TINO PERTIERRA
Si los libros de Dan Brown son a la literatura lo que una hamburguesa a la gastronomía se puede concluir sin ánimo de ofender que El símbolo perdido es carne picada mejor cocinada y con mejor guarnición que Ángeles y demonios o El código da Vinci, paupérrimos artefactos de papel desde todos los puntos de vista (prosa pueril, intrigas desquiciadas rematadas en finales precipitados e involuntariamente autoparódicos). Con sus defectos o carencias, la nueva novela de Brown, ésa que se amontona en montañas nada mágicas en las librerías, es un paso adelante de un escritor que se ha tomado más en serio su trabajo y no se ha limitado a empalmar página tras página de personajes planos sepultados bajo toneladas de documentación.
Tampoco es que haya intentado escribir Moby Dick, pero, tal y como están las cosas, es de agradecer que el multimillonario Brown se haya tomado más molestias a la hora de aporrear las teclas. Dicho de otra forma: El símbolo perdido no se cae de las manos a las primeras páginas de cambio, y se puede leer con el mismo ánimo con el que se pueden disfrutar los libros del difunto Michael Crichton o Ken Follett, pasatiempos que renuncian a cualquier tentación de «estilo» para doblegarse a los mandatos del suspense y ofrecer mucha información que haga creíble sus rocambolescas historias. Curiosamente, los bríos de Brown ahora que ya tiene asegurado el futuro le han hecho pasarse de largo. A su novela le vendría bien adelgazar en páginas, sobre todo las que dan una importancia excesiva a personajes secundarios y en un desenlace que no cae en el disparate de sus títulos anteriores, pero que se alarga y se alarga en explicaciones que disfracen un hecho evidente: el enigma que encierra el libro, y cuya resolución alimenta todas las frenéticas idas y venidas de los buenos, los malos y los regulares (ya se sabe que a Brown le encanta eso de jugar contra reloj para trampear el suspense, a costa de la credibilidad), es desconcertante por su simpleza. En lugar de tramas de altísimo calado religioso con secretos inconfesables que cambiarían la historia si fueran desvelados, en El símbolo perdido se encuentra el lector con un discurso que parece copiado a Paulo Coelho, una farragosa mescolanza de mensajes dignos de un manual de autoayuda. La palabra perdida, ese misterio por el que Langdon está a punto de morir es un hermoso concepto convertido en una cortina de humo que camufla la fragilidad del argumento.
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