Ismail Kadaré. Premio «Príncipe de Asturias»
LUIS MUÑIZ
Ismail Kadaré (Gjirokastra, Albania, 1936) recibirá mañana el premio «Príncipe de Asturias» de las Letras. El escritor albanés, uno de los grandes novelistas europeos de los últimos cuarenta años, vive a caballo entre Tirana y París, donde pasa los inviernos desde 1990. En su piso del boulevard Saint-Michel, Kadaré trabaja cinco horas de reloj todos los días. El pasado domingo, sin embargo, descansó (tenía una comida familiar) y accedió a conversar con LA NUEVA ESPAÑA sobre su obra, su concepción de la literatura, su vida y su trabajo en los años de la dictadura de Enver Hoxha, sobre la cuestión kosovar y el ingreso de Albania en la UE. Derrochando humor y lucidez a partes iguales, Kadaré no escatimó anécdotas e hizo gala de su bien merecida fama de fabulador.
-Usted es el escritor albanés más conocido fuera de su país. ¿Siente que el premio «Príncipe de Asturias» es también un premio a Albania, aislada del resto de Europa durante décadas?
-Eso es cosa de los que otorgaron el premio. Si le han concedido la distinción a Kadaré o a Albania es una cuestión que ignoro. Es un secreto. En ocasiones, los premios se dan a un autor y no a un país, incluso a veces se dan en contra de un país; pero también es verdad que otras veces se otorgan a los dos, al autor y al país. Depende del jurado.
-Pero, esta vez, da la impresión de que el objetivo es premiar a un país, compensarlo por sus muchos años de aislamiento, a través de su escritor más internacional.
-Es cierto que a través de la literatura se crea una relación entre ambas cosas, entre el escritor y el país, pero, ¿por qué cree que ha sido así en este caso?
-Porque Ismaíl Kadaré es el escritor albanés más leído.
-Pero, si fuera a Albania a la que se otorgara el premio, la decisión podría haberse tomado antes o después. ¿Por qué ahora? Los países del resto de Europa siempre han tratado a Albania con indiferencia, eso es casi una tradición.
-¿Entonces no cree que su peso literario le confiere la condición de gran escritor nacional, como Yeats en Irlanda o Borges en Argentina?
-No sé qué es eso de escritor nacional. Se ha especulado mucho con ese concepto. A algunos les molesta y a otros no. Pero ¿qué es? Acláremelo.
-En su caso, alguien cuya producción literaria permite a un lector no albanés acceder a la historia de Albania, tener una visión de ella.
-Yo no creo que la misión de la literatura sea esa. Puede cumplir ese papel indirectamente, pero su objetivo no es proporcionar al lector un poco de geografía, un poco de historia, unas cuantas curiosidades... No es ése el fin de la literatura, para eso están la política y los escándalos: son esas cosas las que dan a conocer un país, pero no la literatura.
-Habla de política. ¿Es cierto que le propusieron ser presidente de Albania?
-Es verdad.
-¿Cuándo?
-La primera vez fue hace diecisiete o dieciocho años; la última, hace dos o tres. Tres veces en total.
-¿Por qué no aceptó?
-No se necesita una explicación, los políticos están en otro mundo y para mí sería muy difícil adaptarme a él.
-Y, perdone que insista, ¿esa proposición que le hicieron tres veces no prueba que Kadaré es muy importante para Albania, que la representa?
-Sí, por supuesto, pero tampoco es tan raro. En los países balcánicos es casi una tradición que empezó con la invasión otomana. Los escritores, allí, siempre han sido más que escritores. Escribían en idiomas prohibidos. Por eso en los países balcánicos el idioma es más que un idioma, tiene un estatuto superior, es algo sagrado, porque las lenguas autóctonas fueron martirizadas, prohibidas.
-¿Piensa que le perjudica haber escrito y publicado bajo la dictadura de Enver Hoxha?
-En su profundidad, la literatura es indiferente al régimen político, porque, si no, cae con el régimen, se pierde con él. Precisamente este premio lo he obtenido por los libros que escribí en aquella época. Sin embargo, no creo que la Fundación Príncipe de Asturias tenga ningún aprecio por el comunismo (risas).
