JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
¿Cuántos libros se han publicado sobre la época nazi? Parece que nada más se puede añadir y, sin embargo, siempre es posible adoptar un punto de vista distinto para tratar de explicar lo que no tiene explicación ninguna.
Diario de un desesperado debería haberse titulado Diario de un exasperado. No es la desesperación lo que caracteriza las anotaciones de Friedrich Reck -antiguo diputado conservador, popular autor de novelas históricas- escritas entre 1936 y 1944. Su tono es de creciente indignación contra el grupo de canallas que se ha apoderado de Alemania con el entusiasta apoyo de lo que él considera clases inferiores (cita reiteradamente a los maestros de escuela, funcionarios de correos, pequeños burgueses sin categoría social).
Aunque el autor moriría en el campo de concentración de Dachau, unos meses antes del final de la guerra, ni siquiera hay desesperación en las páginas con que concluye el diario. En octubre de 1944 es detenido por primera vez. Poco después es puesto en libertad: «Una antigua superstición prohíbe volver la cabeza a quien sale libre; de lo contrario, regresa. No vuelvo la cabeza cuando mi buen suboficial se lanza con un cepillo tras de mí y limpia mi chaqueta llena de polvo: ¡Procure que todo esto termine pronto! En tu nombre, muchacho, en nombre de nuestro odio común, en nombre de la humanidad atormentada, en nombre del mundo?».
Friedrich Reck pensaba rentabilizar su rechazo del nazismo; ser quizás uno de los hombres fuertes de la nueva situación. No tuvo suerte: en diciembre del 44 volvería a ser detenido y en enero del año siguiente murió en prisión, contagiado de tifus. Pero de esa etapa final ya no queda constancia en el diario, sí de su vengativa alegría al ver que los nazis iban a la vez perdiendo la guerra y el apoyo de la población.
Lo que hoy nos interesa de estas páginas no son las continuas diatribas contra Hitler y los suyos -entonces un rasgo de valor, hoy una obviedad-, sino los detalles concretos, las anécdotas que recrean un mundo desaparecido. Comienza el diario con la necrológica de Spengler, un filósofo de la historia por el que no siente demasiada simpatía. Recuerda una noche en que le invitó a comer -eran las últimas semanas de la Primera Guerra Mundial, no abundaba precisamente la comida- y Spengler, a la vez que predicaba y despotricaba contra la democracia, devoró un ganso entero sin dejar ni un bocado para el resto de los invitados.
Otra noche, mientras estaba cenando en la Osteria Bavaria de Múnich con un amigo, entró Hitler solo y se sentó en la mesa de al lado. Era ya un hombre muy poderoso, pero, observado y criticado por nosotros -recuerda Reck- se sintió «muy incómodo, motivo por el cual adoptó el gesto de un pequeño funcionario que ha entrado en un local inaccesible para él, pero que, una vez que ha tomado asiento, exige a cambio de su buen dinero que le sirvan y le traten igual de bien que a esos distinguidos caballeros de ahí».
La crítica de Reck al nazismo tiene siempre la misma base clasista; le ofenden las barbaridades del nazismo, pero quizá no tanto como que un antiguo cabo haya llegado a canciller. Unos años después, al recordar aquella cena, piensa que podría haber cambiado el curso de la historia: «Yo había venido en coche a la ciudad y, por aquel entonces, en septiembre de 1932, como las carreteras eran ya bastante inseguras, llevaba encima una pistola lista para disparar; en aquel local casi vacío habría podido hacerlo, sin más».
Lo habría hecho, si hubiera intuido el papel que iba a desempeñar «ese puerco» («un Gengis Khan vegetariano, un Alejandro abstemio, un Napoleón sin mujeres, una miniatura de Bismarck»), pero nadie entonces -y faltaban pocos meses para que fuera nombrado canciller- podía siquiera imaginarlo.
Más que las diatribas exasperadas, como ya he dicho, interesan de estas páginas las dispersas anécdotas. Invitado al castillo de Hohenschwangau por el hijo del último rey de Baviera, tras charlar con el anfitrión hasta altas horas de la madrugada, de camino a su habitación se extravía «por los enmarañados pasillos y escaleras de caracol» y no tiene más remedio que sentarse en un escalón y allí, tiritando de frío, esperar a que amanezca y pase algún criado que pueda socorrerle. El príncipe le había hablado del mundo anterior a la Gran Guerra, un mundo de ayer mismo que ya parecía tan remoto como la antigua Cartago; le habló «de las boquillas triples, pensadas para tres puros de importación, que siendo él un joven príncipe vio usar a Bismarck, porque este heroico glotón solo de esta forma, fumándose tres puros a la vez, podía procurarse suficiente humareda?».
Por Berlín circulaba el rumor de que un conocido actor había sorprendido a Goebbels con su esposa y le había dado una paliza, pero Emil Jannings, testigo del hecho, le cuenta la verdad, un poco diferente. Cuando el señor Frölich se disponía a regresar con Jannings de una fiesta encontró en un coche aparcado a su mujer y al señor ministro en actitud excesivamente cariñosa: «Acto seguido, administró un par de bofetadas no al señor Goebbels, sino solo a su esposa, y expresó luego al homme d'état, ocupado en ordenar sus ropas, su gratitud por haber desenmascarado a la cortesana que tenía confiada».
El káiser Guillermo II, a la princesa Friedich Leopold, que acabada de perder a su hijo mayor en acción de guerra, le envió un telegrama de pésame cuyo texto completo era: «Noblesse oblige». Otra vez, en la cubierta de un barco, irritado porque un cabo suelto había estado a punto de sacarle un ojo, abofeteó públicamente al oficial de guardia y este le devolvió el golpe? Tuvo la magnanimidad de perdonar al oficial y permitirle que se suicidara poco después.
En el diario de Friedrich Reck, quizá como en cualquier otro diario, lo que más ha envejecido son las opiniones de su autor, discutibles o previsibles. Si vale la pena leerlo hoy es por los pequeños detalles exactos, por las anécdotas que no pasan a los libros de historia, pero que nos permiten reconstruir una época mejor que ningún libro de historia.