RUBÉN SUÁREZ
La bien conocida trayectoria artística de Núñez Arias -conocida y reconocida por la crítica y por la abundancia de premios regionales y nacionales que la han acompañado a lo largo del tiempo- se ha venido cimentando en la construcción de un característico orden pictórico visual y táctil que podríamos definir como «expresionismo tectónico», una ensimismada fijación en el tratamiento de las posibilidades formales de la materia, elaborada paciente y sabiamente en calidades, texturas, resquebrajaduras, luces y opacidades, veladuras, accidentes plásticos... que venían a representar morfologías geológicas, rocosos espacios pictóricos que podían entenderse como abstracciones pero también como «realismo de campo restringido» o de fragmento, lo que Guillermo Solana definió como «paisaje pálido y lapidario», aunque más a menudo fuera ocre que pálido.
¿Paisaje? Cierto que aquellas pinturas «silúricas» lo eran de alguna manera, en función de lo ya dicho, y que luego en la etapa inmediatamente anterior a esta exposición, cuando Núñez comenzó a sentir mayor necesidad de significados o referencias objetivas, lo fueron más, en la etapa que llamó «Evanescencias» con más perceptibles alusiones a la naturaleza e insinuados cielos, montañas u horizontes, dentro de una pintura que pudiendo llamarse abstracta siempre tuvo una concepción vivencial del paisaje. Sin embargo, en un proceso de evolución ejemplar, en una transición admirablemente armoniosa, es ahora cuando Núñez Arias, sin perder las señas de identidad de su manera, acepta en su lenguaje de abstracción una más evidente presencia del motivo al hacer del tratamiento de la materia no ya un fin en sí mismo sino también un medio de expresión de la naturaleza.
Y así llega a crear estas nuevas pinturas de ahora en las que lo que fuera fragmento de paisaje se expande, fluye y vibra, se hace más dúctil y más lírico y, sobre todo, se estremece con el aliento de un impulso decididamente romántico para hacerse ya paisaje específico, nacido para expresar el sentimiento producido por la visión del mar en los amaneceres de su costa cantábrica occidental asturiana, que encuentra eco en las vivencias visuales y emocionales del espectador.
Quien era un abstracto con recuerdos se convierte en un paisajista de condición romántica, sin que eso altere sustancialmente su personalidad plástica, al lograr que sus superficies enriquecida pictóricamente adquieran mayor significación de lo que representan, demostrando cómo la forma puede conducir al contenido y expresarlo con eficacia, punto de encuentro entre abstracción y figuración que soluciona muchos de los conflictos y forzadas contradicciones de la pintura contemporánea. Intensifica el lirismo y la forma se suaviza cediendo la dureza informalista para buscar la sugerencia figurativa más en los efectos atmosféricos y en la unificación de la superficie pictórica por la luz y el color que en la definición por los contornos del dibujo y crea una armonía cromática que nace en las tonalidades de una paleta restringida que, aún con puntuales y sutiles anotaciones de verdes o rosas, tiene su fundamento en grises azulados como medio de conseguir la claridad formal en unas seductoras pinturas que responden plenamente al título de la exposición: «Luz en el agua».