se lo formuló a su amigo Carl Seelig, al que por otro lado nombró albacea de su obra. Como quiera que Seelig, admitámoslo así, antepusiese el compromiso con el arte al de la amistad, Walser no ha dejado de ser noticia literaria desde la Navidad de 1956, en que unos niños encontraron su cadáver congelado en un campo cubierto por la nieve, en la localidad de Herisau, al este de Suiza.
Seelig podría haber destruido los textos inéditos de aquel miniaturista de lo íntimo que era Walser, pero se limitó a ir buscando corredores de luz para divulgar la obra y mantener abierto un debate sobre el escritor que no quería ser de nadie y, sin embargo, han reclamado unos y otros: bien luchando por la posesión o por el uso exclusivo de su obra.
Si Walser quería pasar al olvido, ¿por qué no destruyó él mismo sus textos inéditos en vez de legarlos al amigo que iba a encontrar más de una razón para archivarlos? La pregunta se ha posado más de una vez sobre la memoria del escritor. La han hecho quienes creen que detrás de una falsa modestia, impregnada de locura, se escondía la tímida vanidad del individualista huidizo. Kafka, que admiró a Walser, también mostró una gran despreocupación por la posteridad, pero eso no significaba que no aspirase a que lo leyesen. «La moral, siempre recelosa, está dispuesta a percibir cualquier vanidad, y a descubrir en las chaquetas del espantapájaros, en el ingreso de Walser en la clínica psiquiátrica o en la condena kafkiana de la escritura el último gesto de la vanidad personal y la sabia y la más eficaz predisposición de aquella fama de la que se afirma querer escapar», escribió Claudio Magris, siempre atento a la obra del autor de Berna. La melancolía de la fugacidad pudo, en cualquier caso, con el deseo de mostrarse, aunque el tiempo se ha empeñado en reivindicar a Walser, que mientras vivió gozó de los elogios de Musil, Walter Benjamín o Canetti, pero al que únicamente ha encumbrado la posteridad tras una existencia oscura.
Siruela se ha encargado de ir publicando su obra en España, además del libro Paseos con Robert Walser, donde Carl Seelig relata impresiones de sus caminatas con el escritor por el Apenzell, entre 1936 y 1955, cuando éste se encontraba ya internado en el hospital psiquiátrico de Herisau, aquejado de una enfermedad mental hereditaria. Además de El paseo, La rosa, Jakob von Gunten, El ayudante, Historias de amor, Los hermanos Tanner, El bandido y La habitación del poeta, esta editorial se ha ocupado en tres volúmenes de los escritos en su microscópica caligrafía; microgramas que sólo pueden ser leídos por medio de lentes de aumento y que divagan sobre aspectos pueriles de la existencia, asuntos relacionados con la niñez, el primer amor, el fracaso o el suicidio.
Walser usaba, para escribir, el primer papel que tenía a mano, hojas de almanaque, sobres, dorsos de las facturas, etcétera. En ocasiones, sus hojas no pasaban de los 8 por 17 centímetros, y aprovechaba todos los blancos con su prodigiosa letra. No hay tachaduras ni correcciones en sus más de 500 manuscritos. En un clima de desorientación por la enfermedad, decidió prescindir de la pluma y utilizar el lápiz. Llegó a escribir que este último le había devuelto a la infancia, pero hay quienes han querido ver, además, el deseo de sustituir la vocación de permanencia de la tinta por la posibilidad de desaparecer sin dejar rastro que brinda la goma de borrar. De nuevo, la destrucción de la identidad. Cuando lo encontraron muerto tendido sobre la nieve, el escritor suizo vestía un abrigo largo raído y un traje desechado de los que él mismo llamaba provisionales como su figura inaferrable.
Ahora, autorizado por la Fundación Carl Seelig, se ha publicado en España la edición de un precioso libro de narraciones y poemas de Walser que tienen que ver con la pintura. Una pequeña historia personal del arte con miradas sobre diversas obras inmortales de Cranach, Tiziano, Brueghel, Rubens, Rembrandt, Watteau, Fragonard, Delacroix, Daumier, Anker, Cézanne, Renoir, Van Gogh, Hodler, Karl Stauffer-Bern, Beardsley y su propio hermano Karl Walser, quien le abrió los ojos a la pintura.
No hay en el libro academicismo, sino observaciones claras, a veces divertimentos literarios. De Aubrey Beardsley, por ejemplo, escribió que dibujaba mujeres «con labios de indecible seducción y naricitas de inefable delicadeza» y que «con el lápiz de dibujo nos conducía a los jardines más inextricables y ricos en vegetación». Una incursión en un artista olvidado que, al final, el mismo autor agradece: «Resulta agradable hablar de alguien que no constituye el tema de conversación del día. Uno se siente selecto haciéndolo».
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