La salud de Wallander no es buena: «Cada día tomaba no menos de siete pastillas diferentes, para la diabetes, para la tensión y para el colesterol. A él no le gustaba lo más mínimo, lo sentía como una derrota». Sabe que no puede hacer nada contra ello, pero le aterra el paso del tiempo: «Durante aquella época Wallander se paseaba por su casa como si de una jaula se tratase, como un oso encerrado incapaz de afrontar la realidad de que tenía sesenta años y, por tanto, iba inexorablemente camino de la vejez». Hace sus cálculos más pesimistas: «Su padre constituyó un misterio para él. ¿Sería él también un misterio para Linda? ¿Qué diría su nieta de su abuelo? ¿Sería para ella un sombrío y taciturno ex policía que, recluido en su casa, recibiría cada vez menos visitas, cada vez a menos gente? "Temo que así ocurra", se confesó Wallander a sí mismo. "Y me asisten todas las razones del mundo para tener miedo, pues en verdad no he apreciado ni cultivado mi amistad con los demás». No existe consuelo a su alrededor: «Últimamente tengo la sensación de estar rodeado sólo de muerte y de sufrimientos». Y, cada vez con más frecuencia, le asalta el vacío de la memoria: «Salió del coche y, súbitamente, se le ensombreció la memoria. Allí estaba, con las llaves en la mano. El capó caliente todavía. Una vez más, cayó presa del pánico. "¿Dónde había estado?"»; más adelante: «De repente, no sabía adónde se dirigía y se vio obligado a mirar el billete para avivar su memoria. Después de la laguna de memoria tenía la camisa empapada de sudor. Una vez más, estaba conmocionado». Su vida camina hacia la desmemoria, hacia el alzhéimer, hacia el fin por extinción lenta y dolorosa. Hace recuento, antes de que sea demasiado tarde: «De pronto, vio el transcurso de su vida con toda claridad. Cuatro grandes momentos la conformaban. «El primero, el día en que me opuse a la voluntad de mi padre y a su actitud dominante y me convertí en policía», recordó. «El segundo, cuando maté a un semejante en acto de servicio y pensé que no podría seguir, pero al final decidí continuar en mi profesión. El tercero, cuando dejé el apartamento de Mariagatan, me mudé al campo y me hice con Jussi [su perro]. Y el cuarto quizá sea el día que acepté por fin que Mona y yo no volveríamos a vivir juntos. Ésa es, sin duda, la más dura de mis experiencias. Pero... elegí, no me he pasado la vida deseando y dudando para, un día, comprender que pasó el tren y que ya es demasiado tarde. Y yo soy el único responsable».
Deberíamos incrementar todos el club de fans, ya existe, de Wallander o de Mankell, ese testigo de cómo la sociedad perfecta sueca (el modelo de la sociedad occidental) no es perfecta, está preñada de horror.
Deberíamos pedir al autor que nunca hubiese escrito ese funesto párrafo de la página 450, que lo retirase en futuras ediciones. Pero nada hay que hacer. En medio de una novela de espías, Wallander se ha ido definitivamente al frío.