El asunto de los ruidos en las salas de concierto está alcanzando límites verdaderamente intolerables. Poco a poco, por una errónea condescendencia, hemos llegado a una situación lamentable en la que la falta de educación de una parte del público que asiste a los teatros y auditorios -minoritaria pero muy molesta- acaba por imponerse generando contrariedades importantes a los artistas y al resto del público. Cada cierto tiempo hay que volver sobre este asunto, que se va agravando y al que no se le ven soluciones fáciles.
El pasado viernes en el concierto de la OSPA en Oviedo el director musical, Howard Griffiths, se vio obligado a parar en dos ocasiones el inicio del concierto debido a más de un móvil dando riendo suelta a los politonos sin el menor rubor por parte de sus respectivos dueños. Griffiths se lo tomó con humor e incluso bromeó con la anécdota. No es la primera vez que sucede. Otro tanto pasó hace unos años en las Jornadas de piano, con Jean Yves Thibaudet como solista. En esa ocasión se tuvo que parar la ejecución de la obra ya iniciada debido al volumen más que elevado del aparatito de turno.
Sigo sin entender esa falta de respeto de algunos aficionados. Se realizan avisos acústicos al inicio de la sesión y en el intermedio. Creo que es la medida adecuada ante un olvido que todos podemos tener. ¿Tanto trabajo cuesta en ese momento comprobar que el móvil está apagado o en modo silencioso? También se han colocado carteles y en los programas de mano se vuelve a insistir sobre el tema. Pues nada. Cada día peor. Yo creo que no nos quedará otra que aplicar una especie de ley de tolerancia cero con respecto a este asunto. Llevar una especie de registro de ruidosos y, al modo del carné de conducir, quitarles puntos y sancionarlos para su asistencia a espectáculos por un tiempo determinado si reinciden. ¡Ni tomándose el asunto con ironía podemos ser optimistas en este ámbito!
No es el teléfono móvil el único ruido que altera el desarrollo de los conciertos. A él deben sumársele las tradicionales toses -no tienen nada que ver con la gripe A, siempre estuvieron ahí, y sin pauta estacional, estables a lo largo del año-. También hay que adjuntar el rumor nada ligero de la contundente apertura de bolsos de cremallera por parte de algunas señoras, que desencadenan, a continuación, una pequeña sinfonía estructurada en varios movimientos, todos ellos «molto vivace». A saber, búsqueda de algo en el interior del bolso, extracción de un caramelo con envoltorio de plástico, apertura del mismo para su ingesta y luego jueguecito con el papel en la mano para estrujarlo a conciencia. También, si es verano, esta operación puede tener coda con abanico y fanfarrias, de lo que suelen encargarse pulseras muy ornadas y con música propia. Este concierto paralelo suele ejecutarse en los momentos más delicados del concierto, para que el ruido se aprecie con mayor claridad. Y cuando llega el final de la velada los músicos se echan a temblar. Se supone que si uno asiste a un concierto o a una representación de ópera o zarzuela es porque le gusta y disfruta con lo que se le ofrece. Lógicamente, unas veces le interesará más y otras menos, pero se entiende que se ovacione a los artistas y se aguarde a su retirada del escenario. Pues no, hoy por hoy sucede un hecho de difícil explicación. Justo con el último compás y al empezar los aplausos se produce una especie de estampida tremebunda, similar a una manada de antílopes perseguida por los leones. Como si algunos espectadores tuviesen una fogata encendida debajo de la butaca. Parece que estuviesen allí dos horas maniatados y sufriendo más torturas que Mario Cavaradossi en Tosca. Entonces se producen portazos y, si hay propina, frenazo y un runrún que ya no hay quien frene. A veces tiene uno la impresión de que hay asistentes que piensan que los músicos están ahí como pintados para entretener un poco al respetable y no merecieran ni un minuto de atención más de la cuenta. ¿Tan difícil es mantener una cultura cívica en un concierto? Deberíamos hacer examen de conciencia al respecto. Lo que está sucediendo en nuestro país sería impensable en otros de nuestro entorno con una cultura musical seria. Muchos intérpretes quedan perplejos ante determinadas reacciones del público español. En Oviedo se había mantenido un nivel. Por desgracia, esto se está perdiendo a pasos agigantados y sin el menor pudor.