FÉLIX F. MÉNDEZ
Ojeo el álbum de fotos de la ciencia española. Cabe la sonrisa, porque cuando salimos se nos ve guapos; y el mohín, porque nos retratan siempre con el mismo traje. Sea boda, comunión, bautizo o funeral: Severo Ochoa y Ramón y Cajal, Ramón y Cajal y Severo Ochoa. Nos falta fondo de armario.
A la guerra incruenta que es la ciencia, a la zona de combate donde Alemania, Francia o Reino Unido envían batallones, donde Italia, Rusia o China destinan escuadrones, donde campean Estados Unidos y Japón, allí, a lo caliente, nosotros lanzamos cada medio siglo un paracaidista.
Los de pituitaria más fina estarán apartando la cara ante el olorcillo irritante del silogismo que apenas logro esconder: si hay premio Nobel, hay peso Google, y entonces ondeas tu bandera, y existes, y siembras. Quien se escandalice por tamaña injusticia, que no niego ni afirmo, que tome nota de cuántos compatriotas conocen (sin googlear) qué hizo o hace, quién es o fue Torres Quevedo, o Blas Cabrera, o Rey Pastor, máximas luminarias de la ingeniería, la física y las matemáticas españolas.