ALBERTO MENÉNDEZ
El inspector Kurt Wallander hace repaso de su vida en el último libro de Henning Mankell, El hombre inquieto. Con sesenta años, ya abuelo, diabético y con los primeros síntomas de alzhéimer, como se le dibuja en esta entrega, no parece que el entrañable policía sueco esté en condiciones de volver a protagonizar una nueva novela, lo que no quiere decir que vaya a desaparecer definitivamente de la imaginación de Mankell. No, al menos eso es lo que esperan sus millones de seguidores en todo el mundo. Para ello ahí está su hija, Linda Wallander, que ya tuvo un papel estelar en Antes de que hiele y que en El hombre inquieto deja entrever que seguirá resolviendo casos como policía y que continuará estando muy cerca de su padre, como antes éste lo estuvo del suyo, aquel extraño personaje, pintor de cuadros que repetía siempre el mismo paisaje, con dos variantes, con urogallo o sin él, y que tuvo gran relevancia en los primeros títulos de la serie.
Mankell y su inspector de Policía de Ystad, en el sur de Suecia, cerca de Malmo, han investigado y han desentrañado asesinatos, pero también han relatado la realidad, el día a día de un país envidiado por muchos pero con muchas sombras y carencias, más patentes si son contadas por un personaje tan pesimista en ocasiones y tan raro e imprevisible en otras -aunque, eso sí, siempre interesante e impredecible- como es Kurt Wallander. Mankell ha puesto trama a la vida sueca, al menos a la de la parte más meridional del país.
Con El hombre inquieto Mankell da carpetazo a dieciocho años de existencia de Wallander como policía -lo dice en las últimas líneas del libro: «Los años que le queden por vivir, diez o quizás algunos más, le pertenecen a él, a él y a Linda, a él y a Klara [su nieta]. Y a nadie más». Por eso aprovecha el autor para recordar momentos clave de la vida del inspector y ponerles un final. Y así salen a relucir, no de refilón, sino con peso específico, su ex mujer, sus compañeros de trabajo, antiguos y nuevos, y, sobre todo, la letona Baiba Liepa, con la que en Los perros de Riga estuvo a punto de casarse, que sirve para darnos a conocer en esta ocasión, quizás, al Wallander más emotivo.
Wallander no es un policía al uso. Todo lo contrario. Mankell no quiso que lo fuera. Sí deseó y planificó que gran parte de las novelas protagonizadas por el inspector sueco estuvieran dedicadas a él mismo, a sus andanzas, a sus alegrías y tristezas, sobre todo, en este último capítulo, en el que hasta los crímenes que investiga son los de los suegros de la hija de Wallander.
Pero la biografía de Wallander no debe hacernos olvidar que El hombre inquieto tiene su parte policiaca. Mankell enlaza política sueca, con Olof Palme en el punto de mira, y crimen, como ya hizo en otras ocasiones, para desarrollar una trama -más creíble o menos, es cuestión de gustos- que no decae en ningún momento, y además, sin acudir a la sangre o las vísceras, recurso ya tan habitual en el género; pero lo que no deja lugar a dudas es que la imaginación conjunta de Henning Mankell y Kurt Wallander sigue al alza. Es una pena que llegue a su fin, haya o no continuidad a través de Linda Wallander.