RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Campeón del perspectivismo, azote de trascendentalistas y severo esteta de sí mismo, Michel Foucault fue, además de todas estas cosas, un escritor extraordinario y una inteligencia deslumbrante. Por eso, veinticinco años después de su fallecimiento a causa del sida, Foucault. Pensamiento y vida, el libro de su amigo el historiador Paul Veyne, publicado por Paidós, resulta una gozosa noticia para la tribu foucaultiana.
Si Deleuze nos enseñó que el objetivo de la filosofía, que no sirve al Estado ni a la Iglesia, no es otro que «entristecer», detestar la estupidez y denunciar la bajeza del pensamiento en todas sus formas, Foucault nos mostró que el objeto de la filosofía no puede ser pensar la totalidad o predecir el porvenir, sino «nombrar» la actualidad, diagnosticar el ahora y el aquí, evidenciar por qué ese presente es diferente a todo cuanto no es él. Agotada la época de los grandes sistemas, fracasado el empeño por contener el mundo en un determinismo cualquiera (platonizante, economicista, biologicista), a la filosofía, entendida como crítica positiva del conocimiento histórico, le queda el estudio de los distintos discursos donde la verdad de los hombres -siempre fugaz, mudable, contingente- se ha recluido.
El proyecto de Foucault consiste así en un doble movimiento: de un lado, procurar una arqueología del saber (es decir: preguntarse cómo una región del ser, por ejemplo la locura, el cuerpo o la prisión, es pensada en una época precisa); del otro, desarrollar una genealogía de ese saber (es decir: describir las prácticas morales, médicas o punitivas que contribuyen a que el discurso sobre la locura, el cuerpo o la prisión se construya de determinado modo en determinado período). El propósito de este doble movimiento es desesperanzador, pero al tiempo heroico. Y es que, por una parte, se evidencia que el pasado de la humanidad no es más que un inmenso camposanto de verdades muertas (en palabras de Foucault: «Aristóteles, San Agustín e incluso Bossuet no son capaces de elevarse hasta condenar la esclavitud; siglos más tarde, condenarla nos parece una evidencia»), pero al tiempo, por otra, se le impone al hombre la imperiosa continuación de la vida. En efecto, como Veyne constata con emocionado recuerdo, el escepticismo al que Foucault llegó mediante el ejercicio de su saber filosófico nunca impidió al autor de Vigilar y castigar el goce pleno de la existencia ni diagnosticar en sus libros que el hombre es, a pesar de todo, un animal caracterizado por el más hermoso de los adjetivos: libre.
Libre ante los dioses y la autoridad; libre para someterse o rebelarse; libre para aceptar o disentir; libre para no arrojarse en brazos de ningún credo político (Foucault aconsejaba a sus alumnos del Collège de France: «No utilicen el pensamiento para darle a una práctica política un valor de verdad») o para hacerlo abiertamente; libre, en definitiva, para convertir la propia peripecia en un suceso irrepetible y, en palabras de su admirado Nietzsche, «vivir de manera que uno tenga también en el momento conveniente su voluntad de morir».