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EUGENIO FUENTES La purga del mayor pecado
El poeta polaco Aleksander Wat (1900-1967) pasó buena parte de su vida como una diana asaeteada desde todos los ángulos. Comunista para la dictadura polaca de los años 30, comunista polaco para Stalin, judío para los nazis, colaborador del Gobierno en el exilio para los reformados estalinistas polacos... No en vano, dos de sus reflexiones más certeras, aunque en apariencia banales, fueron «soy un culo inquieto» y «siempre llegué tarde». El trágico resultado de tan impuntual inestabilidad fueron diecisiete estancias carcelarias y trece internamientos en hospitales.
Autopsia de un tiro infantil
Víctima desde 1953 de un derrame cerebral que le producía terribles dolores de cabeza, Wat residía en Berkeley cuando, en 1965, el también poeta polaco Czeslaw Milosz le convenció de mantener una larga serie de conversaciones que, una vez transcritas, se convirtieron en el descomunal Mi siglo. La obra no vio la luz hasta 1977, diez años después de que Wat pusiera fin a sus días, y fue uno de los libros más codiciadas por los opositores clandestinos polacos.
El reverso de los mundos felices
Wat, a quien una experiencia demoniaca volvió creyente durante la II Guerra Mundial, considera que su aproximación al comunismo -nunca llegó a tener carné- es su gran pecado e incluso la ve como causa de su enfermedad. De ahí que la larga conversación con Milosz se vuelva un magno ejercicio de expiación. Un intento de explicación, edificada en continuas idas y venidas, de qué fue lo que lo arrimó al comunismo. Una indagación que acaba siendo un fascinante rompecabezas intelectual, armado por un erudito con una penetrante capacidad de análisis.
Phil LaMarche (1976) se vistió de largo en 2007 con Juventud americana, una novela forjada en el mejor estilo de escuela de escritura, el que al final más gusta al 95% de los lectores. Todo empieza con un disparo, un niño obligado a callar una culpa ajena y un grupo fascista que lo vitorea como héroe. Antes de que todo acabe, la lucha como modo de vida en EE UU ha salido ya de la sala de disección.
Prohibido desde que se manifestó opuesto a las colectivizaciones, el ruso Platónov (1899-1951) no vio publicado en vida más que un capítulo de su obra maestra, Chevengur, que retocó una y otra vez hasta el final de sus días. Distopía escalofriante, que no saldría a la luz en la URSS hasta 1988, la que está considerada una de las obras mayores de la literatura rusa del siglo XX está protagonizada por seres enloquecidos empeñados en la construcción de la sociedad ideal. Cátedra, que la editó por primera vez en castellano en 1998, saca ahora al mercado una segunda edición corregida.
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