FRANCISCO GARCÍA PÉREZ
«Ahí empezó todo», se dijo Wallander, «empezó con un hombre inquieto». Un hombre inquieto que es el alto oficial de la Marina sueca Hakan von Enke, intachable en su hoja de servicios, a punto de convertirse en consuegro de Kurt Wallander por el matrimonio de su hijo Hans con Linda, la hija policía de nuestro policía sueco preferido. Años atrás, durante unas maniobras de la Armada en las que participaba, Von Enke había observado algo tan raro como una posible traición de sus superiores, quienes ordenaron abandonar la misión de hacer emerger un submarino soviético espía, ante la estupefacción de nuestro marino, cuya inquietud no ha dejado de crecer desde entonces, preocupado por la defensa militar sueca, por la política de Olof Palme y por dejar a su país endeble ante la amenaza que siempre viene del Este. Se lo comenta a Wallander en un acto social y, al poco tiempo, desaparece sin dejar noticia. Hay más: la esposa de Enke, Louise, también se esfuma al poco, para aparecer muerta y en posesión de documentos que la señalan como agente soviética. Wallander investiga, van saliendo nuevos personajes (una camarera de cierto bar frecuentado por altos mandos militares suecos, un amigo americano, compañeros de Enke, una hija del matrimonio reducida a una parálisis total?), va tramándose, pues, una novela de espías con todas las de la ley, hasta que Wallander ve la luz: «Detrás de cada persona siempre hay otra. Y el error por él cometido consistía en haber confundido quién iba delante y quién detrás». En efecto, «Lo habían engañado y él se había dejado engañar. Había seguido la pista de sus prejuicios en lugar de seguir la de la realidad. (?) Había mezclado la verdad y la mentira, había confundido la causa con el efecto, y al contrario». A partir de la iluminación, muy avanzada la novela, la urdimbre dramática da un vuelco y camina hacia su inesperado final, como es justo y necesario en las novelas de dicho género, las del gran Le Carré, las del enorme Graham Greene.
Pues bien, nada impide leer así El hombre inquieto, como una estupenda novela de espías, ambientada hoy pero con recuerdos de la guerra fría. Sin embargo, hay mucho más, servido por un Mankell que, a diferencia del ahora tan adorado Stieg Larsson, no necesita recurrir a la truculencia y a la sangre manante para que sigamos la intriga. Hay pedazos de la vida sueca estremecedores, es decir, hay una disección de una sociedad en tremenda crisis, algo tan caro a Mankell y a Larsson, pero resuelto de modo tan diferente: a trazos como de fino bisturí por el primero; a brochazos por el segundo. Hay escenas de la vida familiar de Wallander: su hija le vigila con preocupación, tiene una nieta, su ex mujer Mona aparece atrapada en el alcoholismo? Sí, podría pensarse que se trata de material de relleno, pero nada más lejos de la realidad. «El hombre inquieto» es un acabado ejemplo de una doble historia: la de espías y la del derrumbamiento total, irrevocable y final del bueno de Wallander, escoja el lector cuál le interesa más. Se va, ya lo anuncia la solapa del libro (no soy un «spoiler»), para siempre el inspector cuyos pasos seguimos durante casi una docena de novelas. Se va para siempre jamás: no digo cómo, pues hay que llegar a la página 450 para saberlo, pero adiós, ay, Wallander, adiós para siempre.