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Descubrimiento de la vida

El milanés Alberto Vigevani, miembro distinguido del neorrealismo, cuenta en «Verano en el lago» el tránsito de la infancia a la adolescencia

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Descubrimiento de la vida
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POR LUIS M. ALONSO Imagínense que el otoño está aún lejos. Piensen por un momento, si no es mucho pedir, en el tiempo en que el niño despierta a una segunda etapa de la vida y se encontrarán con una puerta que conduce a la belleza que se llama adolescencia. Atravesarla ha formado parte de la educación sentimental de las personas y de eso es lo que trata Verano en el lago, una preciosa miniatura literaria de Alberto Vigevani (Milán, 1919-Milán, 1999), que Feltrinelli publicó por primera vez en 1958 y que ha editado en español Minúscula.

Alberto Vigevani milita con todos los honores en la gran literatura italiana del Novecento, pero durante años ha pasado inmerecidamente desapercibido para muchos lectores. Amigo de Italo Calvino, Luigi Einaudi, Alberto Mondadori, Carlo Emilio Gadda y Eugenio Montale, entre otros autores e intelectuales de primera línea, pertenece a ese selecto club que permite establecer un contraste aún mayor entre la Italia que apenas ya existe y el país irreconocible que empieza a ser llamado Berlusconistán.

A Vigevani no sólo hay que agradecerle obras como Verano en el lago, Fine delle domeniche (1973) o Il grembiule rosso (1975), sino también una vida dedicada a la divulgación de la cultura desde su editorial Il Polifilo, nombre que tomó de la librería de antiguo que él mismo abrió en Milán. Judío, perseguido por el odio racial propagado durante la etapa más dura del fascismo se vio obligado a exiliarse durante dos años en Suiza, donde dirigió el suplemento cultural del diario socialista de Lugano, «Libera Stampa», y colaboró con «Avanti!», en cuyas páginas publicó una crónica extensa sobre la liberación de la ciudad donde nació y pasó la práctica totalidad de su vida convirtiéndose en el escritor que mejor la supo narrar.

Hablar de Vigevani es hacerlo del neorrealismo, que en los años de la posguerra dominó el panorama artístico de Italia. La literatura neorrealista es un saco sin fondo de escritores de alto nivel, comprometidos con la problemática política y cultural, inmersos en un inacabable debate sobre las tendencias del arte y empeñados en contribuir a la renovación de la narrativa. Y junto a ellos aparecen, además, hombres cultos, con gusto, que escriben bien para un público también culto y que no están dispuestos a someterse a las modas. Entre los últimos figuran Soldati o Vasco Pratolini. Vigevani, sin ser exactamente uno de ellos, compaginaba la divulgación editorial y el debate con una literatura bañada de melancolía, de sencillas y bellas descripciones del paisaje y de los sentimientos.

Giacomo, el personaje central de Verano en el lago, es un adolescente milanés que cumple catorce años con los sentidos puestos en «un mundo festivo lleno de luces violentas», como las que, según el relato, revive en la escuela, durante las tardes envueltas en niebla con el tintineo de los tranvías de fondo, o leyendo novelas de Salgari o Alejandro Dumas. ¿Les suena? El verano está ahí a la vuelta de la esquina y la familia ha decidido pasarlo en la localidad lombarda de Menaggio, en el lago de Como. Al contrario de lo que ocurre con Italia frente a Berlusconistán, Menaggio, rodeado de montañas, con su puerto de abrigo, la plaza de Garibaldi, el Hotel del Lago y el Victoria, sigue siendo el de siempre: probablemente con más «motorini» pero con las mismas bicicletas. He llegado a esa conclusión fundiendo mis recuerdos del lugar que conocí hace ya unos años y el que Vigevani describe en las páginas de su novela. La vida transcurre lentamente en el Lago, nada que ver con la carrera de sensaciones que percibe Giacomo en su adiós a la pubertad. «Los primeros días de vacaciones se sucedieron velozmente, como una fiebre que enciende las mejillas y desaparece dejando un cansancio, una sensación de somnolencia, y deseos de nuevo cansancio y de sueño».

La narración de Vigevani, llena de hermosas palabras, descripciones sobre cosas cotidianas, jamás rompe ese ritmo lento de iniciación del protagonista. Lo acompaña sin estruendo, siguiendo el pulso de sus cavilaciones acerca de todo lo que se presenta externa e internamente. El sexo, la amistad, la curiosidad que despiertan los mayores, las excursiones en bicicleta, la madre del amigo, la belleza idealizada y las horas de estudio a continuación de la cena. «Ahora estudiaba después de cenar; las plantas absorbían el calor, en la oscuridad se levantaba el viento de costumbre. La casa parecía un velero que hubiera soltado las amarras tras un largo día de espera. Fragmentos de música bailable, estrofas de insulsas canciones llegaban mitigados de un mundo que no era aún el suyo, pero del que no quería sufrir humillaciones. Se ruborizaba al pensar en las noches que habían pasado espiando con Mario los bailes desde las verjas, llamando por su nombre a las chicas, que volvían la espalda fingiendo no conocerlos».

Lo que le ocurre a Giacomo en el último verano de su infancia es la experiencia de cualquiera de nosotros a esa edad en unos años cualquiera, en la playa, en el lago o junto al río: un recodo de la vida de complicada navegación porque es precisamente en ese momento cuando queremos dar alcance a los barcos que surcan a nuestro lado sin darnos cuenta de las distintas velocidades de crucero. Todos hemos sentido alguna vez el pálpito de lo que está por llegar mientras suena el canto de los grillos, en espera de que el cielo anuncie las primeras lluvias de septiembre.

Si desean emplear el tiempo en algo precioso, lean el descubrimiento de la adolescencia, por Alberto Vigevani. Y vuelvan sobre el autor; merece la pena.

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