-No, ninguno, pero lo que le pregunto es si ese perjuicio a su persona o a su literatura procede del exterior. Esa condición, la de haber escrito bajo el régimen de Hoxha, ¿es la que impide que le den el Nobel, pese a figurar cada año entre los favoritos?
-Cuando uno es escritor en un país totalitario, hay dos visiones desde el exterior. O bien te consideran un héroe porque escribes en condiciones muy difíciles, o bien te consideran culpable por haber escrito y vivido bajo ese régimen sin que te mataran ni condenaran. A veces lo uno y a veces lo otro.
-Y eso es algo que le ha ocurrido, ¿no?
-Sí, sí, desde luego. Es una cuestión que ha sido mal entendida por ambas partes, porque la literatura es literatura. Tiene sus propias leyes y hay que juzgarla según esas leyes. No hay que exagerar ni desde un lado ni desde el otro. Criticar a escritores que viven y publican bajo regímenes totalitarios es muy fácil, es una especie de deporte, es como estar en el teatro, como...
-Mirar los toros desde la barrera.
-Sí, exactamente. Una vez hice una comparación al respecto. Los escritores en los países totalitarios son como los gladiadores que luchan con las fieras, pero no como héroes, sino como hombres condenados a luchar con leones y tigres. Y, encima, la gente que está en la tribuna, el público, hace observaciones: «Este gladiador hizo trampa con el tigre, no fue muy honesto con el tigre». Esas personas tienen compasión del tigre, del león, de las fieras, pero no del hombre.
-A veces presenta la crueldad del régimen de Hoxha como algo delirante; por ejemplo, en «Spiritus». Como si la persecución del individuo por el estado totalitario fuera, además de una tortura, un fenómeno paranormal.
-Sí, bueno, son las cosas del escritor y su libertad para escribir (risas). Estoy muy orgulloso de Spiritus, porque el relato del que luego salió la novela lo escribí durante el régimen comunista. Lo publiqué, pero cambiando Albania por China, como parte de El Concierto. Y, luego, en los años noventa, escribí «Spiritus», ya ambientada en Albania. Ese relato, inserto en «El Concierto» y que después me da pie para «Spiritus», es un suceso real. Abrieron una tumba para extraer un micrófono de un cadáver y el aparato seguía funcionando bajo la tierra.
-¿Y qué querían comprobar, que los muertos seguían conspirando contra el régimen?
-No, no, era alguien que había fallecido en un accidente de tráfico. Había quedado totalmente desfigurado y lo enterraron apresuradamente, sin esperar a sacarle el micrófono. Después se les ocurrió exhumar el cuerpo para registrar sus ropas y sus documentos y hallar el micrófono.
-Pero eso, ¿en la realidad o en la ficción de su novela?
-Sí, sí, en la realidad, ocurrió de verdad, no fue un fenómeno paranormal, era algo que se contaba en voz baja.
-En su última obra publicada en España, «El accidente», vuelve a usar un esquema de intriga policial. ¿Por qué le gusta tanto? ¿Es un mecanismo narrativo u otra huella de los años de Sigurimi?
-El mecanismo policial es inherente a la naturaleza de la literatura. Un obra maestra universal como Edipo, rey es una intriga policial. La mitad de Dostoievski es policial. Muchas de las obras maestras de la literatura mundial tienen ese mismo esquema. Yo lo he utilizado a menudo, en particular en una novela titulada ¿Quién trajo a Doruntina? Así que no, nuevamente se trata de literatura, no es una huella de aquellos años.
-Su trabajo, además, tiene casi siempre un sustrato político. ¿Es esa suma de lo político y lo policial lo que le lleva a elegir las armas del realismo y no las de la vanguardia, como el monólogo interior?
-No creo que el monólogo interior sea muy vanguardista.
-Sí, ya sé que Edouard Dujardin lo utilizó en el siglo XIX...
-No hay vanguardia, todas esas extravagancias... La gran literatura ya nació moderna. Dante es moderno, Homero es moderno...
-Ha publicado narrativa, ensayo, teatro y también poesía, con la que se inició como escritor. ¿Ya no la cultiva, la poesía?
-Sí, sí, empecé como poeta y sigo escribiendo poesía.
-Pero no es conocido como poeta.
-Tanto peor (risas).
-¿Es buen poeta?
-Un poeta serio.
-¿Qué poetas le gustan?
