POR LUIS M. ALONSO
Vladimir Nabokov admitió en su curso de literatura europea que no era el tipo de persona que, al escribir sobre libros, indagaba en el material humano. Pero con Robert Louis Stevenson hizo una excepción, teniendo en cuenta que los libros tienen su destino y que, a veces, el destino de los autores sigue al de sus obras. El autor de Ada o el ardor ponía el ejemplo del viejo Tolstoi que, en 1910, abandonó a su familia para vagar hasta morir en el cuarto de un jefe de estación, en medio del estrépito de los trenes que mataron a Ana Karenina. Así que Nabokov ofreció en su ensayo una finísima observación sobre la muerte de Stevenson que luego se preocuparon de poner de relieve no pocos críticos al referirse a El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
La vida imita a la literatura. Revivamos ese último instante de Stevenson en Samoa tantas veces traído a colación. Bajó a la bodega para subir una botella de su Borgoña favorito, la descorchó y, de repente, llamó a gritos a su mujer: «¿Qué me pasa, esto es tan extraño, me ha cambiado la cara?». Y cayó al suelo. Se le había reventado un vaso sanguíneo en el cerebro. Falleció dos horas más tarde. «¡Cómo me ha cambiado la cara! Hay una extraña relación temática entre el último episodio de la vida de Stevenson y las fatales transformaciones de su maravilloso libro», concluyó Nabokov.
Stevenson sólo había descorchado el Borgoña, no lo había probado, sin embargo se vio reflejado en el personaje que imaginó, que al beber la pócima que humea en el matraz se convierte en Edward Hyde, «el único representante del mal puro en las filas de humanidad». El autor de El extraño caso de D. Jekyll y Mr. Hyde, después de una vida enfermo y de cargar desde la infancia con unos pulmones débiles, sintió antes de morir que se había transformado en alguien que no acertaba a comprender y que, además, le resultaría imposible en el futuro ya que sólo le quedaban apenas dos horas de vida hasta el descanso eterno en Upolu. Pero no fue el horror ante el descubrimiento lo que le mató; murió de una hemorragia cerebral. Tenía 44 años y antes de ello había recorrido una buena parte del mundo, con la tuberculosis a cuestas, y nunca se arrepintió de un minuto vivido.
En Samoa, adonde se retiró, fue testigo de la historia colonial, defendió a los nativos y tuvo tiempo para escribir algunas de sus páginas más bellas, pese a que en los momentos finales llegó a sentirse agotado literariamente. En su finca de Vailima, escribió, por ejemplo, las cartas que llevan el nombre del lugar que traducido sería Cinco Arroyos, La playa de Falesá y algunos otros de sus cuentos inolvidables de los mares del Sur. Hasta el final de sus días se empeñó en concluir, sin conseguirlo, Weir of Hermiston, la que él quería que fuese la mejor de sus obras y que en su pluma alcanzó dimensiones verdaderamente trágicas.
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, probablemente el mejor relato espectral de la historia de la literatura, forma parte de los Cuentos Completos que ha editado ahora Mondadori, en la colección Grandes Clásicos, con una meritoria traducción de Miguel Temprano García e ilustraciones del sueco Alexander Jansson, artista de una portentosa imaginación, inspirador de un mundo mágico de sueños. El volumen incluye por primera vez la totalidad de las pequeñas pero grandísimas historias de Stevenson, pertenecientes a Las nuevas noches árabes, la citada de Jekyll y Hyde, Los juerguistas y otros cuentos y fábulas, Cuentos de las noches en las islas y los relatos sueltos.
Además del conflicto interno personal, el bien y el mal, tantas veces llevado y traído por la literatura, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr Hyde resume el tiempo victoriano, la doble moral y la hipocresía. No es una simple novelita de detectives, como se la ha considerado muchas veces para ennoblecer el género desde los orígenes. Lo espectral anida en ella, eso sí, desde el momento en que Stevenson la soñó como «un dulce sueño de terror» en el que se le presentaba Jekyll en una de sus transformaciones. El propio Stevenson quemó el primero de los manuscritos, asustado por la deriva del relato, pero después volvió a reescribir la historia. No hay forma mejor de explicar sus pretensiones que la que utiliza Nabokov: «El objetivo artístico de Stevenson era hacer desfilar ante hombres sencillos y sensibles un drama fantástico en un ambiente familiar a los lectores de Dickens: un ambiente de fría niebla londinense, de señores maduros y ceremoniosos aficionados al viejo Oporto, de casas de fea fachada, de abogados de familia y fieles mayordomos, de vicios anónimos practicados en algún lugar recóndito detrás de la solemne plaza donde vive Jekyll, de frías mañanas y de elegantes coches de alquiler». Y a fe que lo consiguió.
Robert L. Stevenson es un tesoro inacabable de lecturas. Lean y conserven esta cuidada edición. Disfruten hasta el infinito con sus páginas que, como siempre ocurre con el autor, nos confirman que las buenas historias son también gran literatura.