COSME MARINA
La pasada semana reflexionaba junto a otros colegas en la tertulia semanal que Alberto G. Lapuente dirige en Radio Clásica sobre la realidad de la vida orquestal española. A lo largo de la conversación y, de manera tangencial, surgió el eterno debate sobre la pervivencia del modelo de concierto sinfónico como una de las fórmulas hasta ahora más estandarizadas de espectáculo musical.
El canon de concierto instalado por la tradición -obertura, concierto, sinfonía- lleva décadas en una crisis latente agudizada por períodos. Podríamos decir que es un enfermo que goza de una salud precaria, pero que va tirando sin llegar del todo a una gravedad extrema. Sin embargo, desde hace un par de décadas directores de orquesta y músicos han sido conscientes de la necesidad de cambiar el formato, de introducir novedades. Y ahí es donde empiezan a generarse fracturas. La incorporación de nuevo repertorio, con un peso sustancial de la música contemporánea, genera inseguridades ante la reacción de un público que se recrea constantemente en el gran repertorio romántico como punto de partida. Tampoco se acierta siempre en la búsqueda de fórmulas alternativas que capten nuevos públicos sin espantar al tradicional que, a fin de cuentas, es el que ha demostrado una fidelidad digna de elogio.
En contra de lo que pudiera pensarse la presentación de los conciertos ha evolucionado con el paso del tiempo. Antes su duración era mucho mayor, incluso con dos descansos, mientras que ahora un programa que supere el par de horas ya provoca desbandadas. También han cambiado las infraestructuras de presentación del concierto. La construcción de auditorios ha llevado a utilizar espacios enormes que han ocasionado cambios en la forma de hacer música, especialmente en lo que se refiere al repertorio camerístico pensado para otros ámbitos.
Todo ello ha añadido nuevos retos, a los que se une un cierto rechazo a la creación contemporánea que ya no se sabe tanto si es del público como de los propios músicos o los programadores, con el peligro que esto supone de acartonamiento de la oferta. Además, en España tenemos otro factor tremendamente negativo. La educación general ha arrinconado la música como algo marginal y esto lleva a que, desde determinados ámbitos, se la considere un artículo de lujo, juicio que nadie osaría hacer otras disciplinas artísticas. Es una ignorancia que hace un daño terrible y que, por lo que se observa en los planes de estudio, no invita al optimismo.
Pese a todo lo anteriormente enumerado estoy convencido de que el concierto sinfónico y el camerístico son dos herramientas culturales cargadas de futuro. Para ello sólo hay que luchar por presentar una oferta imaginativa y de calidad. Romper con los tópicos y las fórmulas estandarizadas, reinventar las propuestas en la búsqueda de nuevos formatos como pueden ser ciclos temáticos y recuperando espacios singulares, todo ello con un sello de excelencia y convencimiento por parte de los músicos que logre contagiar al público y sirva de arrastre para nuevos melómanos. Nada se parece a la experiencia de disfrutar y conmoverse con la música en vivo. Es algo único que nace y muere cada convocatoria. Es un poder inmenso que puede y debe ocupar un papel central en la oferta cultural de los años venideros. Nombres como Simon Rattle desde hace años o el más joven Gustavo Dudamel son ejemplos de cómo ensanchar la música desde un trabajo arriesgado sin tener que renunciar por ello, todo lo contrario, a la tradición.