LUIS M. ALONSO
La torre elevada, de Lawrence Wright, ofrece respuestas a las preguntas que se hizo Estados Unidos y gran parte del resto del mundo en aquella fecha siniestra de 2001: ¿cómo pudo suceder esto?, ¿quiénes son? y ¿por qué odian tanto a América? Lawrence Wright (1947), graduado por la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, periodista de «The New Yorker», ha escrito un libro esencial para comprender los atentados del 11-S y conocer los orígenes tanto de Al Qaeda como del fundamentalismo islámico contemporáneo. Galardonada con varios premios, entre los que se podría destacar el «Pulitzer» 2007 o el «PEN», La torre Elevada es un libro de referencia en el periodismo de investigación, obra de un consumado especialista. Wright escribió en 1988 el guión de la película Estado de sitio, protagonizada por Denzel Washington y Bruce Willis, en la que, tres años antes del 11-S, unos terroristas islámicos amenazaban Nueva York con atentados.
El autor de La torre elevada, que enseñó durante dos años en la Universidad Americana de El Cairo y es un hombre familiarizado con el mundo árabe, realiza un examen en busca de la vida y personalidad de los principales actores, los estadounidenses y los islamistas, un estudio de las ideas políticas y religiosas que los motivaron, y una historia del juego del gato y el ratón entre los terroristas y aquellos cuyo trabajo consiste en perseguirlos. El reparto de personajes es de una enorme complejidad, la lista de los actores principales asciende a 86 nombres. Wright realizó más de quinientas entrevistas. Entre los árabes, se centra en Osama Bin Laden y su segundo jefe, Ayman Al-Zawahiri. El primero es para el autor del libro el chico del anuncio, y el segundo, el cerebro. Pero el más interesante de sus retratos entre los americanos corresponde a John O'Neill, un impetuoso agente del FBI, obsesionado con dar caza a Bin Laden, guapo, mujeriego, un personaje de película que, por un extraño giro del destino, murió en el World Trade Center aquel 11 de septiembre.
Wright deja claro que la fuerza impulsora detrás de Bin Laden y Al Qaeda tiene dos resortes: la convicción de que el Islam fundamentalista es la única religión verdadera y de que todos los que lo rechazan o siguen otros credos son enemigos de Dios y deben ser eliminados. Además de un resentimiento generalizado por que Occidente, con su decadencia, haya superado al mundo islámico en la ciencia, el nivel de vida, las artes y la civilización en general. Estados Unidos es, de hecho, el «gran Satán» para el fanático islamita, el corazón y el alma de la oposición a todo lo que consideran sagrado. Acerca del nacimiento y desarrollo de Al Qaeda, el periodista de «The New Yorker» aporta nuevos datos para contrarrestar algunas extravagantes teorías, por ejemplo, la de que el grupo obedeciese a un impulso de la CIA. Según Wright, cuando la franquicia terrorista se dio a conocer en 1998 con los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y en Tanzania, la central de inteligencia americana no tenía ningún informador en el seno de la organización, algo inexplicable en el caso de que la CIA hubiese intervenido en su fundación.
Los fundamentalistas de Al Qaeda son extremistas que han torcido principios claros del Corán, por ejemplo, la prohibición explícita del suicidio y el asesinato de no combatientes. El radical egipcio Sayyid Qutb (1906-1966), con quien Wright comienza su libro, es el santo patrón del movimiento yihadista moderno, y la fuente de algunos de sus principios fundamentales. Fue Qutb quien presentó a los árabes de hoy el concepto, ahora conocido como el «takfir», según la cual los islamistas pueden eludir la prohibición del Corán de matar a otros musulmanes sólo con declararlos apóstatas. Desde 2003 los terroristas sunnitas vinculados a Al Qaeda han invocado el principio del «takfir» tan a menudo que los chiitas de Irak se refieren habitualmente a ellos como «takfiris». Cualquier persona que rechaza o se opone al Islam es apóstata y debe morir. Los atacantes suicidas son, en cambio, gloriosos mártires de la causa. Para un occidental esto es algo escalofriante. Para un musulmán moderado, la herejía.
Por lo que atañe a la parte estadounidense del drama, Wright pone el énfasis en las guerras internas paralizantes, reglas estúpidas y conflictos de personalidad que impiden el intercambio de información vital sobre la conspiración del 11-S entre el FBI, la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional. Una y otra vez el autor cita casos en que eslabones importantes de la cadena de pruebas se ocultaron deliberadamente por personas que podrían haber sido capaces de usarlas para impedir la tragedia. Es una historia no sólo de torpeza burocrática, sino de una negativa deliberada de cooperación que acarreó la muerte de 2.749 personas inocentes. Las venganzas personales entre altos funcionarios como John O'Neill, el jefe de contraterrorismo del FBI, y Michael Scheuer, su homólogo de la CIA, impidieron a las dos agencias compartir información útil de primera mano para contrarrestar la amenaza. Nadie hasta ahora ha sabido unir los hilos de la tragedia como Wright.
La lectura de La torre elevada, un libro obligado para entender las claves del 11-S, se puede completar con la de El segundo avión, una interesante recopilación de artículos de Martin Amis donde el novelista británico se muestra preocupado por el avance del islamismo radical relacionándolo con una interpretación dominante de la tradición religiosa musulmana. Las reflexiones son inteligentes y algunos de los artículos resultan hilarantes. Uno podría reírse del fanatismo religioso islámico si no fuera por las muertes que hay detrás y la amenaza latente.