ANTONIO RICO
Supongo que, a estas alturas de la vida, para que una Historia de la Filosofía se venda en las librerías al lado del último libro sobre vampiros adolescentes se necesita una buena excusa. Una muy buena excusa. Critchley ha encontrado una: la muerte de los filósofos. ¿Cómo murió Platón? ¿Cuáles fueron las últimas palabras de Kant? ¿Dónde está enterrado Marx? ¿Cómo estiró la pata Sartre?. La muerte es una buena excusa para hablar de la vida de los filósofos, y la vida de los filósofos es una excelente excusa para hablar de la filosofía de los filósofos. Los vampiros se niegan a morir, pero a los filósofos no les queda más remedio que palmarla.
Como historia de la filosofía, El libro de los filósofos muertos es bastante flojita. Como historia de la muerte de los filósofos, sin embargo, el libro de Critchley tiene gracia y sustancia. Capítulos cortos, estilo ágil, alguna bromita de vez en cuando, gotitas de erudición, chorros de divulgación. El libro perfecto para leer en el autobús y obligar al vecino de asiento a mirar de reojo. El rollete teórico acerca de la muerte es lo de menos. Que si, como dijo Cicerón, filosofar es aprender a morir. Que si la filosofía puede enseñarnos a estar preparados para la muerte, que si aprender a morir también puede enseñarnos a vivir, que si el rasgo más pernicioso de la sociedad contemporánea es la renuncia a aceptar el hecho de la muerte... Y bla, bla, bla. Vale, pero ¿cómo murió Heráclito? Murió cubierto de boñiga de vaca. ¿La boñiga estaba húmeda y se ahogó? ¿O estaba seca, y murió cocido al sol del Jónico? ¿Es mejor morir cubierto de boñiga de vaca o tras comer pulpo crudo o, quizás, conteniendo la respiración, como dicen que murió Diógenes? Tienen un minuto para pensarlo.
¿Ya? Sigamos. Woody Allen dice que quiere alcanzar la inmortalidad no muriéndose, pero hasta Woody Allen tendrá que dejar este mundo algún día. Y, como diría Lucrecio, por mucho que vivamos Woody Allen, usted o yo, no restaremos ni alteraremos en lo más mínimo la duración de la muerte. Todos estaremos mucho más tiempo muertos que vivos, pero la forma de morir, a pesar de lo que creía Cicerón, tiene mucha importancia. El mismo Cicerón fue asesinado por orden de Marco Antonio. Le cortaron las manos y la cabeza, que fueron colgadas encima de los estrados donde hablaban los oradores romanos. Hipatia, la protagonista de la película de Amenábar, fue sacada a la fuerza de su carruaje por una banda de cristianos, arrastrada, desnudada, desollada y troceada. Boecio murió a garrotazos, después de ser torturado. Santo Tomás Moro fue decapitado, y su cabeza ensartada en una pica en el puente de Londres. A Tycho Brahe le estalló la vejiga durante un banquete porque le parecía de mala educación hacer sus necesidades en una celebración. Giordano Bruno, condenado por herejía, murió quemado en la hoguera. Edith Stein murió en la cámara de gas de Auschwitz-Birkenau. Sí, la forma de morir es importante.
En El libro de los filósofos muertos hay otras muertes más filosóficas como, por ejemplo, la de san Anselmo que, viéndose morir, pidió un poco más de tiempo para resolver la cuestión del origen del alma. Dios no se lo concedió. Y muertes más viajeras, como la de Averroes, cuyos restos fueron trasladados de Marrakech a Córdoba sobre una mula, y cuentan que el peso de sus huesos se equilibró con sus obras de filosofía. Pregunta: ¿Averroes escribió mucho, o pesaba muy poco? También hay muertes muy, muy, muy tristes. Giambattista Vico murió (y vivió) en la pobreza, y la Universidad de Nápoles (donde dio clase) se negó a hacerse cargo de los costes del entierro. Y muertes gloriosas como la Montesquieu, en brazos de su amante. Y absurdas, como la de La Mettrie, que al parecer se fue al otro barrio a consecuencia de una indigestión provocada por comer una enorme cantidad de paté de trufas en mal estado. Y hasta hay cadáveres simpáticos, como el de Jeremy Bentham, que permanece sentado y erguido dentro de una cabina de madera en el vestíbulo del University College de Londres.
Llevando el libro de Critchley en el autobús, podrá darse una vuelta por la historia de la filosofía, vivirá la vida de los filósofos muertos y se enterará de cómo Alfred Ayer, catedrático de Lógica, se enfrentó a Mike Tyson, campeón del mundo de los pesos pesados, para defender a una joven modelo llamada Naomi Campbell. La muerte de los filósofos puede ser interesante, pero ¿qué me dicen de sus vidas?. Lo que no hallarán en El libro de los filósofos muertos son vampiros.