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Del periodismo elegante de Julio Camba al periodismo de guerrilla de Olga Rodríguez

 
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ALFONSO LÓPEZ ALFONSO Hay periodistas de salón y hay periodistas de jungla, hay periodistas elegantes y hay periodistas guerrilleros, hay periodistas que no se manchan el frac y hay periodistas que se ponen el mono de trabajo y hunden los brazos en la tierra hasta más arriba de los codos; los primeros comen en los mejores restaurantes, hablan de las cosas que importan como si no importaran un bledo y se ríen de todo con una mueca distanciada; los segundos hablan de las cosas que importan precisamente por eso, porque importan, se toman la vida muy a pecho y se pasan los días haciendo el funámbulo entre un fuego cruzado, oyendo silbar las balas demasiado cerca.


Julio Camba, uno de los periodistas con más coña que ha dado la literatura española del siglo XX, era de los elegantes. Personalmente puede que no siempre lo fuera, porque de muy jovencito lo agarró una especie de sarampión anarquista y Cansinos Aséns, inagotable propagador de anécdotas verdaderas y apócrifas, nos lo muestra en sus memorias esperando en los restaurantes a que los buenos burgueses se levanten de la mesa -e incluso intimidándolos para que lo hagan- con el fin de poder así comerse los restos del bistec, pero su quehacer literario fue siempre elegante.


La prosa que parece más circunstancial, la que se desparrama en los periódicos, es muchas veces la que mejor resiste el paso del tiempo, la que está por encima de modas e -ismos y se lee hoy casi igual que ayer. Julio Camba es un magnífico ejemplo de esto. A lo largo de su vida hizo tres viajes a Estados Unidos y de ellos sacó dos libros estupendos. En 1916 el diario «ABC» lo envía a Nueva York y de ahí saldrá Un año en el otro mundo. Más de una década después -en 1929 y, de nuevo, en 1930- vuelve a la misma ciudad, comprueba los estragos del Crack y la Depresión y los recoge con desparpajo gandul en otro libro: La ciudad automática.


Desde la primera página, en la que Camba ve perfilarse los rascacielos del bajo Manhattan mientras se acerca el barco, hasta las últimas, donde se habla de las elecciones que gana Woodrow Wilson y de la entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, se lee con fruición Un año en el otro mundo, libro aparentemente despreocupado por el que van pasando casi todos los problemas de fondo de una sociedad tan compleja como la norteamericana: la discriminación racial, ese presumir tan americano -y tan falso- de tener el monopolio de la libertad, la capacidad del capitalismo para absorber y poner a su servicio a los artistas, el infantilismo de un mundo que se ríe de la obesidad de Fatty Arbuckle, las contradicciones del modo de vida yanqui: «Hay quien viene a América en tercera y sale en un magnífico yate. Y hay quien trae una fortuna regular y a poco de haber llegado tiene que saltarse la tapa de los sesos»; la ignorancia y simplificación por parte del americano medio de todo lo que está más allá de sus fronteras, la capacidad de la prensa para manipular a la población, etcétera. Pero todo se deja caer en tono menor, como si el autor de los artículos no quisiera amargar a su público el paseo. Camba no grita lo que ve, se limita a silbarlo alegremente.


Puede que tenga razón Ignacio Carrión cuando en el prólogo a esta reedición de Un año en el otro mundo nos dice que no hace falta hablar de estilo porque en realidad Camba es un escritor tan inteligente, tan estimulante y preciso, tan buen comprendedor de lo cotidiano que en él hay una mirada perfectamente reconocible sin hacer alardes de estilo. Pero en el fondo exactamente eso no deja de ser otra forma de estilo, bien que sin el artificio de los Valle-Inclán, Cela, Umbral o Juan Manuel de Prada, pero estilo al fin y al cabo.


Olga Rodríguez, una joven periodista que ha recorrido numerosos conflictos entre Oriente Próximo y Medio, está en las antípodas de Camba, practica un periodismo de guerrilla. Su interés por lo que sucede en una parte del mundo para comprender el resto, su fuerza, su personalidad y su profesionalidad son capaces de sacar los colores a Estados Unidos y Europa. La situación de Irak, de Palestina o Afganistán se cuenta desde el punto de vista de la gente corriente que trata de llevar una vida normal inmersa en situaciones especiales, gente real, personas que intentan sacar adelante una existencia mínima, gris, como la de la mayoría de nosotros, y que una y otra vez tropiezan con los palos que la terca Historia va poniendo en las ruedas de su vida. Olga Rodríguez cuenta aquí la intrahistoria de los conflictos armados, lo que no nos muestran en las guerras que nos echan por televisión. Yaser Alí, uno de los protagonistas del libro, es el que le recita a Olga el refrán iraquí del título: «El hombre mojado no teme la lluvia», una expresión que a ella le sirve de metáfora y que en realidad quiere decir exactamente lo que dice: cuando uno ya no tiene nada que perder deja de ser complicado enfrentarse a los que le hostigan porque se ha rebasado un límite. «Era difícil digerir que había comenzado la invasión y que los líderes mundiales se vanagloriaban de ello», nos dice Olga Rodríguez a propósito de la toma de Irak por las tropas de Estados Unidos en 2003. Y lo cierto es que cuando recordamos las imágenes del trío de las Azores mientras leemos historias como las de Yaser Alí o Yamila Abbas -que fue torturada en Abu Ghraib-, da bastante vergüenza.


Maruja Torres, en un artículo que le dedicó al libro, decía que Olga Rodríguez cuenta quiénes son las víctimas y quiénes los verdugos, quiénes los inocentes y quiénes los culpables, a partir de lo que ve y de lo que existe, y eso, decía ella, es neutralidad. Yo no sé si la neutralidad existe -aunque es bastante probable que no-, pero desde la arbitrariedad de uno se tiene la impresión de que si existiera no andaría muy lejos de la manera que tiene Olga Rodríguez de decir lo que sucede en Irak, en Afganistán, en Israel, en Palestina, en Siria, Egipto o Líbano, esas historias mínimas que giran al son que les marca una fuerza superior, incontrolable, incontestable, incomprensible y cruel que las aplasta sin asomo de piedad porque «vivimos en un mundo en el que impera el disimulo. Aparentemente estamos regidos por leyes que prohíben invadir un país, explotar sus riquezas, matar a civiles, torturar. Y sin embargo esas acciones prohibidas se suceden a diario sin que sean juzgadas y castigadas».


Entre las manos tiene el lector dos maneras muy distintas de hacer periodismo, dos maneras de entender el mismo oficio. Distintas en el enfoque, pero, cada una a su manera, igual de imprescindibles en cuanto que nos enriquecen al revelarnos una parte de la realidad que no podemos ver por nosotros mismos. Julio Camba, juguetón, trabajaba con el ingenio y era capaz de expandir lo cotidiano; Olga Rodríguez, que dispara al corazón y al cerebro, sencillamente trabaja para hacernos mejor de lo que somos.

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