TINO PERTIERRA
Tiene gracia (un aperitivo de la desgracia venidera) que una novela sobre el amor empiece hablando de odio. De amor en grado cero, tieso de gelidez: El amor patético. «El odio», teclea Rafael Martínez-Simancas quizá con el humo de un puro olfateando la pantalla, «es un material resistente que soporta el paso del tiempo y no se oxida». Las fosas, claras desde el principio. El amor pasa, el odio pesa. Siempre. Esta novela es de las que hielan la sonrisa y caldean la sangre. Escrita por un periodista que deja en el perchero los hábitos y se arremanga para ofrecer literatura en estado puro: prosa de postín y postas en la recámara. Matrimonios hechos astillas. Réplicas como sablazos. Amores tan mentirosos como los te quieros tragaperras de Las Vegas. La gravedad de una ley inexorable: «fin de mí». Y es que El amor patético empieza con aires de El crepúsculo de los dioses o American beauty. O de los adioses. Con un narrador «destenido» que entierra las reliquias de una vida calcinada.
Ésta es una novela de olores y sabores. De tacto y contacto. De escenarios insólitos: un comercio antiguo de Madrid, por ejemplo. Un microcosmos donde trabaja José Antonio Percebal, «español, curioso, soltero, acomplejado y solitario. Manejo una mala leche de espanto y un coche de tercera mano que traga mucho aceite y...». El «y» abre las puertas a una descripción comprensiva y destrozona de una sociedad anónima y limitada. Percebal (recuerden al caballero de la mesa redonda, aquí sin espada y sin armadura, pobrecillo) le manda besos a un póster de la difunta Farrah Fawcett (menos mal, nunca sabrá que murió antes) y comparte flexiones de brazo (cerveza al canto) y reflexiones con filósofos de barra fija. Y, vaya por Dios, un día se traga la boa del amor. ¿Breve, patético, tóxico, descreído, medieval, antiguo, de copla, familiar, gastronómico, cultural, melancólico, cinematográfico, plúmbeo, loco? Por sorpresa, porque al principio es simple testigo de una pasión desatada que acabará degenerando en patética. Y luego, beso mediante, pasará a ser protagonista de una historia de amor cosida con puntos suspensivos. Martínez-Simancas torea con el brío y la habilidad de quien domina y ama su oficio. Con muletazos de cine clásico y precisión de escáner que no deja a salvo ningún rincón de la intimidad. Sonrisas y lágrimas de caballeros con Rosa marchita, náufragos que sueñan con mujeres que nunca conocerán, de peces que aman más que nadan.