LUIS MUÑIZ
Los poemas de Mark Strand (1934), con sus característicos climas de acechanza o de amenaza, presentan la vida como una serie interminable de gestos y observaciones que estamos condenados a repetir, aun a sabiendas de que el esfuerzo (el ritual de mirar y pensar) no va a depararnos ningún resultado tangible. La inutilidad de todo lo que emprendemos es tanto el móvil como el asunto de su poesía, por más que la expectación creada (la propia vida otorgando y retirando sus ofrendas) no nos permita liberarnos nunca del deseo de saber más. En Tormenta de uno, Strand suele proceder por fases y nos entrega escalonadamente el fruto de su fútil búsqueda. Así, en la primera parte de «Mañana, mediodía y noche», afirma: «Aún esperaba su oportunidad lo que podría haber sido». Esto despierta nuestra curiosidad, pero el norteamericano concluye la segunda sección con desánimo: «No habíamos avanzado nada desde donde comenzamos». Ecos de Ashbery que culminan, en la tercera, con la decepción final: «Vagar a la deriva (?) / para demostrar, a nadie en concreto, cuán falsa ha sido su vida».
En comparación con sus libros de los años sesenta y setenta, Tormenta de uno registra una menor presencia del «mundo maligno» que la crítica acostumbra a señalar como uno de los rasgos constitutivos de Strand. Muy acertadamente, Dámaso López García apunta en su prólogo que esa malignidad es sustituida aquí por una potencial amenaza; por ejemplo, la del día que comienza: Strand es un nihilista y no puede dejar de ver en la salida del sol, además de calor y esperanza, su reverso, es decir, frío y consunción. Así que su estrategia poética favorita termina siendo más bien la de un escéptico que, pese a su convicción de que todo es inútil, no se prohíbe los arrobamientos. «La vista se vuelve sublime (?) / parece (?) más que una razón / para estar ahí». Eso sí, persuadido de que sus éxtasis no durarán o de que la inmanencia le llamará a engaño (la naturaleza es presentada a menudo como impenetrable y hostil), el estadounidense intenta borrar del texto cualquier rastro de identidad e, incluso, de geografía, y lo dota de un alto grado de abstracción que favorece una lectura despersonalizada.
Strand, además, desconecta radicalmente el plano enunciativo y el referencial, de manera que entre lo que cuenta y aquello a lo que lo narrado remite se abre una grieta de considerables proporciones. En esa acendrada defensa de lo privado (pues de eso se trata, ya que lo exterior nos elude y sólo por nosotros sabemos que está), López García quiere ver un gesto político, de desaire a lo público, de rechazo a las vías comúnmente aceptadas de percibir la realidad. Quizá lo sea, pero también es probable que esa defensa no se ejerza por oposición a nada, sino sólo por empatía con lo propio, por consideración hacia el único mundo del que somos dueños, el que deja «todas las recompensas del día esperando a las puertas del sueño», según sentencia, en el último verso, el poema «Nuestra obra maestra es la vida privada», que empieza: «¿Hay algo ahí abajo en el agua que nos elude (?)? // ¿Por qué debe importarnos? ¿No proyecta el deseo sus arcos iris sobre la tosca porcelana / de la piel del mundo? (?) ¿Para qué buscar más?».