-Todo Dante...
-¿Eliot?
-Me gusta, aunque es un poco cerebral. Tengo un gusto normal, no extravagante, y no voy a hacer como que conozco cosas que usted no conoce para hacerme el interesante.
-En cualquier caso, sus novelas tienen una médula casi más poética que narrativa y parece que mucho de lo que cuentan tiene su origen en la poesía tradicional, en las leyendas y cantos del pueblo.
-Se dice lo mismo de todos los escritores de los Balcanes. Es una tierra muy épica, muy poética y con una tradición milenaria que no se puede pasar por alto.
-¿Y tiene presente ese material a la hora de empezar una nueva novela?
-Sí, me he nutrido de las baladas medievales, que son muy hermosas.
-¿Baladas albanesas?
-No, de los Balcanes; los países balcánicos tienen un tesoro común. Por ejemplo, mi novela El puente de los tres arcos está basada en una balada medieval. Veinte escritores de los Balcanes de distintos países han usado la misma balada para otras tantas obras.
-¿Qué papel juega el «Kanum», el código de los habitantes de las montañas del norte de Albania, que ha recogido, por ejemplo, en «Abril quebrado»?
-Jugó un papel importante en el pasado, era una suerte de justicia alternativa. No conocía los motivos políticos y proponía un cálculo muy cínico, muy duro, pero justo: se paga por lo que se hace. Si disparas a alguien y le hieres, tienes una deuda, debes media muerte. Cuando Albania era un reino, antes del comunismo, hubo un atentado contra el rey. El autor fue detenido e hizo dos declaraciones contradictorias: dijo que quería matar al tirano y también que quería vengar a su tío. Según la justicia del Estado, debía ser condenado a muerte; según el «Kanum», tenía derecho a disparar al rey, pero debía media muerte. Y el monarca también tenía ahora derecho a herir a quien había intentado asesinarle. ¿Qué hizo el rey? Para él, lo más interesante era elegir la opción que le ofrecía el «Kanum», para que no lo tacharan de tirano, y entonces declaró que era una disputa privada y el autor del atentado fue liberado. Éste esperó durante años a que un hombre del rey le hiriera. Eso no ocurrió, pero, cuando llegó el comunismo, fue fusilado. Le mataron aquellos para los que debería haber sido un héroe.
-En su obra hay muchas exhumaciones de cadáveres y, hasta cierto punto, se puede decir que en ella los muertos de manifiestan.
-Los dos mundos están muy próximos en la tradición balcánica desde la antigüedad.
-Esa cultura de la muerte es o era, también, muy española, y en un ensayo sobre Esquilo usted establece una comparación en este sentido entre los pueblos balcánicos y los ibéricos.
-Sí, y en él propongo una nueva teoría sobre el nacimiento del teatro. El origen no está en el teatro dionisiaco, sino en las ceremonias mortuorias. Esta idea se me ocurrió porque, tradicionalmente, a los familiares de los muertos no les gustaba oírse y verse llorar y contrataban a «lloronas».
-Plañideras.
-Exactamente. Les pagaban por llorar, eran profesionales del llanto y fueron las primeras actrices del mundo. En el griego antiguo, «hipócrita» significa actor, alguien que actúa, que llora sin sentir pena, que simula el dolor. Esta palabra, probablemente, se empleó por primera vez alrededor de una tumba. Las plañideras atraían a la gente a los entierros, conseguían que hubiera público. Así comenzó el teatro.
-El Gobierno español se niega a reconocer la independencia de Kosovo porque piensa que, si lo hace, alentaría las ansias de independencia del País Vasco y Cataluña? ¿Entiende su postura?
-Es un error: el asunto de Kosovo y el del País Vasco no son comparables. Me cuesta imaginar que en España haya habido una campaña de terror contra el País Vasco como la que ha habido contra Kosovo, una campaña de exclusiones, torturas, masacres. Entre los serbios y los albaneses de Kosovo hay una historia sangrienta, terrible, que es la vergüenza de Europa. No se puede comparar, no tiene nada que ver.
-Entonces no entiende en absoluto al Gobierno español, ¿no?
-La comparación en sí misma es absurda y la postura que surge de ella, también. España se insulta a sí misma con esa comparación. ¿Cómo puede ocurrírsele siquiera hacerla?
