POR LUIS M. ALONSO
La ola de la vida no pudo con Franz Carl Heimito Ritter von Doderer (Hadersdorf-Weidlingau, 1896-Viena, 1966). Sexto y último hijo de un adinerado arquitecto vienés dedicado a la construcción, el nombre de Heimito, germanización de Jaimito, se lo puso su madre después de haberse asombrado en España de lo «gracioso» que sonaba el diminutivo de Jaime. Von Doderer decía que el escritor es sólo un espejo pulido del mundo y la novela un cubo colocado bajo la cascada de agua de la existencia, al que suministra un recipiente provisional; el narrador, según él, debía desaparecer en el tejido objetivo del ser, como una hoja en la oscuridad. Así, murió imperturbable del cáncer que le destruyó, observando tras la ventana del último piso de una casa la Viena de veinte años atrás que describiera en su «novela total» Los demonios, que ahora gracias a Acantilado cuenta con una buena edición en España.
Los demonios es una gran novela ciudad, como también lo son Petersburgo, de Andrei Biely; Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin, o Manhattan Transfer, de John Dos Passos. Un monumental fresco barroco de más de 1.650 páginas que retrata con minuciosidad pasmosa la Viena de entreguerras a través de una cuidada y nutrida galería de personajes extraídos de distintas capas sociales: de la capital imperial al reducido microcosmos provinciano de los años veinte, donde se incuba el huevo de la serpiente que daría lugar al nazismo y el horror que sobrevino después. Todo ello a partir del incendio del Palacio de Justicia en 1927, una fecha crucial en la historia de Austria que desencadenó la lucha posterior entre socialismo y fascismo.
Heimito von Doderer, heredero del Imperio, observa todo ese mundo desde una urna conservadora valiéndose del pathos de la distancia que supone escribir la novela veinte años después. En Los demonios, el color dorado del tiempo envuelve el hecho cotidiano, los salones de té frente a la violencia ideológica de la política que los sofoca. Los paseos por los bosques de Viena, las conversaciones, los bailes, las sonrisas, los recuerdos felices entrelazados preceden al infierno que la Historia les reserva. En la novela, siempre está presente ese tono Biedermeier de la cultura austriaca desde los tiempos de Metternich: resignación política y deleite estético. Según el editor triestino Bobi Bazlen, Doderer encarnaba y amaba todo lo que Karl Kraus odiaba de la sociedad en que vivía.
Claudio Magris escribió de Von Doderer y Los demonios cómo las sanguinarias revueltas de julio de 1927 y la represión indiscriminada de la Policía se resumían para él en la imagen de la farola derribada bajo cuyo halo de luz había pasado la vida tierna e íntima. Doderer es, desde luego, mucho mejor escritor cuando describe a la señora Mayrinker preparando esmeradamente las mermeladas del invierno mientras el Palacio de Justicia es pasto de las llamas, que intentando llegar al fondo político-social de las cosas. Por no entrar en la disquisición histórica de Musil en El hombre sin atributos, se libra del galimatías de la obra del autor con el que a veces se le compara.
Heimito von Doderer es un gran poeta de los afectos espontáneos. Se recrea en los detalles y en las relaciones humanas. La fe, la razón natural y el sentido común impregnan su obra. Todo es lento y existe una precisión narrativa en los paisajes y en el mobiliario de los salones que reconduce los personajes a la realidad. Ahí afuera hay un mundo desasosegado y violento que está repercutiendo en sus vidas, pero lo que ocurre está contado de una manera en que parece no pasar nada.
El reconocimiento literario de Von Doderer llegó tarde debido a su pertenencia breve al Partido Nacionalsocialista de Austria, del que acabó horrorizado y al que se unió por motivos oportunistas con el fin de entrar en la Asociación de Escritores de la época. Después de la guerra, aunque ya se había pronunciado más de una vez en contra del nazismo, se vio obligado a firmar algunas de sus obras y trabajos con seudónimo. Esa fugaz militancia nazi pudo haber sido una de las razones por las que nunca recibió el Premio Nobel.
En España, hasta ahora, se habían publicado traducciones de Un asesinato que todos cometemos (Ein Mord, den jeder begeht), novela policíaca de formación que vio por primera vez la luz en Austria a finales de la década de los treinta, y, por parte de Destino en 1981, Las escaleras de Strudlhof (Die Strudlhofstiege oder Melzer und die Tiefe der Jahre), considerada un preámbulo de Los demonios, donde aparecen ya algunos de sus personajes, y que cuenta la transformación de la sociedad vienesa entre 1910 y 1925 a través de una escalera de estilo Jugendstil de un edificio del barrio de Alsergrund, tan ligado a la vida del escritor. La plaza de Strudlhof se ha convertido en un lugar de visita obligado para los lectores iniciados en el autor vienés. Lo mismo que el Café Brioni, su preferido, al lado de la estación de tren Franz Josef.
Los paisajes montañosos de la Rax en la Baja Austria, el Alsergrund, en Viena. Todo ello está en las dos novelas fundamentales del escritor. Como en cualquier «roman à clef», algunos de los personajes pertenecen a su propio entorno inmediato: un mundo rico en detalles y emociones del que Doderer formó parte, incluso en los años cincuenta, cuando ya hacía tiempo que se había anunciado el amanecer de una nueva era y mantenía con dignidad su figura anacrónica de caballero de la vieja escuela.