Lecturas

¿Oviedín del alma?

Primera entrega de las memorias de Marino Gómez-Santos, entre la ecuanimidad y el resentimiento

 
¿Oviedín del alma?
¿Oviedín del alma?  

ALFONSO LÓPEZ ALFONSO «Todos los hombres son, al fin y al cabo, de alguna talla, pero el verdadero arte sólo es posible por la convicción de que cada talento halla su apoteosis en alguna parte». La cita es de Emerson y Marino Gómez-Santos la puso al frente de un suculento libro de entrevistas. Le parece a uno que el talento de Gómez-Santos halló su apoteosis precisamente en las entrevistas que hacía para los diarios Madrid y Pueblo, en los retratos del «ABC» o en libros como «Españoles en órbita» y «Españoles sin fronteras». Marino Gómez-Santos detesta el grandonismo -«el grandonismo es una puerilidad ovetense y, por extensión, asturiana», nos dice- seguramente porque lleva toda la vida admirando directamente la grandeza -y así lo confirman sus diversos trabajos biográficos, de grandes médicos, grandes novelistas, grandes artistas y hasta reinas.


Quien ha vivido tanto y se ha relacionado tan bien, a la fuerza ha de tener mucho que contar. En esta primera entrega de sus memorias, que abarcan desde la infancia hasta que muy joven se traslada a Madrid con su primer libro -un trabajo sobre Clarín- bajo el brazo, deja fluir el recuerdo a ramalazos y con él asistimos a la quema de la casa de sus abuelos en la calle Marqués de Gastañaga durante la Guerra Civil y pasamos el cerco de Oviedo: «Algunos vecinos, que en tiempos de paz probablemente se habían saludado con rutina y hasta con cierta frialdad, permanecieron entonces unidos por la desgracia colectiva. No era preciso pedir ayuda, porque se ofrecía espontáneamente. El caso más notorio fue el de una nanny madrileña que se había quedado aislada en Oviedo, con tres niños. Los padres de éstos habían regresado a Madrid con el propósito de volver para quedarse el verano en Asturias. Aún recuerdo, literalmente, las desgarradoras lamentaciones de aquella pobre mujer, en las noches de bombardeo»; con él nos movemos por el Oviedo arruinado y levítico de posguerra, una ciudad en la que refulge el envalentonamiento de los vencedores y donde languidecen los vencidos: «Ángel González pasaba las tardes acodado en el mirador de la casa de su madre, en la avenida de Galicia, como en espera de algo que no sabía qué era y que no acababa de llegar».


Era el Oviedo de los paseos por el Bombé, el de las jovencitas acomodadas luciéndose por una de las aceras de la calle Uría, el Oviedo del Peñalba, «que significó algo más que un café, porque era el secreto orgullo de la burguesía ovetense, el salón donde se recibía al forastero. Las amplias dimensiones del local, con decorativas lámparas de cristal, y sus amplios ventanales permitían ver desde la calle el movimiento de los camareros y echadores, con la chaqueta negra y la sabanilla ceñida a la cintura, hasta los pies». El Oviedo de Herrerita, el Oviedo al que vuelve Lángara, en el que trabaja el peluquero Arturo Calzón y en el que se defienden Josefa la Torera y su marido haciendo fotos al personal sobre un caballo de cartón. En definitiva, una ciudad cómoda para algunos y también atosigante, con un ambiente intelectual en el que había que soportar que el coronel Carlos Canella recomendara lecturas con el propósito de que aportara algo al libro que el jovencísimo autor preparaba sobre Clarín; un ambiente intelectual en el que la viuda de Adolfo Alas, el más joven de los hijos del escritor, le concedía, tras abrir un cajón, la oportunidad de ver las cartas dirigidas al autor de «La Regenta» del siguiente modo: «Apenas pude distinguir la caligrafía de cinco o seis grandes nombres de escritores, cuando doña María Cuervo y de Arrizabalaga dijo de modo radical: "Bien, ya las ha visto usted". Y cerró el cajón con la llave»; un ambiente intelectual en el que Constantino Cabal ponía trabas a la publicación del libro de Gómez-Santos -con prólogo de Gregorio Marañón- en el IDEA porque, al parecer, quería publicar antes uno suyo.


