JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
El nombre de Nicolás Gómez Dávila seguramente no dirá nada a la mayoría de los lectores. Su biografía, como señala Franco Volpi en el preciso prólogo, se puede resumir en tres palabras: nació, escribió, murió. Nació y murió en Bogotá, allí vivió también la mayor parte de su larga vida, encerrado en una borgiana biblioteca, pero su infancia y primera juventud las pasó en París. Escribió mucho, pero publicó poco. Prácticamente sólo una inagotable obra maestra de título poco afortunado: Escolios a un texto implícito. Los dos primeros volúmenes aparecieron en 1977, cuando el autor contaba sesenta y cuatro años; los dos siguientes son de 1986, y el último (Sucesivos escolios a un texto explícito) de 1992, dos años antes de su muerte. Todos ellos se reúnen ahora en un volumen de más de 1.400 páginas, quizás el más extenso conjunto de aforismos de un único autor que se haya publicado nunca.
Hay un antes y un después del encuentro con Gómez Dávila. Es como tropezarse de pronto con un Pascal, un Nietzsche o un Cioran del que no teníamos ni siquiera noticia. No se trata de una afirmación hiperbólica ni de difícil demostración. A quien la ponga en duda le basta con acercarse a una librería y abrir el volumen por cualquiera de sus páginas: nunca logrará abrirlo por ninguna que no le ofrezca una felicidad, un deslumbramiento, una fértil semilla.
Pero de vez en cuando, conviene advertirlo, el lector entusiasta (o sea, cualquier lector de Gómez Dávila) tropezará con algún huesecillo duro de roer. Este autor tan fascinantemente inteligente es un católico integrista, enemigo de la modernidad, contrario a la democracia.
No hace falta, sin embargo, ser tan inteligente como Gómez Dávila para darse cuenta de las inconsistencias de su argumentación cuando resulta nublada por la ideología. En Notas, un libro de 1954, que le sirvió como borrador de los Escolios, escribe: «La democracia es el sistema para el cual lo justo y lo injusto, lo racional y lo absurdo, lo humano y lo bestial, se determinan no por la naturaleza de las cosas, sino por un proceso electoral». Si eso fuera la democracia, ¿quién no estaría en contra? Pero en algún momento el propio Gómez Dávila aclara que con la palabra «democracia» se refiere menos a un hecho político que a una «perversión metafísica» (en ocasiones parece que se ha inventado esa perversión para disfrutar combatiéndola).
Como el sol tiene manchas, la inteligencia tiene sus puntos ciegos. Los del escoliasta colombiano son tan evidentes y aparecen tan de tarde en tarde que ni siquiera molestan. Ante quien es capaz de escribir en serio que «el futuro está en poder de la Coca-Cola y la pornografía» sólo cabe una piadosa sonrisa y recordar que también cierta izquierda más o menos antisistema ha considerado alguna vez la dulzona, refrescante y trivial Coca-Cola como uno de los nombres del demonio.
Católico a machamartillo -la expresión es de Menéndez Pelayo-, Gómez Dávila está igualmente en contra de la modernidad cuando afecta a la Iglesia: «El Segundo Concilio Vaticano parece menos una asamblea episcopal que un conciliábulo de manufactureros asustados porque perdieron clientela».
No carecía de conciencia autocrítica un autor de aforismos, y sólo de aforismos, capaz de señalar que «el más sutil disfraz de la estupidez es la brevedad epigramática». Antes había escrito: «El diario, la nota, el apunte, que traicionan a todo gran espíritu que de ellos usa pues, al exigirle poco, no le dejan manifestar ni sus dotes, ni sus raras virtudes, ayudan al contrario, como astutos cómplices, al mediocre que los emplea. Le ayudan porque sugieren una prolongación ideal, una obra ficticia que no los acompaña».
El «texto implícito» al que se refiere el título de su colección de aforismos sería entonces -como señala Franco Volpi- esa «obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada». A los lectores sólo nos cabe felicitarnos porque Gómez Dávila no fuera capaz de escribirla. Pocas obras tan absolutamente modernas, tan contemporáneamente clásicas, como las de este ideólogo de la antimodernidad.
Me he entretenido, según mi costumbre, en señalar las manchas del sol, los puntos ciegos de esta prodigiosa exhibición de rigor y magia, de puesta al día de una tradición milenaria y de vuelta del revés de falsas obviedades. Y es que para detectar las manchas del sol hace falta un cierto esfuerzo, pero para darse cuenta de su luz sólo es necesario no estar ciego.
¿A qué perder el tiempo ponderando los méritos de Gómez Dávila? Basta -ya lo dije- con darse una vuelta por cualquier librería, abrir al azar su libro, leer tres o cuatro de sus aforismos. Seguiremos leyéndonos, seguirán iluminándonos (y a ratos irritándonos) el resto de nuestra vida.