JUAN CARLOS GEA
Era cuestión de tiempo que Marina Abramovic (Belgrado, 1946) se confabulase con Santa Teresa de Jesús o, quizás al revés, que el legado de la santa y mística abulense impregnase el imaginario de la artista balcánica. Dónde y cuándo se produjo el encuentro de la indiscutible «prima donna» mundial de la performance y el «body art» con el rico universo teresiano no consta; sí -y de qué modo- el lugar en el que Abramovic ha escenificado y registrado los efectos de ese encuentro: las antiguas cocinas de la Universidad Laboral. En ellas ha desarrollado su proyecto «The Kitchen. Homage to Saint Therese», una colección de nueve fotografías en color y blanco y negro producidas por el Teatro de la Laboral y el Principado que desde hoy se exhiben en La Fábrica Galería de Madrid.
El proyecto surgió del impacto causado sobre la artista por las impresionantes cocinas del edificio de Luis Moya, que conoció durante su estancia en Gijón el pasado junio con ocasión de la inauguración, en la iglesia de la Ciudad de la Cultura, de su videoinstalación «8 Lessons on emptiness with a happy end». Quizá fuera la evocación del «Dios entre los fogones» que persiguió la religiosa abulense; lo cierto es que la aclamada y polifacética artista anunció ya entonces su intención de regresar a la Laboral para completar su proyecto sobre Teresa de Jesús entre estos otros fogones. Las imágenes obtenidas en el peculiar escenario -en las que como siempre, Abramovic es el centro de su propia obra- han servido también como imagen para la temporada 2009-2010 del teatro de la Laboral, un retrato frontal de la artista con una calavera entre sus manos que evoca las «vanitas» barrocas, tan afines al universo icónico de la artista.
Marina Abramovic se ha apoyado en varios textos teresianos sobre éxtasis y levitaciones para enfocar su personal homenaje a la santa. Entre la religiosa y la artista existen numerosos puntos de contacto, todos ellos en torno al interés que comparten en la experiencia cotidiana y autobiográfica, en la vivencia de lo próximo y lo corporal, como punto de partida para una purificación espiritual que, en el caso de Abramovic, se ha plasmado a menudo como un exorcismo de su propio pasado y de la violencia de su tierra natal y, en general, del mundo contemporáneo.
Se da la circunstancia de que la artista está presente en la selección realizada por Guillermo Solana para la exitosa exposición «Lágrimas de Eros», un «paseo por el amor y la muerte» que estos días exhibe el Museo Thyssen en Madrid. Por otra parte, el MOMA neoyorquino prepara una gran retrospectiva de Abramovic para el año que viene, a la que su individual de Madrid sirve de prólogo.