FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
La historia es bien sabida y está al alcance de todos los públicos, pero como Leonardo Padura la recrea en El hombre que amaba a los perros es preciso recordarla al lector. Liev Davídovich Bronstein nació en Ucrania en 1879 (las mismas cifras de la Revolución Francesa, sólo un poco alteradas) y tomó de uno de sus carceleros siberianos, cuando lo desterraron al frío, el sobrenombre de Trotski (o Trotsky, con «y», como prefieran). Hombre de verbo fácil y vigoroso, fue un héroe de la Revolución de Octubre en Rusia, creó el Ejército Rojo, ocupó cargos de la máxima importancia en la Unión Soviética, pero no tardó en chocar de frente con Stalin y su demencial máquina purgativo represora. Primero se le envía al exilio dentro del paraíso de los soviets y, por fin, se le expulsa de su patria en 1929: en estos dos momentos comienza la novela. Vaga Trotski por Estambul, Francia y Noruega, siempre denunciando a quien le quisiera oír que Stalin ha traicionado la revolución, que es un mentiroso astuto de la peor ralea, que está reinventando la Historia con sus historias y la realidad con sus embustes, que es un criminal enloquecido que aniquila a todos los antiguos héroes tras haberles hecho confesar en público los más imposibles crímenes. Por su parte, Stalin convierte a Trotski en el depositario de todos los males: él es el traidor, el aventurero, el amigo y cómplice de los fascistas y anarquistas, el Traidor Mayúsculo con quien es preciso acabar. Toda una relación de odio cronificado que se cierra en Coyoacán, México, última parada del gran exiliado, con la aparición en su círculo íntimo -a través de una secretaria enamorada, para que no falte detalle melodramático- del personaje encargado de bajar el telón de la vida de Trotski. Aparte de que leer Mi vida, por ejemplo, una muestra magnífica de la prosa encrespada trotskiana, es un ejercicio recomendable, también se puede ver al efecto una espantosa película: El asesinato de Trostki, de Losey, una cosa de 1972.
El personaje antes citado es un barcelonés de rica familia llamado Ramón Mercader del Río Hernández, alias Frank Jacson, alias Jacques Mornard, alias abundantes, que, en realidad no es un personaje: es una bomba fabricada con mimo por los servicios secretos soviéticos (y por la mamá del futuro asesino, Caridad, el coprotagonista mejor trazado de la novela) con el único fin vital de asesinar a Trotski. Comunista en la Guerra Civil española (ahí comienza también la novela de Padura), el culto, guaperas y políglota Mercader vive sólo para un momento: para el 20 de agosto de 1940, cuando, a solas, le clava a Trotski en la cabeza un piolet de mango cortado y oye el grito desgarrador, el alarido de la víctima, un grito que le perseguirá toda su vida, que transcurrirá 20 años en una cárcel mexicana y finalizará en La Habana en 1978 (otra vez las cifras de la Revolución Francesa, para los amantes de estos entretenimientos). También tenemos película, excelente en este caso: Asaltar los cielos, de 1996, firmada por José Luis López Linares y Javier Rioyo.
¿Cómo se traba todo lo dicho en la novela de Padura? Con un capítulo sobre el Trotski huyente, otro sobre el periodo formativo de Mercader y otros alternos sobre el narrador, o el narrador del narrador, que encuentra en un parque habanero a un misterioso personajes, dado a confidencias sobre los detalles que envolvieron la historia que acabo de contarles.
Se habrán fijado ustedes en que la novela no alcanza las 600 páginas casi de milagro. Son muchas, muchísimas, para lectores no engorilados con vampiros y vampiras (para ésos y ésas, cualquier extensión es poca mientras la sangre siga manando): hay que llenarlas. La historia, no por ya sabida, deja de ser apasionante: que si la víctima y el verdugo, que si las vidas paralelas, que si el daño de las ideologías criminales, que si la anulación de la personalidad, que si el crimen de Estado? De modo que cualquier lector que tenga por delante un par de semanas que dedicar a una novela haría muy bien en escoger El hombre que amaba a los perros (no adelanto aquí el porqué del título, pero aplaudo lo bien que se trata a tan indispensables animales? salvo cuando mamá Caridad le da una lección horripilante a su hijo). Pasa de todo, hay muchos personajes, y, como suelen exigir los lectores menos dados al disfrute literario, fue verdad lo que se narra. Sólo le pongo mis pegas de lector particular, pegas achacables a mi gusto tan sólo. Los encuentros en el parque habanero me parecen prescindibles; me bastaría con la dialéctica del enfrentamiento Trotski-Mercader, capítulo tras capítulo hasta que se unen sus historias. Además, creo que se le ve el truco en seguida, pues se desvela con facilidad la personalidad que esconde el informante del narrador. Por otra parte, hay muchos momentos en que la novela pesa, tal es la acumulación de datos y datos y datos. Tengo para mí que Padura contaba con tantísima información recogida que le tembló el pulso al podar y pasar de la Historia a la ficción. Ello conlleva abundantes bajadas de intensidad. Pero, créanme, con lo que hay por ahí, puede considerarse El hombre que amaba a los perros lo mejor que este otoño ha asomado a librerías.