-¿Está a favor de la integración de Albania en la Unión Europea?
-Sí, por completo, somos europeos.
-Ya lo sé, pero, fíjese, la República Checa, por ejemplo, tiene un presidente que está en contra de la UE.
-¿Klaus está en contra de la UE?
-Lo está.
-Pues un partido albanés que sea contrario al ingreso en la Unión Europea está condenado a desaparecer. La de Albania por Europa es una nostalgia secular, una nostalgia de pertenencia a su continente, del que fue arrancada de la manera más dolorosa. No fueron sólo los otomanos; los comunistas albaneses, Hoxha, odiaban Europa, y entonces era del todo ilusorio desear pertenecer a ella.
-¿Conoció a Hoxha, estuvo alguna vez con él?
-Una sola, durante un par de horas. Me habló de Francia, de la nostalgia de la cultura francesa. Era un comediante, una plañidera (risas).
El pacto con el editor y la enfermedad del Guía
-«El palacio de los sueños», una alegoría del poder totalitario, es una de sus novelas más famosas. La publicó en 1981. ¿Cómo se las arregló para hacerlo?
-Fue un año muy negro. Mi editor, que era también mi amigo, comprendió enseguida el alcance de lo que había escrito y me dijo que era muy peligroso, que no debíamos publicarla. No obstante, yo insistí y llegamos a un acuerdo. Quedamos en que cuando él fuera llamado a declarar diría: «Ismaíl Kadaré me presionó, su personalidad me ha impresionado y no he podido resistirme. Sí, noté que había algo raro, algo malo, en la novela, pero Kadaré es muy arrogante, muy soberbio». En aquellos años, en Albania, cuando una culpa era compartida, siempre pagaba más cara la ofensa el que era más importante, así que acordamos que él me responsabilizaría a mí. Dos semanas después de su publicación, la novela fue prohibida y mi amigo el editor se reconoció culpable, pero en su defensa argumentó que yo le había presionado.
-Así que el editor tuvo que declarar.
-Sí, claro, si no lo hacía iba a la cárcel.
-¿Y no le pasó nada?
-No, él dijo que todo había sido culpa mía, y mandarme a mí a prisión hubiera supuesto un escándalo internacional; de hecho, toda la prensa europea habló de la prohibición de la novela. Por eso pude mantener mi postura. En cambio, el editor podía ir a la cárcel si decía que la decisión había partido de él. Pero estábamos de acuerdo, estaba todo previsto, él fue honesto e hizo lo que habíamos pactado. Y aunque no quería que la obra se publicara, nada más salir se vendieron 20.000 ejemplares. Claro, en cuanto los albaneses supieron que la novela había sido prohibida, quisieron hacerse con un ejemplar para saber por qué el régimen había decidido retirarla de la circulación. Un libro prohibido juega un papel colosal en una dictadura, sobre todo si ha circulado antes de su prohibición.
-¿Y por qué no se prohibió de inmediato, el primer día?
-Por un motivo increíble: Hoxha, el Guía, estaba enfermo. Los burócratas se decían: «¿Pero cómo es posible que el gran jefe no diga nada, cuando Kadaré es tan famoso?». Entonces vacilaron y esperaron un día, dos, tres, cuatro? Y pasaron tres semanas. Nadie sabía que estaba enfermo, era un gran secreto. Después, cuando ya se encontraba algo mejor, su mujer, suavemente, fue a decirle: «Hay un problema con una novela de Kadaré, ¿qué hacemos?». «¿Dime, qué pasa», preguntó él. Ella le explicó muy por encima lo que ocurría y Hoxha dijo: «Hay que prohibirla». Era una situación grotesca, todos tenían miedo de todos.
-¿Pero había o no había censura?
-Sí, sí, había una censura terrible, pero no un organismo censor como en la Unión Soviética, uno que pusiera el sello de prohibido o autorizado. Albania es un país pequeño, Hoxha lo controlaba todo y pensaba que no necesitaba tener un organismo encargado de la censura. Oficialmente la censura no existía.
-Era un osado si se creía capaz de controlarlo todo.
-De verdad lo hacía, cosas así ocurrían muy de cuando en cuando. Los tipógrafos, por ejemplo, tenían derecho a denunciar las frases, los párrafos que encontraran sospechosos.