FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
No por el hecho de que usted, lector, no haya visto jamás un cisne negro debe deducirse que los cisnes negros no existen. Claro que existen, al menos así llama Nassim Nicholas Taleb a aquellos fenómenos que cumplen tres características: son inesperados, de gran impacto y explicación retroactiva. Ni te imaginas que te puedan sobrevenir, te hacen polvo y, lo peor de todo, cuando analizas tu derrumbada situación te das cuenta de que has manejado mal los datos con que contabas antes de la catástrofe: te has fiado de tu traidora memoria, pasaste por alto la improbabilidad, lo aleatorio, sumaste cuando había que restar... estás ante un cisne negro. No puede ser que me hayan echado del trabajo, que me haya estrellado con el coche, que mi mujer se haya ido con su «coach» de crecimiento personal y que naufrague el crucero para solteros al que me apunté para olvidarla. Pues sí, puede ser y, además, es posible. Léalo en El cisne negro, muy bien subtitulado como «El impacto de lo altamente improbable» (en Paidós), libro para psicólogos, matemáticos (ay, el cálculo de probabilidades) y, por su tono confianzudo, de charla científica con el lector, apto para todos los públicos... aunque con un poquitín de esfuerzo. Si no puede con él, lea primero las definiciones científicas del final: le harán la luz.
Luz en el agujero carcelario es la que arrojan Begoña Longoria y Faustino Zapico, los impulsores y mantenedores de la UTE (unidad terapéutica y educativa) de la prisión de Villabona. Lo cuenta la periodista Idoya Ronzón en La libertad está dentro (Plataforma Editorial) escogiendo diez historias, llenas de cisnes negros, de otros tantos reclusos y reclusas. La utopía primordial de que otro código podía ser posible entre los presos y no el habitual de la selva, de que partiendo de los «no drogas» y «no violencia» se podía construir un espacio de convivencia razonable, productivo y esperanzador en el trullo, es hoy la realidad de las UTE 1 y 2 (cada vez ganando más espacio intramuros). Al alcance de cualquiera que cumpla sus normas, estrictas, no de saldo, muy estrictas, pero que acabarán por dar un sentido a las vidas de quienes buscan otra oportunidad, un sentido del que carecen el almacenamiento de carne humana y la abyección de la cárcel tradicional. El libro nos cuenta las historias de un puñado de internos: no fueron angelitos, acojona lo que hicieron, pero qué ganas de salir con dignidad del hoyo. ¿Por qué libros como el de Idoya no se ponen como lectura obligatoria en Educación para la Ciudadanía?
Tras tanto cisne negro, me voy a la placidez angelical de Álex Rovira y su La buena crisis (Aguilar). Qué libros de autoayuda escribe la gente, qué guapo puede ser todo, qué campanitas celestiales, qué historias ejemplares (la de las zanahorias, los huevos y los granos de café en agua hirviendo; la de los monos agresores), qué guapo todo, la felicidad al alcance de cualquier lector (léase el alfabeto emocional de la página 187). Y, por el mismo precio, con frases para enmarcar: «He fallado más de nueve mil tiros en mi carrera. He perdido casi trescientos partidos. En veintiséis ocasiones he tenido la responsabilidad de lanzar el tiro que decidía entre ganar y perder... y fallé. He fallado una y otra vez en mi vida y eso es exactamente lo que ha fundamentado mi éxito», dice Michael Jordan. O la del gran cínico Cioran: «Todos somos unos farsantes: sobrevivimos a nuestros problemas». Me duermo arrullado por cisnes blanquérrimos.