JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN
En toda religión hay una verdad histórica y otra al margen de la historia. La segunda es cuestión de fe y por eso nada pueden contra ella las evidencias o el sentido común; tampoco tiene nada que decir la ciencia. Pero en la primera sí pueden -sí deben- coincidir creyentes y no creyentes.
¿Qué sabemos hoy sobre la figura de Cristo? Corrado Augias es periodista; Mauro Pesce un prestigioso investigador universitario, autor de numerosos libros sobre el cristianismo primitivo. Del diálogo entre ambos ha surgido esta Investigación sobre Jesús que pone al alcance del lector no especializado todo lo que hoy podemos saber sobre una de las figuras más enigmáticas de la historia, aquel Jesús de Nazaret al que los romanos crucificaron y sus discípulos acabaron convirtiendo en Dios y en el fundador de una nueva religión.
Comienzan con una a menudo olvidada obviedad: «No hay una sola costumbre, una sola de las principales iniciativas de Jesús, que no sean íntegramente judías. Todos los conceptos fundamentales expresados por Jesús son judíos: el reino de Dios y la redención, el juicio final, el amor al prójimo». Incluso el padrenuestro es una oración completamente judío, «cualquier judío religioso podría rezarlo sin necesidad de convertirse al cristianismo».
Siguen con otra: «En la literatura judaica el apelativo 'hijo de Dios' no tiene el significado que le darían después los dogmas cristianos, es decir, una persona que sea al mismo tiempo hombre y Dios. Solo significa una persona a la que Dios ha encomendado una misión, o una persona que cumple la voluntad y los designios divinos y es hijo en este sentido, aunque permanezca íntegra y exclusivamente hombre».
La conclusión parece clara: Cristo no era cristiano, los primeros discípulos tampoco. «Entonces, ¿cuándo nace el cristianismo?», le pregunta Corrado Augias a Mauro Pesce: «Es posible que naciera en la segunda mitad del siglo II. Se trata de un culto nuevo que ha tomado del judaísmo la idea del Dios único, ha asumido como texto la Biblia judía, pero leyéndola de un modo no judaico, y sitúa el pensamiento de Jesús y las obras de sus primeros seguidores en el seno de una cultura esencialmente ajena al judaísmo, una cultura pagana y griega».
Se explica así la paradoja de que una secta judía -eso fue en su origen el cristianismo-- acabe convirtiéndose en uno de los pilares fundamentales del antisemitismo. Marcos, Mateo y Lucas eran judíos, pero en los textos que se les atribuyen -que no fueron escritos de una vez ni se transmitieron sin alteraciones-- ya han intervenido manos que odiaban a los judíos.
Puede complementarse este libro con otro de Bart D. Eherman, Jesús no dijo eso (Editorial Crítica), que lleva el llamativo subtítulo de «Errores y falsificaciones de la Biblia» y que en realidad es un estudio de la transmisión textual del Nuevo Testamento. Es posible que los evangelios fueran inspirados por Dios, pero a nosotros no han llegado en un texto único, sino en una multitud de borradores llenos de variantes e interpolaciones. Reconstruir el texto original parece tarea imposible, aunque las técnicas filológicas permiten aproximarse lo más posible a él. Y descubrir que ciertos cambios intencionados -los copistas a veces manipulaban los textos para cargarse de razón en las disputas teológicas- han pasado a la versión oficial de alguno de los evangelios.
Ni los evangelios canónicos ni los evangelios apócrifos constituyen seguras fuentes históricas; con igual cautela deben tomarse unos y otros. Su intención no era contar la vida de Jesús tal como la recordaban los testigos presenciales, sino exponer una doctrina. Se explica así que San Pablo -sus cartas son los textos más antiguos del Nuevo Testamento, pero él no conoció a Jesús-- cuente que Cristo se apareció a más de quinientas personas, «la mayor parte de las cuales todavía viven», mientras que los evangelistas ni siquiera mencionan esa aparición multitudinaria. Y que uno de los más hermosos episodios -el de la pesca milagrosa-- lo sitúen cada uno donde mejor le conviene: el Evangelio de Lucas en vida de Cristo y el atribuido al apóstol Juan después de la resurrección.
Los capítulos dedicados al proceso, la muerte y la resurrección son quizá los más sugestivos de esta Investigación sobre Jesús. Con policial pericia, los autores separan la fabulación doctrinal de lo que pudieron ser los hechos. Y el resultado no pierde nada de su conmovedora capacidad de fascinación.
Respetuosos con las verdades de la fe, que dejan a un lado (no son asunto suyo), los autores no tratan de colarnos, como tantas veces ocurre, convicciones personales disfrazadas de hechos objetivos. Resumen lo que se sabe y no ocultan lo mucho que no se sabe y que quizá no pueda saberse nunca. Y ese es el momento en que la otra verdad, la que no necesita demostraciones, da un paso al frente. A los cristianos que no gustan de comulgar con ruedas de molino también van dedicadas estas páginas.