El tono de estas memorias se mueve entre la ecuanimidad y el resentimiento. La ecuanimidad procede del tiempo transcurrido y de la falta de odio en la mirada. No se trata ahora, a la vuelta de los años, parece pensar el autor, de vengarse de nadie, aunque sí de quedar uno en el mejor lugar posible -lo normal cuando se escriben unas memorias, salvo que se haga con el estilo de bisturí con que lo ha hecho Antonio Gamoneda-. El resentimiento lo produce una herida que supura por las jugarretas pasadas y también por el anhelo de un mayor reconocimiento entre sus paisanos. Seguramente este libro ayude a curarla. Dos tercios de su contenido se destinan a describir ese Oviedo orgulloso y provinciano quedándose en la anécdota. En el último tercio, cuando el autor emprende el vuelo, empieza lo realmente interesante: desde la preparación de los prolegómenos del libro de Clarín hasta que se instala en Madrid las páginas van ensanchándose cada vez más y prometen una continuación bien interesante. Lo que cuenta Gómez-Santos aumenta en intensidad e interés a medida que se aleja del Oviedo que era para él un amor y un dolor. Acogido por Juan Antonio Cabezas, en Madrid buscará la compañía de Marañón, de Azorín, de Baroja, de César González-Ruano y alternará con la flor y nata del país. No tienen desperdicio las páginas que le dedica a Camilo José Cela, por las que también pasan Servando Sánchez Eguibar y Rafael Sánchez Mazas: «Por el bar del Velázquez desfilaban amigos de Rafael que también lo eran míos, que tenían habitación el hotel, como Mercedes Salisachs, Ignacio Agustí, el conde de Godó; Aznar y Lequerica, recién llegados de Nueva York. Aquella tarde apareció Camilo José Cela, miembro muy reciente de la Real Academia Española, que se había dejado la barba. Cuando le presenté a mi amigo y paisano Servando Sánchez Eguibar, delegado provincial de sindicatos de Asturias, le saludó sin aparente atención, pero mientras le servían un whisky Camilo había salido hacia el fondo del pasillo. Unos instantes después me avisaron de que me llamaban por teléfono. Delante de la cabina me aguardaba Cela: «Oye, no te llama nadie. Si no he entendido mal, tu amigo es el delegado provincial de sindicatos de Asturias...». «Sí, efectivamente». «Pues hay que "levantarle" unas conferencias, diez o doce, así que nos invitas a cenar aquí al lado». Me resistí a asumir el compromiso, inútilmente, porque Cela no atendía las razones del otro cuando se empeñaba en conseguir algo para él».


Como era de esperar, Cela no sólo consiguió que Gómez-Santos le hiciera de secretario en aquella ocasión, también logró que se encargara de las gestiones económicas después, y, por si fuera poco, con un golpe de mano fue capaz de que le doblaran la paga por cada conferencia.


Impagable es también el pequeño resarcimiento del periodista de éxito que vuelve desde la capital a presenciar una representación de «I Puritani» al Campoamor en compañía de Carmen Sevilla, desatando toda clase de rumores.


Como el Luis Cernuda de Desolación de la quimera admite sentirse Gómez-Santos respecto a Oviedo y también reprocha a sus paisanos: «No me queréis, lo sé, y que os molesta / cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende / ¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?». Repartir culpas siempre es difícil y tampoco viene al caso, pero parece claro, como él mismo señala, que «siempre las pequeñas cosas, más que las grandes, son las que pesan en el corazón». Y da la impresión de que a este hombre, que alternó con los grandes y supo sacar partido de ello haciendo un buen trabajo, esas pequeñas cosas lo han perseguido durante mucho tiempo.

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