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Un acertijo porno Detrás de las barricadas republicanas

 
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Un acertijo porno Detrás de las barricadas republicanas
Un acertijo porno Detrás de las barricadas republicanas  
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FRANCISCO GARCÍA PÉREZ JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS Les propongo un acertijo y les advierto de que este artículo es sólo para mayores y aun diría que para mayores con reparos. Uno de los dos fragmentos que voy a reproducir pertenece a la colección «La sonrisa vertical», narrativa erótica a tope, de Tusquets. Quien lo escribió vio prohibidas o censuradas algunas de sus obras por «atentar contra las buenas costumbres», y eso que colaboraba en la «Nouvelle Revue Française», que es cosa de mucho prestigio. El otro trozo lo tomé de una novela que, según su editorial, Anagrama, ha vendido millón y medio de ejemplares en Alemania y anda traducido a 26 idiomas. Está en la colección «Panorama de narrativas», en compañía de Auster, de Modiano, ¡de Sebald! Allá van: ¿cuál de los pasajes será el del libro verduscón y picante?, ¿cuál el de prestigio narrativo?

«Yo razonaba, cuestionaba y discutía, esforzándome, como todos los que están locamente enamorados, en no abandonar el terreno de la lógica, un terreno que durante tanto tiempo había demostrado ser sólido, o al menos el terreno de cierta lógica, en fin, el terreno del sentido común, al que finalmente vamos a parar todos. Michéle odiaba la lógica, puesto que me amaba; y porque me amaba, me odiaba o se odiaba, y no era capaz de escapar a la espantosa disyuntiva; y si ella tenía que convencerse de que me amaba, hubiera debido estar convencida antes de las palabras, las mías, las suyas, antes de toda demostración, de toda prueba: he creído siempre que el amor no se prueba, y que es, como la propia existencia, una prueba en sí mismo». Hasta aquí, el primero. Agárrense y salgan los niños de esta página, que va el segundo: «Bastante sangre he perdido ya en mis bajos. Bastante guerra me está dando la llaga del ano para que encima tenga que recoger el flujo de la sangre menstrual. Aparte de un leve estado de irritación en los días previos al período, me las apaño muy bien con mi regla. Cuando sangro, a menudo me pongo especialmente cachonda». Ya está, seguro que han acertado. El primero pertenece a Elogio de la azotaina, de Jacques Serguine, y es el erótico; el segundo, a Zonas húmedas, de Charlotte Roche, una mujer que se ofrece en la foto de solapa con una dulcísima carita de «yo no fui»: es el prestigioso.

Las cosas están así, porque no crean que la señorita Roche se corta en esa historia, contada por una chica que cavila: «¿Qué puedo hacer para distraerme de mi aburrida soledad? Podría reflexionar sobre todas las cosas útiles que ya he aprendido en mi corta vida. Así podría entretenerme bien a mí misma, por lo menos durante unos minutos». Pues parece distraerse y entretenerse haciendo además otras cosas: «Olfateo el dedo que he usado para meterme el tampón autofabricado y detecto un olor a chocho ya medianamente rancio». Aunque, a veces, sale de casa: «Estuve varios días sin lavarme y fui a hacerme lamer por una puta. Pero no noté ninguna diferencia con ser lamida en estado lavado». Como está enfermita, se concentra en sí misma: «Me temo que tengo un ano neumoincontinente. Quiera o no quiera, de mis intestinos sale aire caliente sin parar y sin previo aviso. No se puede llamar pedo, ni muchísimo menos. (...) Huele a pus tibio mezclado con diarrea (...). Si ahora entrara alguien en la habitación, sabría de mí tanto como si, en estado normal, hubiera metido su cabeza en mi culo y olfateado con fuerza».

No cuento más, que igual a lo mejor descubro la trama de la novela y arruino las expectativas del lector. Porque, no crean, pasan en el libro otras cosas, aún peores. Y hay personajes y todo. Y la chica sufre, que no es de extrañar con tanto desbarajuste. ¿Una nueva Céline, una nueva Miller, una Sade hodierna, una Bukowski rediviva, la Carver inglesa... o lo que algunos de los lectores quizás esté pensando? ¿Acaso habría que poner Zonas húmedas como lectura obligatoria en las escuelas por ver si fomentamos y animamos un poco a leer? Ay, qué tiempos de desconcierto.

Como es bien sabido, la Guerra Civil española se vivió por muchos intelectuales como el primer episodio de un amenazador avance del fascismo en Europa y el mundo. Ese supuesto explica en cierta manera la gran cobertura periodística y literaria que tuvo el conflicto español. Basta hacer un somero repaso de los intelectuales y creadores que tomaron como tema de sus obras nuestra guerra civil a partir de su experiencia directa o indirecta del conflicto, y utilizaron para ello los más variados registros literarios: la novela, el periodismo, la poesía, el ensayo.

Sin duda, entre esas obras sobre la guerra civil hay dos de gran importancia por la difusión que alcanzaron y su valor histórico y literario que va más allá de la función política instrumental inmediata con la que se concibieron. Y también porque son fundamentales para conocer el desarrollo de los acontecimientos militares, políticos y sociales en la Cataluña republicana durante el conflicto. Me refiero a Homenaje a Cataluña (1938) de George Orwell y la de Jonh Langdon-Davies, Detrás de las barricadas (1936), que ha sido reeditada este año por la editorial Península con prólogo de Paul Preston.

John Lagdon-Davies fue un periodista y escritor británico de ideología izquierdista, profundamente conocedor de la cultura catalana por su estancia de varios años en Cataluña en la década de los veinte, al que el periódico progresista londinense «News Chronicle» encargó, primero, cubrir los desfiles de la fiesta del trabajo del 1.º de Mayo de 1936 y después, tras la sublevación del 18 de julio, los primeros acontecimientos militares, políticos, sociales y bélicos en la zona republicana. Durante los meses de agosto y septiembre Langdon- Davies recorrió en motocicleta toda Cataluña, Valencia, Madrid y Toledo, enviando a su periódico numerosos reportajes con sus experiencias directas de aquellos meses iniciales de la guerra, en los que la debacle de las fuerzas del orden público y la amenaza de los sublevados dio lugar a un vacío de poder con una sustitución del Estado por el pueblo en armas y su organización en aquel «ejército con monos» de milicianos que logró impedir el éxito inmediato del golpe de Estado.

Esa doble experiencia es la que después recogió en este libro el periodista y escritor inglés con el objetivo explícito de contrarrestar entre el público británico la visión tremendista e interesada que los periódicos conservadores y los sesgados informes del cónsul inglés en Barcelona estaban difundiendo sobre el conflicto español. Conflicto que interpretaban como el inicio de una revolución comunista que amenazaba a toda la Europa Occidental. Y no, como entendían los demócratas, un peligroso avance del fascismo que ponía en peligro el futuro de las democracias liberales europeas. Era necesario difundir entre la opinión pública anglosajona la verdadera situación española y propiciar con ello la intervención de los países democráticos a favor del bando republicano que era el depositario de la razón moral y la legalidad democrática. Y Lagdon-Davies lo hace sin negar la violencia desatada en la zona republicana contra las personas y las iglesias. Pero desmintiendo con datos las exageraciones de las fuentes conservadoras y tratando de hallar no una justificación, sino una explicación de esos excesos, cuya responsabilidad atribuye en última instancia a los rebeldes. Pues, según él, fueron los sublevados, con su golpe de Estado, los verdaderos responsables de haber desencadenado la peor de las tragedias humanas, una guerra civil que es siempre «la madre de todas las atrocidades».

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