Brown vuelve a casa tras sus peripecias europeas para que su Robert Langdon (imposible no visualizar y «escuchar» a Tom Hanks) juegue en casa. Washington: el mejor lugar para dar rienda suelta a una cascada de enigmas encadenados que, como no podía ser de otra forma, llena las páginas de secretos que resolver en cuestión de minutos (o de segundos, como en la mejor escena de la novela, en la que Langdon lucha por su vida mientras el agua empieza a quitársela), con personajes que corren de aquí para allá desbocados. Brown no pierde el tiempo buscando adjetivos que se salgan del lugar común. Los edificios son «colosales» o «gigantescos», los rayos de luna son «pálidos», las manos son «poderosas», las limusines son «lujosas... Aunque la palabra fetiche es «enorme». Un enorme altar, una enorme cabina, una enorme fortuna, un enorme museo. Después del décimo «enorme» dejé de subrayar.
Tampoco evita Brown su costumbre de convertir a su protagonista en una especie de wikipedia ambulante. Cuando entra en un lugar, inmediatamente leemos su mente con un resumen de unas líneas de su historia. Por contra, el autor mejora la construcción del malvado de la historia («soy una obra maestra») y adhiere una psicología de psicópata inquietante a un corpachón totalmente tatuado. A diferencia de los grotescos asesinos de los anteriores libros, este tipo es creíble y, además, esconde una sorpresa final que le hace más terroríficamente «humano».
La novela sigue fielmente el esquema que tanto éxito dio a su autor anteriormente. Por eso no es de extrañar que no se conforme con una única línea argumental y se meta en berenjenales científicos («la mente sobre la materia») que vayan abonando el terreno a su mensaje final. Ahí entra en juego la coprotagonista, Katherine, que, como sucede con su amigo Robert, es una somera comunicadora de información y un personaje «bueno» al que poner en serios aprietos para que el lector sufran con ellos. No hay la menor intención de profundizar en su personalidad más allá de lo que tenga relación con la trama central. Y por momentos parecen muñecos a los que el ventrílocuo Brown (que siente aversión por cualquier veleidad romántica o sexual que pueda sacar de sus casillas a sus criaturas) da la voz para exponer de prisa y corriendo todo el caudal de datos y teorías que quiere soltar. Ahí te va.
No hay aquí un ataque más o menos frontal a ciertas «catacumbas» conspirativas. Todo lo contrario: la masonería pocas veces habrá salido tan bien parada en una novela. Brown se deshace en elogios: «los masones son algunas de las personas más dignas de confianza que puede llegar a conocer», dice Langdon, tan reacio a mostrar su entusiasmo por asuntos de fe.
La pirámide masónica alcanza aquí la categoría de un Santo Grial por la que mucha gente está dispuesta a morir... o matar. Cuadrados mágicos. Símbolos que abren la puerta a la sabiduría. Números que arrojan luz a las tinieblas. Claves secretas... Palabras perdidas. Brown no deja ninguno de sus trucos en el tintero, y cae a veces topicazos de acción que quitarán trabajo al guionista («A todas las unidades: diríjanse al edificio Adams. ¡Inmediatamente!». «¡Ya son nuestros! ¡Moveos»). Antes de atar sus cabos con un empacho místico, Brown pone a sus protagonistas al borde mismo de la muerte, y es ahí donde logra que el libro meta el turbo y se lea de un tirón.