RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
La portada escogida por Alianza -una preciosa fotografía de Erika Schmied en la que un Thomas Bernhard todavía con aspecto juvenil pero ya irremediablemente acosado por la alopecia posa vestido de oscuro y descalzo, sonriente y con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones, transmitiendo una evidente sensación de bienestar- pronostica que el tono de Mis premios, el muy particular ajuste de cuentas del escritor con el mundillo paraliterario de los galardones, va a ser, si no el propio de un sainete o de un vodevil, al menos sí el de una comedia. Una comedia austriaca, por supuesto, con todo lo que ello, con Bernhard de por medio, significa.
Leer este conjunto de breves textos que su autor dejó listos para la imprenta meses antes de morir hace ya dos décadas, regala al degustador de la obsesiva prosa bernhardiana un rato de placer impagable. Es sabido que Bernhard no admite medias tintas: se lo aborrece o se lo adora, circunstancia a la que, en puridad, todo escritor que se precie debería aspirar, pues nada más inmisericorde, en materia literaria, que la indiferencia. Para bien o para mal, el autor de Corrección demanda respuestas maximalistas. Quien detesta a Bernhard jamás volverá a acercarse a su mundo ni al de sus epígonos, caso de Elfriede Jelinek o Josef Winkler; quien ama a Bernhard lo considerará, sin resquicio para la duda, como uno de los mayores talentos de la literatura europea del siglo veinte, aceptando la infección de su escritura como una de las más gozosas enfermedades que se pueden contraer leyendo.
Mis premios, como su título apunta, narra la relación que Bernhard estableció con el reconocimiento en vida a su obra, una relación, por descontado, absolutamente pragmática, aunque algunos puedan tacharla de cínica. Los premios son repugnantes, según la lógica de Bernhard, porque repugnantes son las instituciones públicas o privadas que los conceden y porque repugnantes son casi siempre los miembros que forman parte de ellas; el único valor de un premio radica en su recompensa económica, en el puñado de chelines austriacos o de marcos alemanes que permitirán al autor viajar a Italia para ver pintura, comprarse un precioso Herald con el que estrellarse por las carreteras de Yugoslavia o adquirir una finca decrépita en la Alta Austria.
Mis premios encierra momentos desopilantes, relacionados con la incapacidad de Bernhard para comportarse en sociedad «como es dado esperar», y que cobran especial relevancia cuando, en el apéndice que acompaña a estas prosas, se tiene la oportunidad de conocer tres de los indescriptibles discursos de agradecimiento que el autor leyó ante quienes tuvieron la desdichada idea de premiarlo. Sólo por imaginar el estupor que esos discursos provocarían en el auditorio que en su momento los escuchó merece la pena acercarse a un libro que traslada esa ira fría y medida, exenta de piedad alguna y, al tiempo, decisivamente humana, que ha hecho de la escritura de Bernhard una de las más libres y fascinantes del pasado siglo.