EUGENIO FUENTES
Solemos tener por poco recomendable enamorarse de una persona casada. Mucho más si lo único que conocemos de ella es un libro de poemas. Pero pasiones que pueden resultar insanas para el equilibrio psíquico de quienes las sufren pueden generar notables objetos literarios. Es el caso de En Grand Central Station me senté y lloré, de la canadiense Elizabeth Smart (1913), memorable narración tocada por una mirada poética introspectiva que permite a la autora sortear las trampas que hubieran podido hundirla en el culebrón infame.
El padre de Alicia era reacio a dejar su isla. Al parecer sólo lo hizo una vez, en 1867, cuando en compañía de un amigo visitó Rusia, en un viaje de dos meses que, además, le llevó por Francia, Bélgica, Alemania y Polonia. Carroll (1832-1898) fue tomando día a día estas notas a vuelapluma, que, en general, carecen de ambición literaria. Recomendable para quienes aspiran a saberlo todo de sus autores favoritos.
Obra de un oscuro capitán de artillería, desconocido antes y después de publicarla, Las relaciones peligrosas conoció un éxito inmediato tras su salida a la calle en 1782. Once ediciones, varias de ellas piratas, sólo en el primer año. Difundidas entre el gran público por la película Las amistades peligrosas, las andanzas de la marquesa de Merteuil y del vizconde de Valmont sólo eran hasta ahora accesibles al lector español en una traducción decimonónica. Esta brillante versión de Ángeles Caso colma tan lamentable laguna.
Aunque ya tiene medio siglo, el magno tratado de Arthur Basham sobre la India mantiene toda su lozanía. De la Prehistoria a la Edad Media, del Estado a la vida cotidiana y la sociedad, de la religión a la literatura, pasando por las artes, El prodigio que fue India es un estudio simpar sobre una civilización -¡vergüenza!- mal conocida aún entre nosotros.