RUBÉN SUÁREZ
Como tuvimos ocasión de señalar con motivo de su última exposición en esta misma galería y a la vista de sus últimas pinturas de entonces, Edgar Plans viene a confirmar ahora una muy positiva evolución artística que ha pasado por la profundización en la propia obra y el abandono de las urgencias del gesto en beneficio de un mejor aprovechamiento de los medios plásticos y en definitiva de una madurez superadora de unas primeras etapas de contador instintivo de graffitis más o menos grotescos, o exóticos, con variaciones en torno a una linealidad distorsionadamente manierista con tendencia a lo ilustrativo e influencias de artistas como Basquiat o Pelayo Ortega que el artista no sólo admitía sino que reivindicaba sin complejos, sabedor de que eso no invalidaba su propia y genuina invención y un lenguaje propio de signos y símbolos.
«Partió del graffiti -escribía entonces- para crear una forma diferenciada de expresión mediante un estilo lineal de iconografías muy características y un buscado y eficaz ingenuismo que resulta de indudable atractivo en el color y los ritmos gráficos. Así las cosas y dado que su trabajo responde sobre todo a motivaciones plásticas, parece llegado el momento en el que Edgar Plans se plantee una evolución en su manera para evitar lo que pudiera suponer la reiteración en la obviedad de un estilo tan característico. No le será difícil reinventarse en cierto modo para descubrir nuevas posibilidades perceptivas, dejando abierto y disponible su repertorio de formas y signos para nuevos cometidos pictóricos y la reorganización compositiva».
Pues bien, esos nuevos cometidos pictóricos toman cuerpo ahora en distintos aspectos de la obra de Edgar Plans, y entre ellas la mejor asimilación de influencias, pero quizá sobre todo en la utilización del color como base de su nueva arquitectura pictórica. El color como medio de crear espacio más allá de la linealidad de las formas y como aprovechamiento de sus propiedades estructurales para el ordenamiento de la construcción. En ocasiones en densas texturas cromáticas en áreas extensas de luminosidad coagulada, o bien como manchas ocasionales, el color y la materia articulan con su peso plástico los motivos formales y actúan como tabla de resonancia de los mismos. Eso contribuye a la creación de una obra más cuajada, de mayor entidad y equilibrio, que obedece menos al azar que a un tratamiento pictórico calculado y riguroso sin que por ello pierda su pintura la frescura y la espontaneidad que pertenecen a su naturaleza. Conviven en ella la imaginación y la construcción, el juego y la elaboración ornamental, la inmediatez expresiva y una presunta ingenuidad infantil que pertenecen sin embargo a la sofisticación estética, como bien sabía Paul Klee, a quien quizá aspire Edgar Plans a parecerse ahora antes que a Cy Twombly, su caligrafía nerviosa, por más que los barcos de su flota puedan evocar con obviedad la reciente serie Lepanto del americano, como se ha señalado y puede haberle influido. Edgar Plans es más pintor cuando lleva sus naves a proteger el espacio del cuadro y a navegar en mares de materia y color y cuando sus chimeneas se asientan, y deberían hacerlo más, en bien cultivados campos de pintura. En definitiva, es más pintor.