El Eduardo Mendoza intermedio

El autor catalán agrupa narraciones de épocas distintas en Tres vidas de santos, una obra en la que mezcla su vertiente más seria con su tendencia más disparatada

 
El Eduardo Mendoza intermedio
El Eduardo Mendoza intermedio  

FRANCISCO GARCÍA PÉREZ Soy forofo militante de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), de modo que como opiniones de un forofo deben tomarse estas líneas sobre su último libro, una colección de tres relatos, escritos en diferentes épocas, desarrollados también en tiempos distintos, y con un título engañoso, urdido sin duda por la astuta editorial para ganarse y frustrar a un público devoto de sacristías, amante de hagiografías y feligrés de misa diaria. No son, me apresuro a desvelarlo para servir al lector y anular así las arteras intenciones del sello barcelonés, tres narraciones sobre san Fulano o santa Mengana, sino tres historias que en los 50 y 60 del siglo pasado se llamarían «vidas ejemplares», vidas de las que podía tomarse una enseñanza que iba a conducirnos a nosotros, adolescentes que las frecuentábamos como lectura obligatoria, si no al martirio abnegado, sí al menos a una santidad civil muy satisfactoria.


Como la comodidad académica distingue dos Mendozas, uno serio y trascendente, cómico el otro, acuño la categoría «Mendoza intermedio» para englobar obras como estas Tres vidas de santos o, por ejemplo, Una comedia ligera (de 1996). Es decir, no es el Mendoza que se dio a conocer con La verdad sobre el caso Savolta (1975), novela también de lectura obligada para tantos y tantos alumnos bachilleres, o el Mendoza de La ciudad de los prodigios (1986). Tampoco el de esas historias descacharrantes, tan del género picaresco, por las que es conocido en muchos países que ignoran que exista otro Mendoza, como El misterio de la cripta embrujada (1978) y Sin noticias de Gurb (1990), que también siguen imponiendo como lecturas obligatorias los profesores vagos que ignoran cómo el tiempo corroe las obras muy contextualizadas, o la fenomenal La aventura del tocador de señoras (2001), uno de los mejores antidepresivos que conozco.


Los tres relatos que nos ocupan tienen parte de los dos Mendoza. El primero de ellos, «La ballena», el más largo, el que más me gusta, cuenta en apariencia una historia tan reconstruible como las del Mendoza serio -con la burguesía de Barcelona como protagonista, con los avatares de una familia tan acomodada como diversa desde el Congreso Eucarístico de 1952 hasta casi hoy- pero con una bomba del otro Mendoza dentro: el protagonista que mantiene el hilo de la narración es el obispo Fulgencio Putucás (otro de los «nombres» de la cosecha que siempre nos deja el escritor), quien llega al Congreso desde su diócesis perdida en el quinto infierno mexicano o de por ahí, es alojado y venerado por la familia del narrador, hasta que un golpe de Estado en su país acaba por dejarlo indefenso y apátrida, convertido en huésped incómodo, abandonado más tarde, reducido a traficante de hachís al por menor, borracho y ladrón, y absorto ante una ballena que se exhibe en el puerto barcelonés y en cuyos ojos cree adivinar el sentido de la vida. Es decir, leemos una historia «normal» (el paso del tiempo trabajando una historia familiar), pero cerramos el libro de vez en cuando para soltar todo el trapo de la carcajada (véase el discurso que le suelta un enardecido Putucás al diácono que acude a afearle su actitud estrafalaria en un bar de muy mala muerte) ante la subhistoria del obispo lelo y pendenciero en El Raval. El «es posible, es verosímil» que tenemos en la cabeza mientras nos cuenta el narrador el alcoholismo de su padre o desmenuza la personalidad del tío Víctor salta por los aires y se convierte en «no puede ser, no puede ser» cuando nos topamos el «Ándele» con el que su Ilustrísima anima a comenzar el sacramento de la confesión a una dama o con la perplejidad de monseñor ante las películas de aventuras, a cuyos protagonistas reprende o aconseja en voz alta en el cine.


También ese Mendoza intermedio asoma en «El final de Dubslav», la segunda de las narraciones. Aparece, por una parte, el «ejemplar» y doble viaje del protagonista (también al quinto pino del Chad, en busca de la nada; luego, a una escena de vodevil durante una entrega de premios), pero quedan en la retina lectora las escenas costumbristas y pasmosas africanas o los sobresaltos de Dubslav, perdido en el desierto, a bordo de un camión del antiguo refresco «Mirinda» y encontrándose con el diablo en el tópico cruce de caminos. El disparate asoma en la conversión del preso Antolín Cabrales (otro «nombre») de cuasi analfabeto interno por múltiples crímenes a escritor de gran éxito, gracias a la dedicación que, tantas veces a su pesar, le dedica la profesora de literatura Inés Fornillos (y van tres «nombres»): es ése el andamiaje de «El malentendido», el relato final. Sin embargo, cualquier lector interesado puede seguir el hilo «serio» de la narración si la toma por un ejercicio de crítica literaria del propio Eduardo Mendoza, con sus consideraciones, por citar, tan fuera de moda sobre Cortázar.


Para un forofazo del autor como confieso que soy, no es Tres vidas de santos un libro como para dejarlo todo y correr hacia él cantando gol. «La ballena» es una gran jugada, llena de malicia; «El final de Dubslav» tiene toque y profundidad; «El malentendido» es juego de contención. Pero, no lo puedo evitar, la pasión por el Mendoza intermedio también me ciega.

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